Leyendo e investigando sobre la historia de la villa de Almazán, uno de los mayores y prósperos pueblos de la actual provincia de Soria, aparece la figura de Jaime IV, rey de Mallorca, el cual, al parecer, falleció en este lugar en el mes de febrero del año 1.375.
Sorprendido por la muerte de un monarca de tan lejanas tierras en esta villa, hoy en día situada en el epicentro de la zona más despoblada de España, desvío hacia su figura mis lecturas y estudios para centrarme en este personaje y su relación con Soria, que para mí eran totalmente desconocidos. Conozcamos un poco su historia y su relación con la provincia de Soria:
Jaime IV nació en Perpiñán el 24 de agosto de 1.336, hijo de Jaime III rey de Mallorca, bisnieto ni más ni menos que del mismísimo Jaime I el Conquistador, rey de Aragón, Valencia y Mallorca. Fue “El Conquistador” quien arrebató Mallorca a los musulmanes en el año 1.231 adquiriendo así el dominio sobre las islas.
A su fallecimiento en el año 1.276, Jaime I cometió uno de los errores más comunes de los reyes medievales, dividiendo el reino entre sus descendientes, correspondiendo Mallorca a su hijo Jaime II, al que acabó sucediendo finalmente Jaime III, padre de nuestro protagonista. El reino de Aragón fue adjudicado a su otro hijo, Pedro III.
Como es habitual en estos casos, el conflicto entre ambas casas reales está servido, siendo desde los inicios el reino de Mallorca objetivo codiciado por la Corona de Aragón. De hecho, el reino de Mallorca ya nace siendo vasallo del aragonés.
En el año 1343, el rey aragonés Pedro IV invade Mallorca y Jaime III, en un intento de recuperar su reino, en el año 1.349 presenta batalla en la localidad de Lluchmayor, perdiendo el mallorquín la cabeza en el intento y quedando incorporadas las Islas baleares a la Corona de Aragón de forma definitiva.
Y es en esta batalla cuando aparece nuestro protagonista Jaime IV, participando activamente en la misma junto a su padre con la tierna edad de 12 años, siendo testigo directo de la decapitación de su progenitor y resultando él mismo herido de gravedad y hecho prisionero por los vencedores. Sufrió 13 años de presidio donde fue sometido a todo tipo de humillaciones. Fue encarcelado junto a su madre y hermana en el castillo de Bellver de Mallorca, posteriormente en el de Xátiva y finalmente fue trasladado al Castell Nou de Barcelona. Su madre y hermana fueron recluidas en un convento.
Durante su presidio en Barcelona, el rey de Aragón, Pedro IV, estableció para este preso tan especial una compleja normativa de custodia: Su vigilancia se encargó a cuatro hombres, en turnos rotatorios de una semana, únicamente podría recibir visitas de familiares, no podía escribir cartas y la correspondencia que recibiera sería intervenida. Durante el día permanecería en todo momento en el interior del castillo y por las noches era introducido en una jaula suspendida a varios metros del suelo y en la que no podía ni siquiera tumbarse.
Debido a la rotación de los turnos de sus carceleros, se filtró en la sociedad las duras condiciones a las que era sometido el monarca, provocando que un grupo de seguidores de su causa, compuesto fundamentalmente por clérigos y caballeros, en la madrugada del 2 de mayo del año 1.362, tras sobornar a la guardia y acuchillar a su carcelero, lo rescatara y librara definitivamente de la tortura y aislamiento al que estaba sometido.
Palacio de Los Mendoza. Alojamiento de Jaime IV durante su estancia en Almazán
Nuestro amigo se refugia en Nápoles donde contrae matrimonio en mayo del año 1.363 con Juana I, reina de Nápoles, convirtiéndose así en consorte de la reina y obteniendo únicamente el título de duque de Calabria. Tras tres años de matrimonio (1.366) y viendo la imposibilidad de obtener poder político para continuar su causa, de mutuo acuerdo se separan, trasladándose Jaime IV a Francia donde intenta obtener, sin éxito alguno, apoyo para recuperar el trono de Mallorca.
No ceja nuestro protagonista en la búsqueda de seguidores y en el año 1.367 inicia contactos con los ingleses liderados por el llamado Príncipe Negro (hijo del rey Eduardo III de Inglaterra), el cual apoyaba a Pedro el Cruel en la primera guerra civil castellana contra Enrique de Trastámara. Así, al mando de una compañía inglesa que le es cedida, interviene en la batalla de Nájera (3 de abril de 1367) donde es apresado por las tropas del Trastámara siendo liberado tres años después (1.369) gracias a la intervención de Juana I de Nápoles, la que fue en su día su mujer y que prometió apoyarle siempre que lo necesitara.
En 1374, de nuevo con la ayuda económica de su mujer napolitana y de su hermana (había quedado viuda recientemente), nuestro amigo Jaime IV, penetra en Cataluña con un ejército mercenario de 6.000 hombres, dispuesto a plantar batalla al rey aragonés y recuperar definitivamente el trono de Mallorca. Tras un año de saqueos por tierras catalanas, pero sin obtener los resultados previstos, en enero del año 1375 se repliega a Castilla, en concreto a la villa de Almazán donde es recibido con honores por parte del infante D. Juan, futuro Juan I rey de Castilla, falleciendo en territorio soriano en el mes de febrero del mismo año. La causa de su muerte aún no está clara, indicando algunos autores que falleció por las heridas recibidas en combate y otros por envenenamiento ordenado por los aragoneses.
Su cuerpo fue enterrado con los honores propios de un rey en el Convento de San Francisco, en Soria capital (fundado por el propio San Francisco de Asís en el año 1.214) . En este mismo convento, tres meses después, el infante D. Juan contrae matrimonio con Dña. Leonor de Aragón, hija de Pedro IV de Aragón, el mayor enemigo del protagonista de esta historia.
Ruinas Convento S, Francisco
Ruinas Convento S, Francisco
Así finaliza la vida de un rey, un verdadero rey que nunca tuvo reino y que dedicó su vida a intentar recuperar lo que fue arrebatado a su familia a sangre y fuego. Nunca más su estirpe (su hermana y los hijos de ésta) volvieron a luchar por recuperar el reino que les era legítimo.
En el año 2008 se llevaron a cabo trabajos arqueológicos en la actual iglesia de San Francisco de Soria, la cual conserva en su parte posterior las ruinas donde se encontraba el convento medieval, no obteniendo hasta el momento resultado alguno. Pero eso ya, amigos, cuando el presupuesto y las autoridades lo permitan, seguro que dará lugar a nuevas búsquedas y como no, para muchas otras historias.
Entre los días 18 y 26 de agosto de 2023, en plena ola de calor de una intensidad jamás registrada, con temperaturas diurnas de 42 grados y mínimas nocturnas de 23 y 25 grados, iniciamos nuestro viaje a Francia para disfrutar de una tranquila travesía de 80 km. por el Canal Du Midi entre las localidades de Castelnaudary y Carcassone.
De camino hacia el punto de inicio de esta aventura, hicimos parada con noche incluida en la bonita ciudad de Pau, la cual recorrimos de punta a punta y disfrutamos de una espléndida vista de los Pirineos que se encuentran a tan solo 50 km. de distancia. Esta ciudad y el territorio que la rodea, debido a diversas uniones dinásticas, perteneció al Reino de Navarra en el siglo XV, convirtiéndose en capital de dicho reino a partir del 1512 cuando Fernando el Católico ocupa el reino de Navarra situado al sur de los Pirineos. Es en este momento cuando el rey de Navarra Enrique II instala su Corte en esta ciudad y donde su nieto Enrique III de Navarra, acaba convirtiéndose ni más ni menos que en rey de Francia como Enrique IV. La referencia a esta estirpe de reyes de origen navarro es constante por las calles de la ciudad.
En esta ciudad abundan las iglesias que daban cobijo a los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela y cuyas plantas actuales pertenecen en su mayoría al siglo XIX, fruto de continuas remodelaciones a lo largo de los siglos. La joya de la ciudad es el castillo, que data del siglo XII, si bien sufrió una seria remodelación en el siglo XIV. Los reyes navarros se instalaron en este castillo y aquí nació el mencionado rey de Francia Enrique IV.
Llama la atención que en cualquier ciudad de Francia existe un monumento a los caídos en las múltiples guerras en las que se ha visto inmersa esta nación y en Pau concretamente, se recuerda a los soldados caídos en las dos guerras mundiales, la guerra de Marruecos, Argelia y Túnez. En este monumento, sorprendentemente, hay una placa especial dedicada a los españoles muertos y que defendieron la causa francesa en estas guerras. Ya que hablamos de guerras, no puedo dejar de comentar que, además de estos bélicos y pétreos monumentos, en la actualidad es habitual ver soldados franceses patrullando las calles, armados hasta los dientes y en formación propia de vigilancia y control de una ciudad destruida por la guerra. Da algo de miedo la verdad.
Tras degustar la débil e insulsa cerveza francesa y cenar una generosa hamburguesa, nos retiramos a nuestro modesto hotel situado en pleno centro, para recuperar la energía gastada en este primer día de insoportable calor.
A la mañana siguiente, buen desayuno a base de café, zumo y cruasán, antes de retomar camino hacia Castelnaudary donde a las 14 horas tomamos posesión de nuestro barco de la más alta gama y con el que recorreremos parte del Canal Du Midi durante siete días.
Para situarnos, el Canal Du Midi es un canal artificial y navegable que conecta el Atlántico con el Mediterráneo, evitando así el paso de mercancías por el Estrecho de Gibraltar. Fue construido entre los años 1.666 y 1.681 y en el que participaron 12.000 obreros. Tiene una longitud de 241 km, una anchura de 20 metros y una profundidad media de 2 metros. En cuatro días, pasajeros, mercancías y correos podían ser transportados de una punta a otra, siendo las embarcaciones de transporte tiradas por caballos a través de los caminos habilitados de forma paralela al Canal. Consta de un total de 63 esclusas para hacer frente a los desniveles del terreno. Para entenderlo, el sistema de esclusas es idéntico al más famoso de los canales, el Canal de Panamá.
