A pesar del calor, no puedo evitar parar en Simancas, donde, además del castillo que alberga el Archivo General Real y que todo el mundo conoce, hay que comentar que aquí se libró en el año 939 una batalla donde una alianza de tropas cristianas venció al hasta entonces imbatible ejército de Abderramán III. Este hecho es el verdadero motivo de mi parada.
Aparcamos a las afueras y es visita obligada el Archivo General, donde te permiten exclusivamente entrar a unas dependencias donde exponen algunos de los documentos que se custodian en este lugar. La visita mereció la pena sin duda alguna, pues tenían allí mismo, dentro de una urna de cristal, el testamento de Isabel la Católica otorgado el 12 de octubre de 1504 en la ciudad de Medina del Campo y en el que nombraba heredera del trono de Castilla a su hija Juana (La Loca), pero estableciendo que su esposo el rey Fernando, debía gobernar esos territorios cuando Juana no pudiese hacerlo y hasta que su nieto (el futuro Carlos I) cumpliera veinte años.


El castillo no es visitable, pero algo diremos de este gran monumento. Fue construido entre los años 1467 y 1480 por los Enríquez, almirantes de Castilla, que a su vez lo cedieron a los Reyes Católicos en 1490, los cuales destinaron el edificio a depósito de objetos valiosos y prisión de máxima seguridad. Fue el nieto de estos, Carlos I, en el año 1540, quien lo convierte en archivo de los documentos de mayor relevancia jurídica para la monarquía castellana. Felipe II, finalmente, convierte este edificio en archivo general, donde se custodiaron todos los documentos generados por todos los organismos de la monarquía.
En Simancas hay una leyenda curiosa que no conocía y que nos llamó mucho la atención. Cuenta la leyenda que, durante la ocupación musulmana, el reino de León debía pagar al emirato un tributo anual consistente en cien doncellas, las cuales eran destinadas principalmente al harén del Emir, para servidumbre o simplemente para ser vendidas como esclavas. Este tributo tiene su origen en el año 783 cuando el rey Mauregato, hijo bastardo de Alfonso I de Asturias, quiso agradecer a Abderramán I su ayuda para ocupar el trono astur. La ciudad de Simancas debía contribuir al pago de dicho tributo con siete doncellas.

Los sucesores de Mauregato consiguieron sustituir este tributo por un pago en dinero, pero Abderramán II, en tiempos del rey Ramiro I, exige de nuevo las cien doncellas. Es conocido el vicio que tenía Abderramán II con las mujeres y el antiguo tributo debió despertar en él sus instintos más básicos. Su perdición eran las vírgenes y se dice que tenía gran capacidad amatoria. Prueba de ello es su extraordinaria prole que asciende a 87 hijos, 45 de ellos varones.
Las doncellas con las que tiene que contribuir la ciudad de Simancas, en un acto de valentía, se cortan las manos para así ser rechazadas por el emir. Abderramán II, cuando le entregaron estas siete doncellas mancas, pronunció la famosa frase que incluso, dicen, da lugar al propio nombre de la ciudad, Simancas: “Si mancas me las dais, mancas no las quiero”
Abderramán II exigió de todas maneras sus cien doncellas y cuenta la leyenda que Ramiro I, presionado por su pueblo, se negó a ello, dirimiendo este asunto en la famosa Batalla de Clavijo (Logroño) el día 23 de mayo de 844, siendo los musulmanes derrotados y poniendo así fin al tributo de las doncellas.
Las siete doncellas acabaron sus días, mancas y vírgenes, en un convento de monjas, quedando reflejada esta siniestra leyenda en el escudo de la ciudad.
Paseamos por las calles de Simancas y tomamos un aperitivo en un bar de la Plaza Mayor donde no aceptan tarjetas y tenemos que pagar al tipo por bizum. El dueño del bar es bastante amable y nos dice que nos acerquemos a un mirador cercano donde tenemos unas excelentes vistas del río Pisuerga y el puente medieval del siglo XIII que lo cruza. En sus inmediaciones tuvo lugar la batalla comentada del año 939 por lo que observo con detenimiento el lugar donde las tropas de Abderramán III fueron vencidas e iniciaron una desordenada retirada que finalizó en masacre en tierras sorianas.

