Por fin llegó mi primer fin de semana de prejubilado. Sábado 6 de junio y domingo día 7. El día 1 de junio de 2026 comencé una nueva etapa de mi vida, la de prejubilado de una entidad bancaria. Dicho así, suena fatal, pero bienvenida sea. Punto y aparte a una vida laboral de 29 años que cesa de repente, de un día para otro.
Pronto he querido probar la sensación de irme a Soria el fin de semana y a la vuelta del domingo no tener esa pesadumbre que siempre se sufre con el pensamiento ya puesto en la oscura jornada laboral de los lunes, la más dura de la semana sin duda alguna.
Me voy a Soria con mi más fiel acompañante, mi hijo Fernando. Esta vez nos vamos en un flamante Range Rover Evoque con apenas 8.000 km. Tengo el honor de conducir tan elegante vehículo durante todo el viaje de ida y las sensaciones que transmite el coche son excepcionales. Cómodo, silencioso, con una estabilidad asombrosa y con 240 CV bajo el capó. No se puede pedir mucho más.
Obligada parada en Medinaceli para comprar algo de comer para el fin de semana. Alguna cerveza, pan de hogaza, huevos y unos cientos de gramos de salchichón y cecina de muy buena calidad. Ya con el pensamiento puesto en nuestro próximo viaje a Marruecos, aprovechamos para ver el tipo de comida preparada que tiene este supermercado rural. Ya estamos dando vueltas a los preparativos y los menús es una parte muy importante. No vemos nada especial, pero vamos tomando ideas.
Nada más llegar a nuestro destino, despertamos a nuestros Land Rover que duermen tranquilos en sus garajes desde hace semanas. Tanto el Ligero como el Defender arrancan a la primera y sin problema alguno.

Comemos tarde, breve descanso, un paseo por el monte y sobre las 18.30 decidimos hacernos una ruta con los 4X4. La novedad es que cada uno vamos en un vehículo. Fernando con el Ligero y yo con el Defender. La ruta es corta, de una hora y media y no nos alejamos demasiado de nuestro punto de salida. Hacemos parada en nuestra gravera preferida donde, cada uno por su lado, pone a prueba su destreza trialeando por rampas con una inclinación media, pero suficiente para que la adrenalina alimente nuestro cuerpo y Fernando vaya tomando contacto con el Ligero en situaciones algo comprometidas. Reductoras, decisión y a disfrutar de resbaladizas subidas y bajadas para acabar con inclinaciones laterales. Todo con moderación.
El monte ya está muy seco y hay muchísimo polvo en el camino, polvo que se deposita lentamente formando una gruesa capa, no solo sobre el interior del Ligero, sino también sobre el conductor que lo maneja con destreza. En este vehículo, que lo llevamos con media puerta y todos los laterales abiertos, no hay que temer a la suciedad ni a todo tipo de bichos voladores que entran en el interior. Es cuestión de acostumbrarse y no darle demasiada importancia. Pero fácil no es.

Finalizada la ruta, ya en casa, nos damos cuenta de que en la parte superior de la chimenea pululan cientos de abejas lo cual no es buena señal. En años anteriores, hemos tenido malas experiencias con unos avispones gigantes, pero inofensivos, que, durante años, estaban obsesionadas con establecer su residencia en el interior de la chimenea. Estos avispones consiguieron un año construir su temible nido en el interior del tubo de la chimenea provocando su colapso total. Desde entonces, siempre estoy muy atento en primavera y verano a la parte superior de la chimenea y si veo movimiento, enciendo un pequeño fuego para ahuyentarlas con el humo y así consigo echarlas antes de que se instalen definitivamente.
Y con estas abejas, hice lo mismo. Unas piñas, algo de pinocha y durante un buen rato tengo el fuego encendido para dar a entender a estos insectos, tan queridos por la sociedad desde que mi generación fue criada con las historias de la abeja Maya, que se han equivocado de lugar para instalar su colmena. Poco a poco van saliendo muchas abejas por la chimenea. Cientos de ellas se quedan revoloteando por la parte superior evitando el humo y otras muchas se mantienen posadas en la parte exterior de la chimenea, esperando, imagino, que la situación mejore.
Son ya las 21 horas y pienso que, si mantengo el fuego vivo hasta el anochecer, no les quedará más remedio a estos bichos que buscarse otro lugar donde pasar la noche.
Aprovecho el momento para encender el horno de leña pues tenemos intención de asar unas alitas de pollo que salen muy buenas.
Me suena el móvil y atiendo la llamada. Es mi mujer que, camino del trabajo, se interesa por conocer cómo nos ha ido el día. Durante la conversación, estoy de espaldas a la casa y comienzo a notar un fuerte olor a humo, un olor muy extraño y diferente al habitual. Me giro y veo que por la chimenea sale un humo muy negro y en cuestión de segundos comienzan a salir grandes llamaradas que parece que quieren devorar la chimenea y todo lo que la rodea. Se me encoje el estómago de forma inmediata y le digo a mi mujer que tengo que colgar pues parece que la chimenea está ardiendo. Llamo a mi hijo Fernando a voces para ver si juntos se nos ocurre qué hacer, pero tras un minuto de ver la evolución del humo y las llamas, opto por llamar a emergencias donde informo de lo que está ocurriendo. Esta llamada la realizo a las 21.15 horas.
Sin saber muy bien qué hacer y en previsión de que la casa iba a arder como una cerilla, sacamos nuestras mochilas, nuestra documentación y las llaves de los coches. En ese momento tan tenso, me doy cuenta de que tenemos tres coches fuera, pero únicamente somos dos personas y que, si las cosas se ponen feas, tendría que tomar la decisión de cuál de ellos quedaría abandonado con el riesgo de perderlo para siempre.