Bajo un calor sofocante nos instalamos en nuestro bote de 15 metros de eslora, los capitanes asignados reciben una breve clase de formación sobre su manejo y nos disponemos a pasar la tarde en el pueblo de Castelnaudary donde casualmente celebran fiestas por ser las jornadas del Cassoulet (guiso de alubias y carne de pato o cerdo). El pueblo rebosa vida, miles de personas en las calles, puestos de cerveza y comida en las calles, música en directo… y todo vigilado por patrullas del ejército en permanente movimiento, alerta y listos para intervenir en cualquier momento. Damos rienda suelta a la alegría típica de los momentos previos al inicio de un gran viaje…
De vuelta al muelle donde se encuentra nuestro barco, nos damos cuenta de que el aire acondicionado no funciona correctamente y los técnicos se afanan por arreglar el problema. Cae la noche y el problema sigue sin resolverse y nos facilitan un aparato de aire portátil para no morir de calor.
A la mañana siguiente deberíamos comenzar nuestro recorrido, pero no es posible pues los que dicen ser técnicos siguen buscando la avería del aire acondicionado. Aprovechamos esta incidencia para volver al pueblo para comprar pan y exquisitos quesos en los puestos de la calle. Qué voy a decir de los quesos franceses, simplemente son una delicia y cuanto peor huelen mejor saben. Compramos 6 kilos de Cassoulet enlatados que finalmente viajaron a Madrid pues, pensando en su posterior digestión, fue imposible su degustación en el viaje por causa del sofocante clima.
El aire acondicionado sigue sin funcionar con normalidad a pesar de tener a tres inútiles técnicos metidos en el barco revisando el sistema. Al parecer solo funciona de forma parcial, de tal forma que hay camarotes que no tienen aire. Nos ofrecen cambiarnos a otro barco de igual calidad, pero al revisarlo los técnicos, se dan cuenta de que tiene el mismo problema con el aire acondicionado. Esto ya nos mosquea porque queda claro que estos francesitos no revisan los barcos antes de entregarlos al cliente, lo cual unido al olor vomitivo de los baños del muelle, nos sitúa en la realidad que nos rodea y desvela la calidad del servicio contratado.
En cualquier caso, con el aire acondicionado a medias y con varias horas de retraso, por fin zarpamos con alegría y la moral muy alta para enfrentarnos a las primeras esclusas donde a la dificultad de enhebrar el barco para situarlo correctamente hay que añadir el trabajo de amarrarlo para evitar golpes y movimientos no deseados.
Plácida y divertida navegación a más de 40 grados en el exterior, con un sol de justicia y un interior del cascarón de al menos 50 grados con elevado porcentaje de humedad, son las primeras notas que nos iban a perseguir durante el resto de nuestra travesía.
Las cocineras en el abrasador interior del cascarón cocinando para diez personas, paradas a comer cobijados en la sombra de enormes árboles que bordean el canal, saludos con otros aventureros embarcados y de todas las nacionalidades, saludos con infinidad de ciclistas que pedalean por el camino lateral del canal, paradas recomendadas donde desplazarse al pueblo andando es tarea de titanes debido a las altísimas temperaturas, desaparición prematura de las reservas de cerveza española, consumo excesivo de agua potable dado la permanente y sorprendente sudoración en la que nos encontramos, son sólo algunas de las anécdotas del viaje, pues el destino nos tenía preparada alguna que otra sorpresa añadida.
Noches amarrados en la salvaje orilla del canal sin servicio de luz ni agua, noches en los muelles de Bram y Carcassone con dichos servicios, noches en las que los mosquitos celebran una fiesta previa al festín cuando ven llegar el barco con diez personas totalmente sudadas, noches de cenas romanas en familia con ambiente muy divertido, noches en las que el mediocre aire acondicionado refresca y permite dormir con unos ventiladores que los técnicos farsantes ponen a nuestra disposición para reírse de nosotros, noches con sus días de calor africanos que convierten este viaje en un viaje aventura poniendo a prueba la capacidad de resistencia personal de cada uno de los diez viajeros.
Y más supervivencia cuando la nevera del cascarón comienza a fallar, llegando a apagarse totalmente en varias ocasiones pues el sistema eléctrico (el alternador) del barco definitivamente tampoco funciona. Y aún así, supimos sobrellevarlo con ilusión y alegría, logrando sobrevivir a base de humor pensando por dónde íbamos a meterle el barco, la nevera y, se me olvidaba, la barbacoa y el internet que tampoco funcionan, a los simpáticos francesitos que muy uniformados y sonrientes nos dieron la bienvenida hace ya varios días.
Y estas condiciones curten. Y curten mucho. Te acostumbras a los 43 grados del día y los 25 de la noche. Te acostumbras a la permanente sudada totalmente desbocada durante las 24 horas del día. Te acostumbras a unos baños (WC) donde su uso ponía a prueba la propia resistencia del individuo, no solo por su reducido tamaño y la dificultad de hacer desaparecer los residuos, sino también por la temperatura brutal reinante en el cubículo. Te acostumbras a protegerte de los mosquitos en cuanto cae el sol…. te acostumbras a todo, incluso a vestir únicamente con pantalón corto, gorro y calzado.
Ya en el retorno, éramos otros. Marineros curtidos, lobos de mar, diestros en el manejo del cascarón en las esclusas, diestros en lanzar amarras cual jinete de la pampa argentina, diestros en conocimientos de navegación, con la piel curtida por el sol, con la piel endurecida por las picaduras, maestros de la cocina francesa, maestros en la cata de quesos y vinos, maestros en reconocer los primeros síntomas de deshidratación, maestros en el arte de la vida, maestros en sobrevivir.
Y con todo ello, nunca me hice la pregunta más peligrosa que puedo hacerme a mí mismo en un viaje y que siempre me preocupa: ¿Y qué hago yo aquí? Al revés, lo que iba a ser un idílico y tranquilo viaje de lujo por las aguas del Canal, se ha convertido en un viaje aventura, algo extremo que no esperaba, pero me ha gustado y sorprendido gratamente. En varias ocasiones expresé mi sorpresa por la dureza del viaje y por la resistencia de todos y cada uno de los diez participantes en este evento. Este viaje sin duda ha sido un entrenamiento para mi próximo viaje aventura a Marruecos en el mes de octubre, el cual, después de ésta, estoy convencido que será coser y cantar a pesar de que nos enfrentaremos a condiciones duras y extremas o al menos eso espero.
Durante la navegación y de vez en cuando, venían imágenes a mi mente de una película protagonizada por Klaus Kinski llamada Fitzcarraldo y en la que navegan por el río Amazonas con el objetivo de construir en mitad de la selva un teatro de ópera. Es posible que estos pensamientos, pues debe hacer por lo menos 30 años que vi esa película y nunca la había recordado, fueran fruto del inicio de alguno de los innumerables procesos de deshidratación a los que me enfrenté.
Finalizada la travesía y ya entregada la chalupa a los organizadores con reclamación de daños y perjuicios incluida, ponemos rumbo a nuestra nación, en concreto a San Sebastián, donde llegamos con tiempo suficiente para darnos una excelente comilona en Casa Pantxika, el cual recomiendo y situado en el mismísimo puerto, a base de 5 kilos de rodaballo, tres docenas de sardinas y otras exquisiteces del Cantábrico. Nada como recuperar fuerzas posteriormente en nuestro querido y más que conocido hotel NH Collection de la ciudad.
No queda más que agradecer a todos los integrantes de esta aventura su participación en la misma, con especial mención a Natalia por su especial arte, paciencia y dedicación en los fogones, a Bernard por capitanear el barco y llevarnos a puerto seguro, a los hijos de ambos, María, Marcos y Pablo por su colaboración en las tareas diarias de a bordo, a Lorena, por su buen humor, siempre pendiente de la intendencia y la mejor pinche de cocina, y a mis hijos Marina, Fernando y Clara por su colaboración en el día a día y por haber demostrado ser dignos hijos de su padre.
Y esto es todo amigos. Si me preguntas si lo disfruté, te diré que por supuesto. Pero si me preguntas si te lo recomendaría, pues también, pero mi respuesta daría para otras muchas historias…
La verdad que muchos lectores no tengo. Es más, creo que tengo pocos, pero muchos de los que tengo, puedo decir que son “fieles” seguidores. Y en concreto dos de ellos me han demostrado su fidelidad este verano de 2023. El primero de ellos, Rafa (tocayo mío casualmente), atento siempre a mis publicaciones y enviándome en muchas ocasiones comentarios en privado sobre su contenido, realizó este verano una mezcla de mis rutas hacia la zona Sur de Soria para acabar comiendo con toda su familia en el restaurante marroquí de Monteagudo de las Vicarías. Durante la comida me envió una foto mostrando su total satisfacción no sólo de la ruta y pueblos que habían visitado, sino también por el festejo gastronómico con el que finalizaron. Es más, durante el trayecto, variaron la ruta en varias ocasiones lo que les permitió conocer nuevos sitios y que no eran nombrados en mis artículos. Esa es la idea, así de simple. Gracias Rafa.
La segunda de ellas, María, fiel lectora, pero siempre ocupada y con poco tiempo para consultar el blog de La Huella Bereber, aprovechó alguna de sus jornadas laborales de agosto con poco trabajo (es lo normal), para ponerse al día con mis publicaciones. Durante varios días me enviaba mensajes poniéndome al día de lo que iba leyendo, a lo cual yo le advertía que no se saturara, que si me leía mucho, al final siempre es lo mismo… Mis advertencias debieron caer en saco roto, pues cuando María ha tenido unos días de vacaciones me comentó que quería hacer una determinada ruta, en concreto una que subía al Cerro de San Juan y visitar los pueblos de alrededor. Pero la propuesta era aún más osada. Quería que la llevara yo en persona para explicarle curiosidades de la zona y además en mi vehículo Land Rover. Mi respuesta positiva no se hizo esperar y a los dos días la recogí de su domicilio instalándose como copilota en el Defender. La expedición tuvo una duración de 5 horas y la verdad que lo pasamos realmente bien. A los pocos días me envió su crónica del día, la cual reproduzco tal cual con su previa autorización. Gracias María.
«30 de Agosto de 2023 Esta vez, me lleva de ruta la Huella Bereber en su Land Rover Defender, así que el traslado entre un pueblo y otro es por caminos de tierra. También van dos hijos de la Huella. La ruta es la siguiente: Soria Garray Fuentecantos Portelrubio Fuentelsaz de Soria Aylloncillo Pedraza Cerro de San Juan Cubo de la Sierra Gallinero Lumbreras Los Rábanos
La primera parada es en Garray, para comprar comida en “El Puchi”, muy citado en los artículos de la Huella Bereber, compramos pan, jamón, lomo, queso y un Kojak para la hija. Desde allí cogemos un camino y llegamos a Fuentecantos y paramos en la Iglesia de San Miguel Arcángel, muy bonita.