Seguimos ruta y a los pocos kilómetros paramos a comer un plato combinado en un hotelito de carretera con buen aire acondicionado. El calor no cesa y a medida que avanzamos al norte, aumenta en contra de toda lógica.
Llegamos a Getxo a media tarde. Se superan los cuarenta grados y hay que añadirle la humedad habitual de estos sitios de mar. Terrible. Es en estos momentos cuando echo de menos la sequedad ambiental de Castilla haga frío o calor.
En un intento de buscar alguna zona donde corra el fresquito, cruzamos a Portugalete a través del llamado Puente de Bizkaia. Se trata de un puente colgante con un transbordador para personas y vehículos inaugurado en el año 1893. Este puente es una enorme estructura metálica de 61 metros de altura y 160 de longitud y fue el primer puente de este tipo construido en el mundo. Paseo por las zonas altas de Portugalete buscando algo de aire y ya de vuelta, nos sentamos en una terraza a tomar un refresco y los famosos pinchos vascos.

Al día siguiente, a pesar de que los noticieros informan que estamos en el pico más alto de la ola de calor, intentamos hacer algo de turismo. Los pisos en Bilbao no tienen aire acondicionado, sólo el interior de algún bar y en las terrazas el ardiente aire sahariano hace difícil la supervivencia. Es necesario moverse para, al menos, derretirse haciendo algo interesante, aunque sea a ritmo más lento.
Ponemos rumbo a Guernica, población desgraciadamente famosa pues fue destruida casi en su totalidad en la Guerra Civil por fuerzas aéreas alemanas e italianas que atacaron indiscriminadamente a la población civil. Las calles de la ciudad recuerdan continuamente y a través de fotografías, nombres de edificios, exposiciones y esculturas, el horror sufrido ese fatídico 26 de abril de 1937, entre las 16.20 y las 19.40 horas en el que 27 bombarderos destruyeron el 85% de los edificios y asesinaron a 2.000 personas. Da la impresión de que ese maldito día ha nublado y casi borrado cualquier pasado anterior de esta población que, no nos olvidemos, fue fundada en el año 1336 por un extremeño, Tello Alfonso, Señor de Vizcaya, uno de los numerosos hijos extramatrimoniales del rey Alfonso XI de Castilla.
Visitamos algún refugio antiaéreo, la Casa de Juntas, la reproducción a tamaño natural del famoso cuadro de Picasso y finalizamos tomando unos excelentes pinchos en una plaza del pueblo.


Siempre hacia el norte, parada en Mundaka, donde de milagro aparcamos el coche y Lorena aprovecha para darse un baño en el Cantábrico mientras yo me tomo algún pincho y litro y medio de agua helada para reponerme. Paseo por Bermeo donde tomamos un café en una bonita terraza con buenas vistas sobre la ciudad y donde parece que hace menos calor. Volvemos a Getxo por estas carreterillas vascas, con fuertes pendientes y curvas muy cerradas donde no puedes pasar de 50 kilómetros por hora. Típicas carreteras donde se aprende a conducir y por las que todo buen conductor debería entrenar.
Finalizamos esta ardiente jornada con una buena cena en la terraza del Glass Grill Urbano, donde la carne estaba exquisita pero las verduras a la brasa tenían también cierto sabor a carne. En cualquier caso, cenamos bastante bien. Durante la cena, nos llama la atención una pareja de mediana edad que se sentaron cerca de nosotros con su perrito. Lo curioso fue que el perro estuvo sentado toda la cena en una de las sillas de la mesa, como un comensal más y con un comportamiento impropio de su especie. Solo le faltaba hablar y sin duda alguna que los tres disfrutaron de la compañía, del momento y de la cena.