Parece que las llamas han cesado pero el humo negro sigue siendo muy intenso. A las 21.28 horas recibo una llamada de los bomberos indicando que están en el inicio del camino y preguntan cómo llegar hasta mi ubicación. Les digo que mi hijo Fernando sale a buscarlos. En el acto, mi hijo Fernando, salta al Defender, lo arranca y sale a toda máquina en busca de los bomberos, los cuales se encuentran a tres kilómetros por pista de tierra. Le pido mucho control en el camino y que modere la velocidad. En mi interior, pienso que es momento de que ponga a prueba todo lo aprendido hasta ahora.

En 9 minutos ya está de vuelta y le sigue un enorme camión de bomberos, los cuales aparcan al lado de la casa, bajan cuatro bomberos, les cuento en medio segundo lo ocurrido, despliegan las mangueras, riegan la chimenea de la cual seguía saliendo un apestoso humo negro, entran a la casa, se suben al tejado, refrescan el tejado, toman la temperatura con una cámara térmica, vuelven a regar la zona…… Mientras tanto, llega un segundo camión de bomberos, mucho más grande que el anterior y con una enorme escalera de hasta 50 metros de altura que, al no ser necesario, se queda esperando en el camino de más arriba por si fuera necesario intervenir.
A las 21,43 horas recibo llamada de la Guardia Civil donde me indican que la patrulla que han enviado no encuentra mi ubicación, por lo que Fernando vuelve a salir volando con el Defender en su busca. Cuando llegan al lugar, ya los bomberos lo tienen todo controlado y se van a los diez minutos.

Los bomberos se mueven con total libertad tanto por el interior de la casa como por el tejado hasta que parece que el peligro ya ha pasado y confirman que no hay daño de fuego en la vivienda. Es cuando puedo hablar con ellos con tranquilidad y sospechamos que lo que ocurrió fue que, con motivo del fuego que encendí en la chimenea, debió de prenderse el panal que estaban construyendo estas desagradables inquilinas que, al estar compuesto de cera y miel, se convierte en potente combustible, pudiendo incluso llegar a explotar provocando las llamaradas que salían por la parte superior de la chimenea. Menos mal que toda la parte superior y exterior de la chimenea es ignífuga e impidió que el fuego se extendiera a otras zonas ya más vulnerables.

Mientras los bomberos recogen su material, hablo con el jefe de la brigada y resulta que tenemos muchos conocidos y amigos en común. Incluso nuestros padres, en su juventud, también se conocían entre ellos. Es lo que ocurre en estas zonas donde la población es tan reducida. Al final, si no es por una cosa o es por otra, todos estamos más relacionados de lo que nos creemos.
La historia acaba a las 22,30 horas cuando comenzamos a limpiar la casa de hollín, restos del panal y mucha agua por todos lados…
Hablando después con mi hijo, me confiesa que le encantó tener que ir a buscar a los bomberos y Guardia Civil al inicio del camino. Concentración máxima, precaución en las curvas, pero a buen ritmo en el polvoriento camino. Cuando traía a los bomberos con él, apretó aún más en el camino y el camión de bomberos no se le despegaba ni un metro. Una sonrisa diabólica dibujaba su cara en medio del caos.
A la mañana siguiente, tras una inquieta noche, madrugo, enciendo el horno y aso las alitas de pollo y la butifarra que no pude hacer la noche anterior por razones obvias. Tengo el olor a quemado metido dentro del cuerpo y me encuentro algo derrotado. En cualquier caso, agradecido de que todo quedara en un susto.
Para liberar tensiones, nos vamos a comer a nuestro querido restaurante Antonio en Almazán, donde nos recibe su dueño, el cual antes de darnos mesa, nos mira de arriba a abajo varias veces y sin ningún tipo de pudor. Es posible que no lleváramos buena pinta y que tuviéramos algún olor especial, pues parece que dudó antes de aceptarnos en su comedor. Arroz con calamares en su tinta, salmorejo, un buen entrecot crudo, el típico somarro, natillas y el tradicional helado de Contessa, ayudan sin duda alguna a superar el trauma ocurrido la noche anterior.
Aún nos da tiempo a llegar a buena hora a Madrid, lo cual aprovechamos toda la familia para salir a la calle donde tras una larga espera, podemos saludar y acompañar al Papa León XIV que se encuentra de visita en nuestra ciudad. Pero eso, amigos, eso ya es otra historia.



































































































