Iglesia de Fuentecantos
Seguimos hasta Portelrubio y llegamos también hasta la iglesia, que está en lo alto y con vistas a todo el pueblo, que da la sensación de estar completamente vacío, salvo una nave que vemos abierta, el resto parece todo abandonado y me gusta bastante.
Iglesia de PortelrubioVistas desde la Iglesia de Portelrubio
Vamos hasta Fuentelsaz de Soria, se aprecia un poco más de vida, vemos a una persona. De camino a la iglesia, que también está en lo alto, pasamos por la casa de la persona, es un señor más bien anciano, con el que luego hablamos. Llegamos hasta la iglesia, en cuyo interior hay una miniexposición de fotos antiguas del pueblo. De vuelta nos paramos a hablar con el señor que nos cruzamos antes, se llama Máximo Los Santos, tiene 88 años, nos cuenta que sus hijos son los dueños de la Bocatería y el Bandalay de Soria, y define su pueblo como “noble, sencillo y elegante”. Nos cuenta que los molinos de viento situados en el Cerro de San Juan dan suficiente como para haber remodelado la iglesia, hacer buenas fiestas de pueblo, etc, esto, según dice la Huella, es frecuente en la zona.
Iglesia de Fuentelsaz de Soria
Seguimos la ruta y llegamos a Aylloncillo. Nos paramos en un sitio al lado del lavadero, hay una casa en venta, debe llevar mucho tiempo en venta porque hasta el letrero está borrado. Me da la sensación de que este pueblo también está vacío. Cuando hago este resumen y por casualidad, la encuentro en internet por 50.000 Euros.
La huella Bereber y el Hijo, mirando la casa en venta
Vamos hasta Pedraza de Soria, y de nuevo a la iglesia, en lo alto, con una llegada muy bonita a pie a través de un camino estrecho. La iglesia es bonita y las vistas también aunque se ve algún chalet moderno, que debe ser muy cómodo para vivir pero que para mi gusto afea lo que veo.
La Huella e Hijos andando hacia la Iglesia de Pedraza de Soria
Seguimos por un camino de tierra que sale desde la misma iglesia y llegamos al objetivo del viaje del día, el Cerro de San Juan, al que yo creo que no podré llegar en otro coche que no sea el Defender de la Huella, el mío se ensucia…. De camino al cerro, se ve un pueblo con muy buena pinta, Portelárbol, no entramos, queda pendiente para otra ruta. En el propio cerro sacamos la comida y las sillas y mesas que la Huella lleva en su Defender y nos la comemos, está todo buenísimo y tenemos suerte con el tiempo, ligero viento, sol, nada de frío. Las vistas desde el Cerro son una pasada, como dicen la Huella e hijos hay unas vistas de 360º que permiten ver gran parte de la provincia, como un Google maps en real.
Vistas de Portelarbol desde el camino que sube al cerro de San JuanComida en el Cerro de San Juan
Acabamos de comer y seguimos el tour, llegamos a Cubo de la Sierra, tiene una plaza grande coronada por la iglesia, que me recuerda mucho a la distribución de Trancoso, con la iglesia y las casitas de colores, aunque debe ser cosa mía, eso queda lejos. Nos mojamos brazos (yo) y cabeza (La Huella y el Hijo) en la fuente-bebedero de la plaza, el agua está helada. Hay unas casas que dan bastante envidia.
Mojándome los brazos en la fuente- bebedero de Cubo de la Sierra
Seguimos y llegamos a Gallinero, y flipo con la iglesia, pero ¿qué es esto? ¿Qué hace esta iglesia tan grande en un pueblo tan pequeño? El pueblo tiene muy buena pinta y aunque está cerrado hay bar y todo, la Disko-Taska Trankas, que luego leo en internet que es el bar rural de moda.
Iglesia Gallinero
Pegado a Gallinero está Lumbrerillas, luego leo que Lumbrerillas es realmente un barrio de Gallinero, paramos en la iglesia y unas casas, todo en ruinas.
Iglesia y casas de Lumbrerillas
Emprendemos el camino de vuelta, pasamos por Almarza aunque no paramos, y de ahí, ya por carretera nacional vamos a Los Rábanos donde nos espera el resto de familia de la Huella y mía. Y así a lo tonto y sin hacer muchos kilómetros he conocido un montón de pueblos que tenía apuntados como pendientes de visitar, espero que la Huella me reserve otro día».
Hablar de Elche es hablar de palmeras. De muchas palmeras. Unos 70.000 ejemplares en el casco urbano y unos 200.000 en todo el término municipal. Ni más ni menos. Casi una por habitante. Se trata del palmeral más grande de Europa y a nivel mundial únicamente es superado por algunos pocos palmerales árabes.
La especie de palmera más numerosa en Elche es la Phoenix Dactylifera, traída a esta árida tierra por los musulmanes en los primeros tiempos de su ocupación, allá por el siglo VIII. En cualquier caso, con anterioridad a la presencia árabe en la península, ya hay constancia de la existencia de palmeras en Elche y prueba de ello son vasijas decoradas y huesos de dátiles hallados en diversos yacimientos íberos.
Fueron los musulmanes los creadores de lo que hoy en día se conoce como el Palmeral de Elche. Abderramán I ordenó construir una gran red de acequias para su riego, la cual, 1.250 años después, se mantiene prácticamente intacta y en pleno funcionamiento. En los mejores tiempos de Al Ándalus, se contabilizan un millón de palmeras que proporcionaban, no solo una rica fuente de alimento para la población humana y animal en forma de dátiles, sino también material de construcción para casas, cubrimiento de techos, capazos, escobas, alfombras y un largo etcétera.
Son las aguas salobres del río Vinalopó las que riegan desde hace siglos este enorme oasis en el que también se entremezclan olivos centenarios, granados y ricos huertos con las hortalizas más diversas. Es algo único en el planeta.
Hoy en día, dejando aparte la industria datilera, con ocasión de la Semana Santa, las hojas de palma blanca ilicitanas son distribuidas a todos los rincones de nuestra península, llegando incluso al propio Vaticano.
Río Vinalopó
Dos ilustres personajes pertenecientes a mi familia me unen a esta tierra, mi tío Sebastián (d.e.p.) y mi suegro Antonio, ambos ilicitanos de nacimiento.
Y es con ocasión del reconocimiento a la trayectoria profesional del segundo de ellos por parte del Club Rotario de Elche, lo que ha provocado nuestra visita a esta singular ciudad, fundada, como no, por los musulmanes y al poco tiempo de su desembarco.
Celebra el Club Rotario de Elche una velada en el precioso hotel Huerto del Cura, donde sus miembros, ciudadanos y empresarios de reconocido prestigio, presentan sus proyectos sociales para el nuevo ejercicio y homenajean a varios ilicitanos por la importancia y valía de su labor profesional.
Hotel Huerto del Cura
Elche moderno
Y entre los reconocidos, mi suegro Antonio, el cual, en su discurso de agradecimiento, con tono firme y seguro, declara su independencia en lo que se refiere a ideologías políticas y destaca con energía el poder de la sociedad civil como base fundamental de nuestra sociedad actual.
Su mensaje deja una huella profunda en todos y cada uno de los asistentes al evento, de tal forma que, en las posteriores intervenciones, los ponentes inspiran sus palabras en las de Antonio. Y no es para menos. Su intervención fue simplemente genial. Enhorabuena Antonio.
Durante toda una mañana disfrutamos de forma rápida pero intensa de la ciudad de Elche, donde el ayer homenajeado ejerce hoy como guía turístico, deleitándonos con una entretenida y completa información histórica de la ciudad y su relación con la familia.
Antiguo Casino
Son muchos los edificios familiares por los que pasamos y por tanto muchos los personajes, usos, costumbres y anécdotas que nuestro improvisado guía va comentando. Incluso nos identifica algún inmueble cercano a la plaza del Ayuntamiento y que perteneció a la familia de mi tío Sebastián. No cabe información más completa sobre esta original ciudad.
No debemos olvidar otros edificios y lugares singulares de Elche, como el Palacio de los Altamira (s.XV), construido sobre la antigua fortaleza árabe y utilizado como alojamiento real por Jaime II, Pedro IV y los RRCC; la Torre de la Calahorra (XII), en origen una de las puertas de acceso a la ciudad almorávide; la Basílica de Santa María (XVII), construida sobre la antigua mezquita; los restos de la muralla árabe y los restos arqueológicos de unos baños árabes (XI) recientemente descubiertos en la plaza del antiguo mercado; y un espectacular parque municipal perfectamente cuidado y donde la temperatura disminuye considerablemente gracias a la frondosidad y abundancia de palmeras y otras muchas especies.
Torre Calahorra
Basílica de Sta. María
Baños árabes
Palacio de los Altamira y restos muralla árabe
También tenemos tiempo para los importantísimos momentos gastronómicos de cualquier viaje, visitando, degustando y comprando en el mercado municipal unos embutidos típicos para cocinar un buen arroz con costra y una mojama de atún con una pinta estupenda. El momento culinario estelar llega en la cercana localidad de Santa Pola, en forma de arroz y otras delicias servidas en el Club Náutico en un ambiente estupendo y con muy buena compañía. Pero eso ya, amigos, como viene siendo habitual, es otra historia.
En alguna ocasión he comentado que soy algo desorganizado a la hora de planear una ruta. Esta desorganización implica que, en muchas ocasiones, marco un objetivo o destino, pero no siempre lo cumplo pues en el camino pueden surgir algún otro lugar interesante o tener sensaciones que hagan variar totalmente la ruta ideada. Por ello es muy habitual que descubra lugares y monumentos sobre los que no tengo ningún tipo de información y además, tampoco invierto mucho tiempo sobre el terreno para obtenerla a través de la tecnología más moderna en forma de teléfono móvil con acceso a internet.
En mi última visita por el sureste Soriano, paré en Almaluez a pesar de que el destino fijado para ese día era otro, pero me cogía de camino. En los días siguientes, obteniendo información para escribir una crónica sobre la ruta de ese día, me sorprendió mucho que durante la guerra civil hubo en este pequeño pueblo un aeródromo militar utilizado por las tropas italianas. Esta información incluía fotos e indicaba incluso el lugar exacto donde se encontraba la pista de aterrizaje y despegue, hoy reconvertida en una próspera plantación de miles de almendros.
