Hacía tiempo que no hacía una escapada corta de menos de un día en uno de estos fines de semana oscuros que me quedo en Madrid esperando a que llegue el lunes para de nuevo incorporarme a mi vida laboral.
Y una zona muy recomendable, no solo por la cercanía a la capital sino por la riqueza que contiene, es la desconocida provincia de Guadalajara.
Amanece el sábado y en la soledad de mi despacho, me siento delante del ordenador y abro el Google Maps para ver si, a vista de pájaro, veo en esta provincia algo que me llame la atención y encontrar un destino al que dirigirnos.
Pongo foco en Hita, pueblo para mi muy conocido, pues aquí hacía una parada el autobús que cubre la ruta Soria- Madrid. El que va por los pueblos, no el directo por la autovía. Siempre le he tenido mucha manía a este pueblo por esa larga parada en la que todo el pasaje entraba al bar a tomarse con ansiedad un bocata o bebida como si fuera la última de su vida. Yo nunca entré.

Antes de llegar a Hita, hacemos parada en Torre del Burgo donde he visto que hay un monasterio abandonado y una Ermita. Disfrutamos del trayecto en coche y del paisaje, pues con las últimas lluvias del mes de marzo está todo muy muy verde y rebosa agua por todos lados.
Localizado el Monasterio, aparcamos en las inmediaciones y nos acercamos andando hasta un enorme edificio, hoy en ruinas, pero aún en su mayor parte en pie. El edificio impresiona no solo por su tamaño sino también por su historia, la cual resumo en unas breves palabras:
El Monasterio fue fundado por los visigodos en el año 611, por el rey Gundemaro y terminado por Chindasvinto. En el año 728 fue destruido por los árabes. El edificio se reedifica en el año 847 por los mozárabes de la Alcarria, pero de nuevo los árabes lo destruyen.
Se dice que hay una tercera fundación del Monasterio en el año 1055 atribuida a un príncipe moro, Haly Maimón, hijo del rey Almamún, al cual se le apareció en este lugar la Virgen cuando volvía de alguna correría en la frontera del Duero con un gran cargamento de esclavos cristianos.
A finales del siglo XI, el rey de León Alfonso VI funda de nuevo el Monasterio en agradecimiento a la Virgen por haberle salvado la vida del ataque de un oso en aquellos bosques, realizando importantes donaciones como los señoríos de Hita y Torija. Un siglo después, a finales del XII, el lugar queda abandonado.
Fue el arzobispo de Toledo, Gómez Manrique, el que reactiva el Monasterio en el año 1372 donándolo a la Orden de San Benito (Benedictinos), siendo ocupado por monjes provenientes del Monasterio de San Millán de la Cogolla (La Rioja).
Desde este momento, el Monasterio inicia un periodo de esplendor, recibiendo además multitud de favores y regalos de reyes y señores, hasta que en el año 1836 se inicia la desamortización de Mendizábal, por la cual se procede al cierre del Monasterio por albergar menos de 12 monjes y sus bienes son subastados.


Tras algún intento de rehabilitación a finales del siglo XX, el Monasterio se encuentra en estado de abandono y pesa sobre él un faraónico proyecto de rehabilitación para ser transformado en un Centro Internacional de Formación y espacio de eventos empresariales y culturales con un hotel de 41 habitaciones. Además, para impulsar la zona, también hay un proyecto para la construcción en sus alrededores de un pueblo peatonal medieval con 327 viviendas, 41 locales y 15.400 metros cuadrados de zonas verdes y deportivas. El terreno, 165.000 metros cuadrados, se encuentra a la venta por 7,5 millones de euros. A ver quién es el millonario iluminado que se atreve a invertir en este paranoico proyecto, que no hará sino provocar, una vez más, la ruina de algún incauto grupo inmobiliario y por supuesto destruir el paraje natural de la zona.
A unos cientos de metros nos aguarda otra sorpresa, la Ermita de Sopetrán. Sus orígenes datan del siglo VII y la ermita actual es del XVII. Es una ermita bastante bonita, pequeña, con aspecto recio y en sus laterales puedes observar unos ventanales góticos bastante curiosos.

En su interior, hay un manantial y se ha excavado un pozo al que se accede por unas cómodas escaleras y así puedes sumergirte en sus aguas, al parecer curativas, según creencias populares. Cuenta la leyenda que, en este pozo, la propia Virgen bautizó al príncipe moro Maimón.
En el exterior, hay una fuente con poco caudal, pero con una calidad del agua al parecer excelente. Muchos vecinos de los alrededores vienen a recoger agua en enormes bidones. En la propia fuente hay una inscripción que reza lo siguiente: “Fuente de Solanillos de escasísimo caudal, pero es la mejor Fuente que existe en este lugar”. Para cumplir con la tradición, rellenamos una pequeña botella de agua y nos bebimos medio litro de tan preciado líquido. Estaba buena.