Al día siguiente ponemos rumbo a Loyola para visitar la casa donde nació San Ignacio de Loyola, soldado, sacerdote y fundador de los jesuitas. Nace en familia noble, adquiere el grado de capitán del ejército castellano y es herido de gravedad en mayo de 1521 en la batalla de Pamplona que enfrentó a tropas castellanas y navarras en un intento de estas últimas de recuperar la ciudad. Durante una larga convalecencia en su casa natal, algo cambia en su interior de forma radical y decide cambiar las armas por el servicio a Jesús, iniciando una nueva vida dedicada a los demás que culminará con la fundación de la Compañía de Jesús. Fue canonizado en el año 1622 por el Papa Gregorio XV.
En Loyola se ha erigido un enorme Santuario dedicado a San Ignacio y en el mismo lugar en el que se encuentra su casa natal, centro de este enorme complejo arquitectónico. La basílica es sencillamente espectacular y la entrada es libre, sirviéndonos en ese momento de fresco refugio frente al calor infernal del día. Tiene una cúpula de 65 metros de altura y una fachada de 150 metros de longitud. La inmensidad del edificio y el jardín de los alrededores no te deja indiferente. Se respira un ambiente de paz y tranquilidad absoluta.

Dentro del complejo, se encuentra la casa natal de San Ignacio que data del siglo XIV, la cual consta de cuatro plantas reconstruidas con un gusto exquisito y en el que se mantienen muchos elementos originales como parte del suelo de la planta baja o gran parte de la cocina. En las plantas superiores se encuentra la habitación en la que nació el Santo, el comedor familiar, despachos de trabajo, grandes salones donde se recibían a las visitas y la habitación donde se recuperó durante meses de sus graves heridas y sufrió su conversión. Además, existe un pequeño oratorio donde se conserva una tabla flamenca que Isabel la Católica regaló a Magdalena de Araoz, cuñada del Santo y que había sido su dama de compañía. En este oratorio el jesuita San Francisco de Borja celebró su primera misa el 1 de agosto de 1551 y están expuestos la casulla y el cáliz que utilizó ese día.
La visita a este lugar merece la pena y no te dejará indiferente. En la parte exterior hay un restaurante donde reponemos fuerzas.




En el pueblo de Azpeitia, compramos unos dulces llamadas “Ignacitos” y nos damos una vuelta parando en la casa espiritual que la comunidad de Jesús María tiene en este lugar.

No podemos abandonar el país vasco sin visitar el curioso castillo de Butrón, por lo que al día siguiente nos acercamos a realizar la visita oportuna. El origen de este castillo se remonta a una torre-fuerte del siglo XI a la cual y a lo largo de los siglos, se le van añadiendo otras construcciones defensivas, finalizando en una profunda remodelación en el siglo XIX alterando en su totalidad su origen medieval al ser reconstruido con un estilo algo fantasioso y siguiendo el estilo de los castillos bávaros de ese momento. El castillo actualmente está en obras, no se puede visitar y paseamos por los jardines de alrededor que no destacan por estar bien cuidados.
Esta construcción defensiva perteneció a la familia Butrón, muy belicosa y temida en todo este territorio durante siglos y hasta que los Reyes Católicos pacificaron la zona.

Nuestro siguiente destino es Plentzia, donde poco queda de su origen medieval y de su histórica economía ballenera, pero mantiene una puerta de la antigua muralla y la iglesia de Santa María Magdalena del siglo XIV. En la zona de playa tomamos un aperitivo donde aparece una mujer con dos perros, creo que dos galgos afganos, uno de los cuales se encarama a la barra del bar imagino que para pedir el aperitivo. Allí nadie dijo nada, por lo que deduzco que debe ser de lo más normal. La verdad que me sorprende mucho el comportamiento tan humano que tienen los perros por esta zona y también lo contrario, el comportamiento perruno de la dueña que incluso imita y se mimetiza con su mascota. No hay más que verlo e incluso da hasta un poco de repelús.




Ya en el camino de vuelta, paramos en un paraje con un gran aparcamiento, al borde de unos acantilados y con una vista espectacular, donde opto por darme una ducha de agua fría sin quitarme ni siquiera zapatos, camisa y pantalón. Hace un calor difícil de soportar a pesar de llevar ropa muy ligera y de pronto secado.
Al día siguiente, nuestro viaje llega a su fin y sin mucho entretenimiento iniciamos el camino hacia Madrid, parando a la hora de comer en el pueblo de San Agustín de Guadalix, donde por pura casualidad, paramos a comer en el restaurante Casa Joel donde nos comimos unos muy buenos chopitos y un excelente cachopo. Pero eso amigos, eso ya es otra historia.



































































































