El tema levanta mi curiosidad al extremo y no he tardado en volver a Almaluez para conocer de primera mano la antigua pista de aterrizaje. Rápido la localizo y me muevo por distintos lados para valorar su inmensidad y hacerme una idea de la situación vivida en este mismo punto en los duros años de la guerra. Para una mejor perspectiva, subo andando al cerro Modóvar, el cual corono después de un buen rato tras una fuerte pendiente de 45 grados. El viento sopla con fuerza lo que hace aún más penosa la subida. En el alto queda un gran agujero donde debió estar instalado en su día un punto de vigilancia y defensa antiaérea y alguna que otra lata de refresco vacía de algún descerebrado con forma humana. No me cabe en la cabeza que alguien se tome un refresco en este punto y tenga el valor y la poca vergüenza de no llevársela luego consigo.
Almaluez. Pista aterrizaje y cerro Modóvar
Almaluez. Pista aterrizaje
Desde el alto y con un fuerte viento que dificulta incluso la estabilidad, disfruto de la vista y contemplo en su totalidad la enorme pista de aterrizaje y despegue. La panorámica me inspira e improvisando una vez más, decido desplazarme hasta Monteagudo de las Vicarías por pista de tierra y recuperar fuerzas con algún refresco en un nuevo restaurante que han abierto unos vecinos de origen marroquí y que está adquiriendo mucha fama.
El Toyota híbrido se comporta bastante bien por estas pistas en buen estado donde, con buena visibilidad, alcanzo velocidades de hasta 70 km/hora. Me asaltan pensamientos aventureros, no descartando en un futuro calzar al híbrido japonés con unas ruedas mixtas de carretera y campo para ganar estabilidad en pista.
Sobre las 13.30 llego al restaurante, a la zona de la barra, donde no hay ningún otro cliente. No obstante, se nota mucha actividad, quizás demasiada, en las cocinas y de vez en cuando aparece, con aspecto de concentrado, algún empleado a la zona donde me encuentro en busca de cafés, bollería o cambio en la caja registradora. Los minutos pasan y nadie me ha mirado, nadie me ha dicho nada, como si no estuviera. Hay un momento que aparecen dos empleados y uno le dice al otro: “por aquí no hay nada urgente, ¿verdad?”.“No”, le responde el otro, sin mirarme ninguno de los dos y a pesar de estar delante de ellos. Me quedo perplejo a pesar de ser consciente de que yo no soy algo “urgente”. El tiempo corre inexorable y comienzo a pensar que a lo mejor la magia del cerro Modóvar me ha dotado de poderes sobrenaturales y me he convertido en un ser invisible, lo cual tendría su atractivo, pues podría hacer en ese momento lo que me diera la gana sin ser visto. Por ejemplo, llevarme unas cajas de dátiles que tanto me gustan últimamente y que se encuentran expuestas junto a unas bandejas de pasteles con un inconfundible estilo bereber.
Tras casi 10 minutos de espera durante los cuales aprovecho con tranquilidad para cotillear todos los productos de bollería que vende el establecimiento, por fin soy atendido y con bastante amabilidad, por cierto. Pregunto si puedo comer algo en esta zona del bar y no hay problema. “Menú español o marroquí”, me pregunta el chico. “Marroquí, por supuesto, que me han hablado muy bien de este sitio”. Mi comentario hace mella en el camarero que se infla como un pavo. Acabo pidiendo un Tajín de ternera.
Me preparan una mesita y me conecto al wifi del local pues me da la impresión de que esto va para largo. Y no me equivoco. No tengo nada mejor que hacer, soy consciente de que están a tope y que están haciéndome un favor por darme de comer en la zona de bar y a destiempo. Por el acceso a la zona de restaurante entran muchos clientes y la actividad en cocina crece aún más si cabe. Tampoco faltan algunos clientes para comprar pan y bollería bereber.
Después de un buen rato y según el camarero, “por el tiempo que están tardando”, me trae un aperitivo consistente en dos generosos platillos: uno, con una especie de ensalada a base de tomate, pimiento, pepino y algo más, cortado en trozos muy pequeños y aliñado con expertas manos marroquíes y un segundo, con dos hermosas croquetas que reposan en un confortable lecho de lechuga con aceitunas negras arrugadas. La presentación de los platillos es muy buena y excelente su contenido. Muy, muy bueno, incluso la ensalada con su tomatito picado. Los que me conocen sabrán que yo nunca, nunca, como tomate crudo. Algo ha cambiado desde mi subida al Cerro Modóvar. Las croquetas excelentes.
Acabo con el generoso aperitivo y continúa la espera. Ya no sé qué mirar en el móvil cuando por fin llega el tan ansiado Tajín, el cual me sabe a gloria. Muy bueno. La ternera es de excelente calidad que, mezclada con la verdura, unas ciruelas pasas muy dulces y huevo duro, es una explosión de sabores. Los frutos secos no me van mucho en estos platos, pero, aun así, alguna almendra mezclo. Devorado el Tajín, se acerca el que debe ser el propietario del negocio y me pregunta si me ha gustado. Alabo la calidad del producto, a la cocinera y pido la cuenta, pues son las 15 horas y parece que he echado raíces en la esquinita en la que me han acomodado. Volveré, sin duda. La espera ha merecido la pena.
Tajín de ternera
(Y volví, por supuesto, transcurridas dos semanas, esta vez acompañado por mi amigo JM y con reserva previa. El restaurante estaba a reventar, pero fuimos atendidos con extrema rapidez y de nuevo con muchísima amabilidad. Degustamos el menú marroquí y las sensaciones de nuevo fueron excelentes. Finalizamos con un té moruno y pastas. Como debe ser habitual, al finalizar se acerca el propietario del establecimiento. Un hombre muy amable llamado Gonzalo con el cual estuvimos charlando y nos contó la historia del negocio. Tenía una empresa en Zaragoza y tras venderla, volvió a su pueblo, Monteagudo de las Vicarías, donde se apuntó a unas jornadas de formación en el manejo de ordenadores organizadas por el Ayuntamiento. Allí coincidió con un par de niños marroquíes, hijos de una vecina del pueblo, a los que acabó comprándoles un ordenador en un intento de colaborar con su formación y desarrollo. Ello le dio pie a conocer a la agradecida madre de los chicos. En un viaje a París, mientras comía en un restaurante, le vino la idea a la cabeza de montar un restaurante de cocina marroquí en Monteagudo y que el público pudiera disfrutar del buen hacer en la cocina de la vecina originaria del reino alahuita. Dicho y hecho. Aún no llevan un año abiertos, teniendo ya que ampliar cocinas e instalaciones por el éxito cosechado. Enhorabuena Gonzalo y familia. Sin duda alguna que os recomiendo).
Tomo una pista en dirección Oeste en un intento de alcanzar la carretera general de Almazán, pero se corta a los pocos kilómetros. Desde el alto donde me deja este camino, hay unas vistas espectaculares y veo en el horizonte el embalse de Monteagudo con un llamativo color turquesa de sus aguas. Memorizo el horizonte al que debo dirigirme y me desplazo por caminos en su búsqueda, llegando felizmente a los pocos minutos. El embalse es simplemente sorprendente. De considerable tamaño, con muchísima fauna y especies vegetales únicas debido a la salinidad de la zona. Fue construido en el año 1981 y es alimentado por el río Serón. Hay un camino habilitado a lo largo de todo su perímetro, muy recomendable, donde podrás disfrutar de la presencia de multitud de aves acuáticas.
Embalse de Monteagudo
Embalse de Monteagudo
Ya por asfalto, inicio la vuelta pasando por pueblos como Fuentelmonje, Torlengua y Serón de Nágima, con su espectacular castillo, pero paso de largo en todos ellos pues voy en busca de la atalaya de Bliecos, a la cual finalmente no puedo acceder pues está en lo alto de una sierra con densa vegetación y no encuentro camino alguno. En cualquier caso, no parece que esté rehabilitada, por lo que sigo camino de vuelta por Bliecos, Nomparedes, Castil de Tierra y Tejado. Alguno de estos pueblos no los conozco, pero pospongo su visita para otra ocasión.
Villanueva de Zamajón
Villanueva de Zamajón
Desde Tejado tomo dirección Tardajos de Duero pues nunca he ido por esa carretera y en el primer pueblo, Villanueva de Zamajón, me espera uno de los mejores regalos de la jornada. Una torre bereber del siglo X, perfectamente restaurada y que al parecer en su día albergó el Ayuntamiento de este pueblecito que se encuentra hoy en día prácticamente abandonado. No puedo evitar parar y darme un largo paseo entre las cuatro casas que quedan en pie y disfruto de la torre en absoluta soledad. Torres similares a ésta las hay en el valle del río Rituerto, no muy lejos de donde me encuentro, por lo que tendré que dedicar tiempo para explorar todos los pueblos de esta zona, pues es posible que ambos territorios estuvieran comunicados entre sí por medio de este tipo de torres. Hay que tener en cuenta que en esta zona y en su día, la densidad de población musulmana fue muy alta.
El viento parece que sopla con más fuerza. Comienza a hacer frío de verdad. Tras 8 horas desde que salí de Madrid, por fin llego a mi refugio soriano. La chimenea sigue siendo necesaria.
Como últimamente no paro, bueno, no paramos, nos hemos acercado a Sevilla este último fin de semana del mes de mayo con la excusa de acudir al concierto de los Hombres G, los cuales se encuentran de gira celebrando sus 40 años en activo. Casi nada.
Este grupo nunca fueron de mi plena devoción, pero sí es cierto que tienen 7 o 8 canciones que me hacen vibrar, saltar y cantar como el fan más entregado. Además, cualquier motivo es bueno para pasar un fin de semana original y distinto con buenos y fieles amigos.
Nuestra aventura comienza el sábado por la mañana en la estación de Atocha y a bordo de un AVE que, sinceramente, necesitaría alguna que otra actualización en los vagones. Dado que la salida se retrasa y las paradas en el recorrido son constantes, nos da tiempo suficiente para organizar nuestro próximo viaje a territorio Galo y realizar un par de visitas al vagón de cafetería, el cual, con el paso del tiempo, convertimos en cervecería.
El retraso en la llegada a nuestro destino supera la media hora, por lo que la empresa ferroviaria procederá a devolvernos el importe íntegro del billete. Sin duda es un buen comienzo.