Proseguimos nuestra ruta hacia Hita, llegando a Taragudo donde hay un cartel enorme a la entrada que dice, “Taragudo, remanso de paz”. Efectivamente, se encuentra en un lugar bastante bonito y muy muy tranquilo. Así seguirá hasta que a alguien se le ocurra invertir sus dineros en la rehabilitación del Monasterio que he comentado y el lugar pueda llegar a convertirse en destino de turistas con riñonera, sandalias y pantalón corto buscando asadores donde comer cordero y cochinillo.
Desde este lugar tomamos una pista de tierra en buen estado que nos lleva hasta el mismísimo pueblo de Hita. La visión del pueblo, construido en un gran cerro coronado por las ruinas de un castillo es realmente bonito. Lo poco que queda de este castillo es del siglo XV, siendo su origen, como no podía ser de otra manera, el de una atalaya musulmana de vigilancia.
Se aparca en la parte baja del pueblo en un gran parking habilitado al efecto, pues está prohibido el paso de vehículos de los visitantes al casco urbano. Sin duda una muy buena idea.

En Hita todo es cuesta arriba y pasito a pasito llegas al Palenque donde se ha recreado un recinto medieval donde se celebraban los torneos de caballeros y que hemos podido ver en múltiples películas. Al parecer, desde el año 1.961, todos los meses de julio se celebra una fiesta medieval y este debe ser uno de los lugares más emblemáticos de las fiestas, donde destacan los torneos y las representaciones teatrales de autores medievales. Se nota que es una recreación desde cualquier punto de vista, pero está bastante logrado.
También hay tramos restaurados de la muralla cuya construcción data de 1.441 por iniciativa del Marqués de Santillana, Señor de Hita, D. Iñigo López de Mendoza. Nos sorprende positivamente la Plaza Mayor, llamada Plaza del Arcipreste, que fue mercado en el siglo XV y barrio principal de la judería. En la plaza se puede disfrutar de buenos ejemplos de la arquitectura popular de la época. No está nada mal.
Aprovechamos para sentarnos en la terraza de un restaurante donde degustamos un torrezno realmente exquisito, pero a precio de oro. Este torrezno debía ser el producto estrella del bar pues la camarera a todo el mundo lo ofrece y todos lo aceptan.


Seguimos paseando, siempre cuesta arriba y disfrutamos de la puerta de Santa María (s. XV), con el escudo de armas de la familia Mendoza y muy reconstruida dado que fue dinamitada en la Guerra Civil para que pudieran pasar los camiones militares a la plaza. La reconstrucción realizada en el año 2005 tiene un tufillo infantiloide y relamido que recuerda al juego del Exin Castillos. Qué mal gusto. La empresa que se encargó de la restauración, Construpiedra Sanz, en su página web publicita con orgullo la actuación que llevaron a cabo, indicando que, “su restauración fue un proyecto ambicioso y exigente que se finalizó con un excelente resultado”. De Juzgado de guardia.


Nos espera aún la Iglesia de San Juan Bautista y la Iglesia de San Pedro, esta última de origen románico, destruida también por la Guerra Civil y de la que quedan únicamente sus muros y un gran arco que da paso a la cabecera de la iglesia donde aún quedan (al aire libre) dos sepulcros de señores medievales que eligieron este lugar como su última morada. Si levantaran la cabeza, estos nobles alucinarían al ver dónde se encuentran sus restos hoy en día.

Para finalizar la información sobre este pueblecito, el cerro donde hoy en día se asienta ya fue ocupado por los romanos como puesto de vigilancia de la calzada que unía Mérida y Zaragoza. Los árabes dominaron la zona durante siglos hasta su reconquista por Alfonso VI en el 1085. En el siglo XIV los judíos tienen el control económico del pueblo basado fundamentalmente en la producción vinícola, provocando su expulsión, ordenada por los Reyes Católicos, el declive de la localidad. La Guerra Civil causó estragos en esta pequeña villa pues se mantuvo en el frente durante mucho tiempo. El pueblo fue prácticamente destruido en su totalidad (el 75% de las casas) y en su cerro el ejército republicano instaló varios observatorios de artillería. Cierto es que, tras ser devastado en la Guerra, tiene mérito el estado actual del pueblo.
No nos olvidemos de su vecino más ilustre y conocido, el clérigo Juan Ruiz, Arcipestre de Hita (1283-1350), autor del famoso “Libro del buen amor”, muchos de cuyos fragmentos literarios adornan innumerables paredes del pueblo.

Llega la hora de comer y nos acercamos al tan conocido bar, hoy asador, al borde de la antigua carretera y donde para el autobús. El personal es muy amable, parece un negocio familiar y pedimos de primero, para compartir, una ensalada de pimientos con atún y un somarro, nada que ver con el del restaurante Antonio de Almazán, al que hay que quitarle unos enormes trozos de sal que impiden una degustación normal.
Poco más amigos, seguro que esta bonita zona de Guadalajara duramente castigada por la Guerra Civil, dará para otras muchas historias.














































































































