Alcázar
Plaza de España
En el taxi que nos lleva al hotel, qué raro, surge un tema sobre Soria y el taxista se mete de lleno en la conversación y nos informa que en Sevilla hay mucho personal soriano. Al parecer, el dueño de la empresa donde trabajaba su padre era de Soria y él ha visitado la provincia en varias ocasiones. Añade que, muchos sorianos que emigraron aquí en busca de una mejor calidad de vida, eran contratados en comercios de Sevilla donde dormían bajo los mostradores.
Oído este último comentario, me veo en la necesidad de informar a todos los pasajeros que mi bisabuelo fue uno de esos sorianos que llegó a Sevilla a la edad de 11 años y durmió muchas noches debajo del mostrador del comercio donde lo colocaron de aprendiz. Fue su padre, mi tatarabuelo, un curtido y austero pastor trashumante, el que dejó allí a mi bisabuelo y a otros muchos de sus hijos en un intento de mejorar su futuro. Y lo consiguió.
Llegamos a la hora perfecta para iniciar un paseo por la ciudad y tomar un aperitivo para acabar comiendo de tapas en La Bodeguita Plaza del Duque a base de cazón, gambas a la plancha, ensaladilla, carrilleras y entrecot fileteado. Vaya, que si vas por Sevilla tienes que comer ahí sí o sí. Y encima el camarero era un tío estupendo y los de la mesa de al lado también eran de Madrid, venían al concierto y compartieron sus gominolas con nosotros. ¿qué más se puede pedir?
Gran paseo después de comer por la calle Sierpes hasta la zona de la Catedral y vuelta al hotel para descansar una hora antes de salir hacia la zona del concierto.
Catedral de Sevilla
¿Y qué decir del concierto? Lo que pasó en aquella explanada es difícil de describir sobre todo cuando sonaron las canciones más cañeras como “Al Capone de la Mafia”, “Marta tiene un marcapasos”, “Visite nuestro Bar” o la más pedida de todos, “¡Sufre Mamón! “. Memorable el saxo del grupo y momentos para olvidar cuando tocaron de forma seguida varias canciones pedorras, ñoñas y con mucho sentimiento.
En cualquier caso, salimos con una amplia sonrisa, realmente satisfechos, pero algo doloridos y contracturados por todas las horas de pie en menos de medio metro cuadrado con escasa o nula posibilidad de realizar movimiento alguno. El próximo concierto, sentado y en zona VIP.
Iniciamos vuelta hacia el centro de la ciudad y milagrosamente, tras un buen rato caminando, podemos contratar un Uber que nos salva de una larga, penosa e imposible caminata de varias horas hasta nuestro hotel.
En Sevilla proliferan las camionetas transformadas en bar donde puedes degustar hamburguesas, perritos y demás delicatessen, por lo que antes de acostarnos y de camino al hotel, paramos en uno de ellos para pedir unos perritos calientes especiales, de tamaño descomunal y servidos en tiempo récord por dos tipos poco comunicativos.
Lo mejor de los hoteles donde nos hospedamos, siempre de la cadena NH, es que tienen unos desayunos abundantes y variados que sirven para recuperar las fuerzas gastadas durante la noche anterior y en la que intentamos emularnos a nosotros mismos pero con 35 años menos.
Frutas variadas, tortillas, salchichas, beicon, jamón, queso, dulces, tostadas, zumo y cafés por partida doble hacen su efecto y nos lanzamos a explorar Sevilla con energía por la famosa calle Sierpes y la zona de La Campana, lugar en el que se encontraba el comercio donde mi bisabuelo, a finales del siglo XIX, dormía debajo de un mostrador. Rápida visita al interior de la Catedral y a la Plaza del Cabildo donde, al amparo de restos bien conservados de la muralla almohade del siglo XII, coleccionistas de monedas y billetes intercambian mercancía e impresiones.
La Campana
Plaza del Cabildo
Para disfrutar de la Giralda en todo su esplendor, no hay mejor lugar que la plaza de La Virgen de los Reyes, donde tomamos un aperitivo en primera línea de la terraza del bar Giraldilla y aprovechamos para disfrutar y comentar, entre otros aspectos, las curiosas indumentarias de los turistas de todos los rincones del planeta que inundan la ciudad. Se nos acerca un sevillano con lotería para vender, el cual, para captar nuestra atención, indica con bastante gracia que tengo pinta de torero. El comentario nos provoca una sonora carcajada, consiguiendo su objetivo el gracioso comerciante al vendernos un décimo a precio de oro.
La imagen de la Giralda es simplemente espectacular. Actualmente, torre campanario de la Catedral, en su origen alminar de la mezquita de la ciudad. Fue erigida por los almohades en el siglo XII basándose en el alminar de la mezquita Kutubia de Marrakech.
La Giralda
Mezquita Kutubia. Marrakech
No podemos abandonar Sevilla sin visitar su plaza más famosa, la Plaza de España, el lugar que fue el pabellón de España en la Expo Iberoamericana celebrada en el año 1929. Para ello, qué mejor manera de hacerlo que en coche de caballos donde el cochero, un tal José, nos va explicando de forma muy concisa, pero amena y divertida, los lugares más emblemáticos por los que vamos pasando. La Torre del Oro, los diferentes pabellones de los países participantes en la Expo, el uso actual de los mismos, el monumento al Cid Campeador, la Real Fábrica de Tabacos, el parque de Mª Luisa y finalmente la Plaza de España donde damos una vuelta entera a su interior para riesgo de algún que otro despistado turista nipón.
El Cid
¿Y qué hace en esta ciudad un monumento al Cid, el mercenario más conocido de la Edad Media, el que fue Señor de Gormaz? Pues debió tener su importancia por estos lares, pues fueron los sevillanos los que, a Rodrigo Díaz de Vivar, le bautizaron con el apodo de el Cid. Al parecer el Sr. Rodrigo estuvo por estas tierras en nombre del Rey Alfonso VI cobrando las parias al reino taifa de Sevilla, teniendo en ese momento que defender y con éxito, a los musulmanes sevillanos del ataque de los reinos de Granada y Murcia aliados con el conde de Barcelona. En su vuelta triunfante a la ciudad de Sevilla, el pueblo lo recibió al grito de “Sidi Rodrigo” y “Campi Doctor” (“Señor Rodrigo”, “sabio en batallas campales”). De la unión de estas expresiones, la primera musulmana y la segunda cristiana, surge el apodo de “El Cid Campeador”.
Qué tendrá este paseo en el coche de caballos que tanto nos encantó y que provoca que mucha gente te salude por la calle y uno mismo devuelva sonriente el saludo como si nos conociéramos de toda la vida. Nuestros amables rostros, adornados con el gesto del saludo al más puro estilo de la realeza europea, queda retratado en multitud de cámaras fotográficas de turistas de todas las nacionalidades.
Finalizada la experiencia, nuestro cochero nos aconseja ir a comer a la Bodega de Santa Cruz “Las Columnas”, en la calle Rodrigo Caro, también con vistas a la Giralda, donde disfrutamos de una exquisita y amplia variedad de tapas como los buñuelos de bacalao, tacos de cazón, gambas, solomillo al Güisqui, lomo al Pedro Ximénez y berenjenas con miel. Muy bueno todo.
Regresamos al hotel a recoger las maletas y mientras hacemos tiempo para que pase una tromba de agua, tomamos un café y algún que otro licor en la terraza, lo cual ayudará sin duda alguna a relajarnos en el AVE de vuelta. Pero eso ya, amigos, es otra historia.
La verdad es que la excursión menos organizada o mejor, sin organización alguna, puede llevar a descubrir lugares e historias sorprendentes.
Hace unos días recibí, creo que a través de la red social Facebook, una noticia que informaba de la existencia de un despoblado con una atalaya derruida en el municipio de Monteagudo de las Vicarías. Al ver que se trata de una atalaya y por tanto de restos bereberes, todas las alarmas saltan en mi interior y ya fijo en el calendario el siguiente fin de semana para darme una vuelta por la zona.
Se trata del sureste soriano, territorio no muy conocido por mí, pero de vez en cuando me he atrevido a internarme en él, descubriendo y visitando sitios realmente espectaculares, como el monasterio de Santa María de Huerta o el castillo de Arcos de Jalón, por nombrar alguno de los sitios más conocidos y a los que cualquiera puede acceder.
Es precisamente en Arcos de Jalón donde inicio mi expedición para dirigirme al desconocido, al menos para mí, pueblo de Almaluez y a través de una solitaria carretera comarcal, la SO P 3107. Me llama la atención el paisaje con grandes cortados en el horizonte, mucho campo de labor y lo más curioso, una tierra de color blanco intenso lo cual delata una alta concentración de yeso.
Paro a la entrada del pueblo para disfrutar de la soledad del lugar donde hay unas ruinas de un monumento difícil de calificar. Puede que sea una fuente, los restos de algún puente, lo desconozco. A mi derecha se extiende un enorme e impresionante campo con miles de almendros que, sorpresa, en la Guerra Civil Española fue utilizado como aeródromo por las tropas italianas que apoyaban a las tropas de Franco.
Iglesia Almaluez
Pista aterrizaje, Almaluez, Cerro Modóvar
Los aviones aquí ubicados daban escolta a los bombarderos que despegaban del Burgo de Osma y se dirigían a Teruel para soltar su mortífera carga. Este aeródromo tuvo una intensa actividad entre el otoño de 1937 y los primeros meses de 1938.
El 29 de marzo de 1939 se produjo en este lugar dos accidentes de aviones caza y en momentos diferentes. Tras la vuelta de un vuelo de reconocimiento y ante la inminente caída de Madrid, tres pilotos lo celebran con vuelos de exhibición simulando un ataque aéreo. El capitán Miguel García Pardo se estrelló en las inmediaciones del cercano castillo de La Raya al no poder superar una atrevida y suicida bajada en barrena. En otro momento diferente, el teniente Rogelio García de Juan, se estrella en plena pista de aterrizaje tras realizar sobre la misma un vuelo rasante que no pudo remontar. Descansen en paz.
Pista de aterrizaje
Me adentro en las calles del pueblo de Almaluez totalmente vacías. La sensación de soledad se ve incrementada con la ausencia de ruido del motor de mi Toyota que ha entrado en modo eléctrico. La sensación es algo extraña. Paro en la vacía plaza del pueblo, me bajo del coche y el ruido al cerrar la puerta se duplica cien veces por el eco.
Paseo en silencio por un par de calles y por fin veo algún que otro coche aparcado en otra pequeña plaza. Respiro aliviado pues en mi mente ya venían imágenes de alguna película ambientada en el apocalipsis total. Nunca soportaría ser el último ser humano sobre la faz de la provincia de Soria. Incluso veo un señor de mediana edad que camina hacia donde yo me encuentro. Como si fuéramos dos supervivientes, nos saludamos y entablamos breve conversación en la que tratamos temas tan profundos como la tranquilidad del pueblo y el buen tiempo reinante. Aprovecho y le pregunto si el cerro Modóvar es aquel y confirmo si voy en buena dirección en busca del despoblado.
El tipo responde muy amable, comenta lo a gusto y tranquilo que está así el pueblo y confirma mis dos preguntas de situación. Nos despedimos y en absoluta soledad y silencio vuelvo hacia mi coche pensando que estoy en la situación ideal para que me tope con un grupo de zombis podridos, mal olientes y hambrientos de carne humana.
Dejo atrás el pueblo y a través de una pista de tierra en buen estado me dirijo hacia el cerro Modóvar donde en su día se realizaron excavaciones descubriendo una necrópolis celtíbera (S. IV-III a.c.). Los tesoros encontrados y más valiosos, cuatro espadas y un casco de bronce, se custodian en el Museo Numantino de Soria. En la cima del cerro, los italianos instalaron una defensa antiaérea o un puesto de vigilancia del cual poco rastro queda. El cerro, una enorme mole de arcilla y yeso cristalizado, se levanta en mitad de una gran llanura dando al lugar un toque mágico y misterioso.
Cerro Modóvar
Cerro Modóvar
Retomo carretera hacia Monteagudo y al poco rato ya diviso en un cerro los restos del despoblado, el objetivo de mi escapada. Me desvío por pistas de tierra y me sorprende el buen comportamiento del híbrido japonés. No puedo evitarlo y comienzo a pistear y a enlazar pistas y más pistas. Dejo para otro día el acceso al despoblado pues parece algo complicado y siempre es mejor hacerlo acompañado. Los caminos por esta zona están muy bien cuidados y son muy rápidos, por lo que prometo volver con un verdadero todo terreno. Pero eso ya amigos, será otra historia.
Tras tres meses desde nuestra última visita, de nuevo volamos a la Isla Esmeralda pues tira mucho nuestra hija que allí está estudiando durante diez meses, tiran mucho los viajes en familia, pero también, no nos engañemos, tira mucho una buena pinta de Guiness y nunca mejor dicho, bien tirada.
Poco comentaré de nuestros días en Dublín, ciudad ya conocida por nosotros en nuestro anterior viaje y del que di buena cuenta en anterior crónica. Esta vez hemos visitado más la zona de la ciudad menos turística, la situada al norte del río Liffey, más allá de donde acaba la famosa y céntrica calle de O´Conell. Según avistábamos alguna torre de una iglesia o monumento, hacia ella nos dirigíamos y así sucesivamente, sin rumbo prefijado, lo que fuera surgiendo. En mi opinión, es una buena manera de conocer una ciudad.
Ello no ha impedido pasear de nuevo por las zonas más céntricas, comerciales y conocidas y volver a degustar unas buenas pintas de Guiness en nuestro Pub favorito “The Celt” y en algún otro que entras por casualidad y siempre con acierto.
Esta vez nos hemos alojado en los apartahoteles “Staycity” los cuales son más que recomendables y en cuya planta de calle, mezcla de recepción y bar, la actividad es frenética la mayor parte del día. Su situación es muy buena y está situado muy cerca, entre otras, de las concurridas y animadas calles de Capel St., Mary St. o Parnell St.
Como ya es costumbre, me gusta salir a pasear la ciudad cuando despierta, por lo que a las 7 de la mañana ya estoy plenamente activo conociendo las costumbres mañaneras en Dublín. Al lado de nuestro alojamiento hay un edificio que parece un antiguo mercado y actualmente es utilizado como almacenes de frutas. Decenas de furgonetas descargan su mercancía donde la marca España se mezcla con la marroquí y la de otros muchos países latinoamericanos. En uno de los extremos localizo un bar y entro sin dudarlo a tomar un café para despejarme. El olor a fritanga es intenso y la grasa parece que chorrea por techos paredes y suelo. Tras la barra, un tipo con la mediana edad ya pasada y de momento ocioso pues no hay ningún cliente. Una descomunal plancha ocupa gran parte del interior de la barra y se encuentra caliente pues, imagino, los fruteros no tardarán en entrar a desayunar los típicos huevos con beicon y salchichas.
Con arrojo pido un café con leche y el camarero me invita a sentarme en una barra pegada a la ventana de la calle. Al poco aparece con una enorme taza de negro café y ante mi petición de leche, me señala una jarrita que reposa en la barra donde me encuentro. La superficie de tan nutritivo líquido no cumple con el dicho de “blanco como la leche”. No le hago asco alguno y con total naturalidad me corto el café y lo endulzo con un azúcar que, igual que la leche, vaya usted a saber cuánto tiempo lleva en ese mostrador y vaya usted a saber qué esconde en su interior.
Entablo animada conversación con el camarero, el cual se declara un apasionado de España y a la que volverá en dos semanas de vacaciones con su familia. Acabado el café, el tipo me hace un gesto diciendo que no le pague, pero no acepto su invitación alegando que está ahí trabajando muy duro desde primerísima hora de la mañana. Con una sonrisa, me dice que son 3,30 euros. Si lo llego a saber, acepto la invitación pues vaya precio tiene el café en estos lares. Abandono el local algo sorprendido, no solo por el precio del café, sino por mi elocuencia con el camarero y su conocimiento de España, aspectos estos dos últimos que se repiten a lo vivido día anterior con el taxista que nos trasladó desde el aeropuerto.
Este viaje introducimos como novedad dos días de estancia en la ciudad de Cork, a la cual llegamos tras dos horas y media de trayecto en tren y donde centraré esta crónica no solo por los sorprendentes lugares visitados sino también por los escalofriantes y perturbadores hechos de los cuales fui testigo directo.
Cork es la segunda ciudad más importante de Irlanda, con unos 150.000 habitantes y se encuentra dividida en tres bloques debido al desdoblamiento del río Lee.
Sus calles son muy comerciales y bulliciosas, con infinidad de comercios y pubs donde degustar productos de la zona. Cuenta con dos catedrales, la anglicana y la católica, además de multitud de otros templos los cuales, todos merecen una visita a sus alrededores. Importancia especial le dan al “English Market”, que no deja de ser un mercado tradicional como los nuestros y que desgraciadamente cada día son más difíciles de ver. Por supuesto que no debes dejar de visitarlo, tiene todo muy buena pinta.
Visita obligada al pequeño pueblo de Cobh, al que puedes trasladarte en tren de cercanías en unos 20 minutos. El trayecto en tren merece la pena por los paisajes, pudiéndose apreciar la inmensidad de lo que viene siendo considerado el puerto natural más largo del mundo. En el puerto de Cobh, el 10 de abril de 1912, hizo su última parada el Titanic antes de poner rumbo a los infiernos. También desde aquí, entre los años 1815 y 1970, partieron 3 millones de emigrantes irlandeses rumbo a todos los rincones del planeta, siendo además punto de partida para 40.000 convictos, hombres y mujeres, con destino Australia.
De nuevo nos sorprende este pequeño pueblo con una tremenda catedral y casas pintadas de mil colores. Espectacular.
Cobh
Cobh
Tras comprar un bocadillo en uno de los múltiples supermercados de la zona y que devoramos sentados en un banco ante la vigilante mirada de media docena de enormes cuervos negros y con actitudes depredadoras e incluso amenazantes hacia nuestra comida, nos acercamos hacia la zona del puerto donde sale un pequeño ferry que nos llevará a Spyke Island, la llamada Alcatraz Irlandesa.
Hace bastante frío, unos 2-3 grados, mientras el guía nos cuenta a la intemperie y en unos 45 minutos la historia de la isla. Posteriormente, disponemos de unas dos horas y media para deambular por la isla de forma libre. Aprovechamos para visitar y pasear por el patio de armas, las celdas del siglo XIX, otras más modernas, el edificio de castigo, las murallas, una exposición de cañones y vehículos de guerra, etc.
El lugar está bastante bien conservado y en más de una ocasión se te pone la piel de gallina al entrar en las celdas en las que los presos se hacinaban como animales o en aquellas donde los torturaban y mataban a palizas o al estar en el lugar exacto en el que habían sido acribillados a balazos un grupo de presos o donde un vigilante había sido asesinado a sangre fría en alguna revuelta. Siento escalofríos por el simple hecho de pensar el horror y sufrimiento que ha habido durante cientos de años en este lugar y en el que hoy me encuentro como un turista sonriente, gastando bromas y haciendo fotografías.
En cualquier caso, disfrutamos mucho de la visita, lo pasamos genial e incluso nos dio tiempo para tomarnos un refresco y algún bollito en el bar, así como para comprar la típica foto que te hacen a la entrada del presidio. En mi ficha de delincuente reza el delito “disturbios”.
Sobre la historia de Spike Island hay mucho que hablar, pero intentaré hacer un resumen: En el siglo VII se instalaron unos monjes fundando un Monasterio el cual fue arrasado por los Vikingos a comienzos del s. IX. Hay constancia de asentamientos monásticos en la isla hasta el siglo XVI. En el año 1650 es utilizado por primera vez como prisión y como lugar de espera de los condenados antes de ser trasladados a las colonias de Norteamérica, Jamaica y Barbados.
En el año 1779 se comienza la construcción de la primera fortificación para proteger la entrada a la bahía junto con otras dos situadas también en lugares estratégicos. Es entre 1804 y 1850 cuando se construye el fuerte que podemos ver en la actualidad, dándole forma de estrella para evitar ser blanco fácil de los cañones enemigos y aumentar los ángulos de fuego en su defensa.
Ya en 1847, en la época de hambruna en Irlanda, se utiliza de nuevo como prisión llegando a albergar a 2.500 prisioneros en condiciones infrahumanas. Entre el año 1847 y 1883 murieron en Spike Island la friolera de 1.300 prisioneros por todo tipo de causas, sobre todo violentas y otros 750 bajo las manos del cirujano del presidio al que tildan las crónicas de borracho y aficionado al opio. En 1850 se construye el edificio de castigo en el cual los presos eran torturados, apaleados y encadenados 23 horas y media al día.
En 1914 la isla es utilizada como campo de entrenamiento para las tropas inglesas y como presidio para 1.400 irlandeses durante la guerra de independencia de Irlanda. Si bien Irlanda obtiene la independencia de Gran Bretaña en el año 1921, las tropas inglesas se mantienen en Spike hasta el año 1938, fecha en la que la isla pasa definitivamente a soberanía irlandesa.
La Isla es utilizada a partir de ese momento como base del ejército irlandés y en 1985 es habilitada de nuevo como prisión, pero esta vez para delitos menores. En agosto de ese año se produce un breve, pero muy violento motín, que dio la vuelta al mundo y que provocó el incendio de varios edificios cuyas ruinas aún hoy pueden contemplarse. La prisión fue cerrada de forma definitiva en el año 2004.
Durante la vuelta en ferry, cae una fina lluvia que no impide que los tres españolitos nos mantengamos en la zona exterior disfrutando de las vistas y el tiempo húmedo. Ya de vuelta a Cobh, nos tomamos una buena pinta y el típico café irlandés en un pequeño pero acogedor pub y en un intento de asimilar la visita realizada. Vuelta en tren a Cork donde, tras un largo paseo, cenamos un exquisito estofado de ternera, fish and chips y un lomo de ternera de una calidad excelente.
Aquí amanece pronto o al menos es la impresión que tengo. El caso es que a las 7 de la mañana ya estoy en la calle tomando un hirviente café americano a la orilla del río Lee y con vistas al enorme edificio del Ayuntamiento. Con las pilas cargadas por el tanque de café, comienzo a pasear por la ciudad serpenteando por las inmediaciones del río, el cual cruzo en varias ocasiones por los numerosos puentes, todos ellos con estilo y diseño diferente.
Sobre las 7.30 de la mañana observo algo voluminoso que flota en el río y que es arrastrado lentamente por la corriente. A medida que me voy acercando al objeto flotante, comienzo a tener la sensación de que se trata de algo raro, pero no identifico de momento de qué se trata. Cuando llego a su altura, veo que se trata de algo envuelto en ropa y de repente me doy cuenta de que se trata de algo muy parecido a un cuerpo humano flotando boca abajo y del cual se distingue con claridad su espalda, culo y piernas. Incluso lleva zapatos. Marrones, para mayor detalle. Un escalofrío recorre mi cuerpo durante unos instantes, pero yo mismo, incrédulo, me digo que no puede tratarse de un cuerpo. Pienso en alguna pandilla de jóvenes que, con alguna Guiness de más, ha tirado un muñeco al río en mitad de la fiesta. Pienso incluso en esos monigotes de paja que, en muchos pueblos de España, sirven de Judas en alguna que otra fiesta.
Río Lee
Me quedo parado no más de dos segundos y prosigo aturdido mi paseo. La imagen del cuerpo flotando no se me va de la cabeza y a los pocos metros me detengo y echo de nuevo la vista atrás. Claramente se trata de un cuerpo, un ahogado, un cadáver que flota y que de forma triste, lenta y pesada es arrastrado por la corriente. No le veo la cabeza ni los brazos. Antes de que pudiera reaccionar veo un ciclista que se ha parado y ya está llamado por teléfono, imagino que a la policía. Me alivia pensar que ya alguien ha llamado a los servicios de emergencia y no me cabe en la cabeza que yo haya podido ser el primer ciudadano que ha visto el cuerpo flotando sobre el río…… Aún no son las ocho de la mañana y ya hay bastante movimiento en la calle. Eso sí, nadie mira el río.
Nuestro hotel está situado justo enfrente y desde una cristalera al lado de la habitación observo al ciclista esperando a la policía, al ahogado en su negro y silencioso camino hacia el puerto de la ciudad y la llegada de tres camiones de bomberos del que descienden a toda prisa al menos doce personas y dos de ellas, sin dudarlo, se tiran al agua con cuerdas y una pértiga. La corriente sigue arrastrando al ahogado y bomberos, impidiendo las instalaciones del puerto poder continuar en mi papel de testigo. Mejor así. Al poco rato llega una furgoneta mortuoria y poco más. Descanse en paz.
Cork es una ciudad que da mucho de sí y aún podemos disfrutar paseando y descubrir nuevos rincones. A las 11 de la mañana, morimos de hambre y paramos en un sitio donde, tras un rápido vistazo a la carta, parece que están especializados en desayunos al más puro estilo irlandés. El sitio está abarrotado, pero pronto nos buscan una mesa en una agradable esquinita, donde no tardamos en disfrutar un gran plato a base de huevos, salchichas, beicon, beans, morcilla, una especie de chorizo, tostadas con mantequilla y mermelada y una gran taza de café. Espero tener para el resto del día. La Guiness la dejaremos para el próximo viaje, pues amenazo con volver y seguro que dará para otras muchas historias.
Tras un vacío vital consecuencia de no arrancar el Land Rover durante 51 días con sus noches incluidas, por fin este pasado sábado 18 de febrero, han rugido los 160 caballos de su motor para pasar juntos una nueva e intensa jornada.
Esta vez voy acompañado del que ha sido durante 18 años, mi más fiel y valiente copiloto, mi hijo Fernando, el cual ya pide a gritos un cambio de papeles en las rutas más habituales. Para ello, primero tendrá que comprarse su propio Land Rover y mientras tanto y de forma provisional, podrá utilizar el mío y así aprovecho para adiestrarle en este mundo del Land Rover Defender, tanto en su uso por carretera como fuera de ella.
El Defender es un vehículo distinto a los demás. Ni mejor ni peor que otros, simplemente distinto. Por eso entiendo muy recomendable y siempre que exista esa posibilidad, como es el caso, que las primeras tomas de contacto con este duro y particular vehículo se realicen siempre acompañado por alguien con algo de experiencia. La conducción fuera de asfalto requiere de mucha práctica, sentido común y una alta dosis de prudencia que no tiene por qué estar reñida con la osadía.
Y así llevamos unos siete meses, ni más ni menos. Siete meses en los que todo lo observado como copiloto durante años hay que ponerlo en práctica. Siete meses en los que ha habido muchas dificultades, muchos nervios y muchos sudores para superar caminos rotos, embarrados, helados o pistas rápidas en buen estado. Siete meses de pocos kilómetros, pero intensos. Siete meses de clases prácticas, teóricas y de sensibilización. Hay que escuchar al coche, saber lo que te transmite, adelantarse a las situaciones. Las ruedas siempre por la parte alta, ahora hay que dejarse caer en la zanja, ahora sal de ella, ahora mantén potencia suave y constante, sin brusquedades, no muevas tanto el volante, ¡acelera, acelera! ¡frena!!!, pégate al borde del camino, ¡no tanto!
Tenía pensado alguna ruta nueva, de exploración, pero mi joven aprendiz me propone volver a la Sierra de Cebollera, “que nunca defrauda”. Y cuánta razón tiene.
Conduzco la ida por carretera y los primeros kilómetros de pista en la Sierra. A medida que tomamos altitud comienzan a aparecer grandes tramos de pista con nieve y hielo. De momento el Land Rover responde bien, por lo que cedo los mandos a mi aprendiz, el cual, con decisión y sin dudarlo, avanza por el camino cada vez más complicado. Es su primer contacto en este medio hostil. Se concentra en la conducción y sigue al pie de la letra mis indicaciones: “Baja velocidad”, “no tan brusco”, “no frenes”, “aprovecha los laterales sin hielo para que las ruedas agarren”, etc… Los leves deslizamientos en las placas de hielo se corrigen de forma adecuada y aprovechamos para hablar de las bondades del “bloqueo de diferencial” y forma de engranarlo. No piense el lector en sesudas y técnicas explicaciones sobre el bloqueo de diferencial pues yo de eso no tengo ni idea. Todo muy simple, básico y fundamentado en mi experiencia.
Descendemos de altura por lo que el camino vuelve a la normalidad durante unos kilómetros, pero no muchos. Pronto volvemos a tomar altura en un camino a media ladera y como era de esperar, los tramos complicados y resbaladizos por el hielo hacen de nuevo su aparición.
Retomo el control del Land Rover y, frente a un tramo helado de varios cientos de metros, de forma inexplicable me paro antes de afrontarlo y nos bajamos del vehículo para valorar la situación. Andando por los primeros metros del tramo helado, empiezo a preocuparme por si el camino comienza a empeorar, no quiero verme en problemas. Comparto mis dudas y preocupación con mi veterano copiloto, el cual, sin cortarse, muestra su sorpresa por mi indecisión y exceso de prudencia, me anima a continuar y promete máxima implicación en caso de que tengamos que desatascar el coche de la nieve. Pues sí que han cambiado los papeles, sí.
Sin más comentarios y con el ánimo muy reforzado, afrontamos este primer tramo y los siguientes aún en peor estado sin ningún problema. En las zonas más complicadas aprovecho para informar de mi conducción: “reduzco”, “evito el freno”, “aquí con suavidad”, “contra volante para corregir” y otras expresiones similares con alta carga didáctica.
Paramos a comer en un refugio arreglado recientemente, el cual, desde que lo descubrimos (hace muy poco tiempo), se está convirtiendo en punto de parada y refresco para nuestras aventuras en esta tan querida Sierra. Dado que el tiempo no acompaña y no hay necesidad de refugiarse, aprovechamos para montar nuestro pequeño campamento al sol y calentar con hornillo unas lentejas y albóndigas para recuperar fuerzas. Como si de una jornada laboral se tratara, tras la pausa para comer de una hora de duración, nos internamos de nuevo en lo más profundo de la Sierra para perfeccionar la técnica de conducción en situaciones medianamente complicadas.
Atrás quedan estos divertidos caminos entre pinos, hayas y robles, para iniciar la vuelta por carretera desde el Alto del Royo. Parada en Hinojosa de la Sierra a disfrutar del espectacular paisaje donde de nuevo cambiamos los puestos en el Land Rover, pudiendo el joven aprendiz disfrutar de los últimos 25 km de asfalto.
El domingo, para aliviar las tensiones vividas el día anterior, qué mejor forma de relajarse que en la ciudad de Almazán, en el tradicional restaurante Antonio donde puedes trasladarte a los años 70 del siglo pasado y degustar unas exquisitas pochas con sepia, sopa de pescado y un somarro al horno (solomillo de cerdo) que recomiendo a todo el mundo que lo pruebe al menos una vez en la vida. ¡Qué vueltas da el fin de semana! Ayer comimos al aire libre como supervivientes en una zona remota de la Sierra y hoy en uno de los mejores restaurantes de la provincia. Siempre digo lo mismo: lo importante es saber adaptarse a cualquier situación con dignidad.
No había acabado de escribir esta crónica y llega el siguiente fin de semana, 25 de febrero. El aventajado alumno lleva toda la semana presionando para volver a Soria el fin de semana y continuar con su aprendizaje. Además, como viene siendo habitual en la provincia por estas fechas, durante la semana ha nevado generosamente.
No me tienen que insistir mucho y a las 12 de la mañana del sábado ya estamos arrancando de nuevo el Land Rover. Visita a la gasolinera e inicio camino por la tan conocida Sierra de San Marcos. Son pistas para mi muy conocidas y divertidas, sobre todo cuando el terreno está mojado. Sorprende la poca nieve que queda y por tanto aumenta el barro, las zonas blandas y resbaladizas.
No hago ni 500 metros de pista y ya cedo los mandos a mi alumno, el cual pronto se da cuenta de lo distinto que es conducir por caminos embarrados y blandos, teniendo que poner en práctica de manera instintiva todos los conocimientos y consejos recibidos hasta el momento. No hay que relajarse y le animo para que, en algunos tramos del camino donde no hay riesgo de atascar o volcar si se nos va de las manos, pegue un fuerte volantazo para cruzar el coche y corregir la derrapada. La técnica del volantazo no la tiene muy asimilada, pero tampoco hace mucha falta pues el propio coche se desliza en ocasiones de forma natural y da lugar a comentar sobre la forma de actuar y corregir.
A pesar de que nos encontramos a un par de grados de temperatura, mi joven piloto suda como si fuera pleno verano y no concedo mucho tiempo en las paradas no vaya a ser que pierda el buen ritmo y la tensión que llevamos. Llega uno de los tramos más blando, embarrado y encharcado de la ruta y nos metemos de lleno sin dudarlo. Todo correcto hasta que a la mitad del tramo pido que se detenga para yo disfrutar también de la conducción, no lo puedo evitar. Una vez finalizado por mi parte, el alumno da la vuelta y realiza el tramo complicado en solitario y por dos veces dado que vuelve al punto de origen para continuar donde lo dejó. Parece que no está muy dispuesto a perderse estos cientos de metros resbaladizos y complicados. Yo me quedo en tierra seca y aprovecho para hacer video del Land Rover salpicando agua y escupiendo barro.
Sobre las 14,30 horas iniciamos la vuelta a casa donde yo me quedo a disfrutar del fresco y el novato, de forma inmediata y sin descanso alguno, se va de ruta en solitario y por carretera hasta Almazán para ir conociendo más aún el comportamiento de la máquina. Nada como la soledad en la conducción para entender lo que llevas entre manos. Al cabo de una hora larga, está de vuelta con cara muy satisfecha y de triunfo.
Qué idílico es compartir con tu descendencia aficiones, ¿verdad? Si eres pescador, ya desde la infancia le comprarás una caña y os iréis a cualquier río a pescar juntos el resto de vuestras vidas. Si te gusta pasear, le compras unas botas y a recorrer mundo. Eso sí, cada uno con su caña y sus botas. Todos tan felices. Lo peor de mi afición es que de momento me toca ir de copiloto una buena parte de la ruta. El siguiente paso será “las llaves del Land Rover están en su sitio, donde siempre.” O peor aún, “¿dónde están las llaves?” Pero eso, querido lector, ya será otra historia.
El 10 de agosto del año 1002 fallece Almanzor, el cual a mi parecer y como ya he indicado en alguna que otra ocasión, uno de mis personajes favoritos de la historia de España por su vinculación con tierras Sorianas y por ser el mejor, más audaz y temido general de Al Ándalus. Es el punto de inicio del declive de Al Ándalus.
Le sucede su hijo Abd al Malik (Amir al Muzaffar, “El Triunfador”) (1002 – 1008), al cual, el califa Hisham II, concede los mismos poderes absolutos que otorgó en su día a su padre. Durante los seis años que duró su mandato, mantuvo la misma línea de gobierno que su gran antecesor. Dirigió el pueblo y a la clase política con mano dura y mantuvo el constante acoso a los reinos cristianos contra los que llevó a cabo ocho mortíferos ataques siendo no obstante vencido en alguno de ellos.
Abd al Malik, desde muy joven, acompañó a su padre Almanzor en multitud de incursiones contra territorio cristiano y gozaba de una extraordinaria valentía y amplia experiencia en combate. Fallece el 20 de octubre del año 1008, a la edad de 33 años, consecuencia de una enfermedad. Siempre existirá la sospecha de haber sido envenenado por su hermano “Sanchuelo”, el cual le sucedió en el cargo de forma inmediata, al día siguiente de su fallecimiento.
Abderramán ibn Sanchul, conocido como “Sanchuelo”, hijo de Almanzor habido con una de sus mujeres, Abda, hija del rey Sancho Garcés II de Pamplona. El apodo de “Sanchuelo” le es dado por su gran parecido físico con su abuelo materno. Nada tuvo que ver este personaje ni con su padre ni con su hermano. Se dedicó fundamentalmente a disfrutar en palacio, junto al califa Hisham II, de los placeres de la vida, del vino y de las mujeres. Consiguió incluso que el Califa, que carecía de descendencia, le nombrara su heredero legítimo, lo cual no gustó a los otros pretendientes Omeyas, eliminando éstos el problema con su asesinato a los pocos meses de su mandato. Personaje mediocre, soberbio y de vida desordenada. Indigno sucesor de su padre. Subió al poder en octubre del año 1008 y fue decapitado por los rebeldes el 3 de marzo de 1009. Su cadáver fue embalsamado y crucificado en una de las Puertas de Córdoba.
Así, de esta forma tan rápida y sangrienta finaliza la estirpe en el poder del más temido general de todos los tiempos y comienza la rápida desintegración de Al Ándalus. La lucha por el poder es constante y al menos diez Califas son proclamados y depuestos en el periodo comprendido entre el año 1009 y 1031, fecha en la que se da por extinguido el Califato de Córdoba comenzando el periodo de los Reinos de Taifas.
Es el momento adecuado para que los reinos cristianos comiencen su hegemonía sobre la península y de esta situación sabe aprovecharse perfectamente Fernando I, Rey de León y último Conde de Castilla.
Fernando I, siendo consciente de la debilidad tanto económica como militar en la que han quedado los nuevos Reinos Islámicos, inicia una interesante estrategia político militar con el objetivo de desestabilizar a su enemigo y reconquistar territorio. Así, utilizando métodos tan básicos como la agresión militar directa o simplemente la amenaza, el Conde Castellano, a cambio del pago de cuantiosos tributos (llamados “parias”), lleva a cabo una política de pactos de no agresión y alianzas de protección militar con diferentes reinos musulmanes. De esta manera obtiene importantes beneficios económicos para financiar su ejército, rompe la estabilidad económica, social y política de sus enemigos, logra intervenir en sus asuntos internos y potencia los enfrentamientos entre los diversos reinos musulmanes. Su objetivo final, la reconquista del territorio con el menor enfrentamiento bélico posible y por tanto con el menor coste económico. En consecuencia, gran parte de las plazas fuertes que custodiaron la Estremadura Soriana como Gormaz y otras cercanas, son entregadas sin violencia a los cristianos en el año 1060.
Al morir Fernando I, su hijo Alfonso VI, Rey de Castilla, mantiene la misma estrategia aumentando la presión en el pago de las parias, la injerencia en los asuntos internos y desestabilizando a la sociedad y gobernantes islámicos hasta el punto más extremo. En el año 1085, la ciudad de Toledo, símbolo por excelencia del poder musulmán en la península, es tomada de forma definitiva por los cristianos.
La reconquista de Toledo supone un duro golpe para los Reinos de Taifas que sobreviven, los cuales se dirigen a los Almorávides solicitando ayuda militar para liberarse del yugo impuesto por Alfonso VI. En el año 1.094, un cronista de la época escribe sobre la pérdida de Toledo: “Andalusíes, arread vuestras monturas, el quedarse aquí es un error. Los vestidos suelen comenzar a deshilacharse por las puntas y veo que el vestido de la península se ha roto desde el principio por el centro”.
Los Almorávides eran una confederación de tribus nómadas bereberes, originarios de la zona más al sur del Sáhara y las vegas de los ríos Senegal y Níger. Gente del desierto dedicada al pastoreo y a la protección de las caravanas que cruzan su territorio. Fieros guerreros, islámicos extremistas y con una enorme capacidad militar. Les caracteriza sus turbantes azules y la cara oculta tras un velo, dejando únicamente a la vista sus ojos. Muchos de ellos son de raza negra. Conquistaron a sangre y fuego el norte de África entre los años 1055 y 1080 (Fueron los fundadores, en el año 1070, de la excepcional y tan especial ciudad de Marrakech).
Acudiendo a la llamada de auxilio de los Reinos andalusíes de Badajoz, Sevilla y Granada, en el año 1086 cruza el Estrecho un temible ejército Almorávide compuesto por unos 7.500 soldados sedientos de sangre y a los que se unen tropas de los Reinos auxiliados. Unos 30.000 efectivos en total. Alfonso VI, lejos de asustarse, reúne un ejército de unos 20.000 soldados curtidos en mil y una batallas. El 23 de octubre de 1086 se enfrentan ambos ejércitos en la llanura de Sagrajas (al nordeste de Badajoz), sufriendo los cristianos una contundente derrota.
El grueso de las tropas Almorávides abandona la península tras la victoria lograda, dado que el hijo y heredero del emir Almorávide fallece en el norte de África y es posible que haya motines y revueltas para ocupar el poder. Se mantiene en Al Ándalus un pequeño contingente de 3.000 soldados para contener cualquier agresión cristiana.
En el año 1088, de nuevo los Almorávides acuden a la península para enfrentarse al ejército de Alfonso VI el cual amenaza y ataca a los Reinos de Valencia y Murcia. En el mes de junio, los Almorávides sitian la ciudad de Aledo, donde se encontraba acantonado el ejército cristiano. No logran su objetivo y levantan el cerco impuesto a la ciudad tras más de cuatro meses. De nuevo los Almorávides se repliegan al norte de África.
En junio del año 1090 los Almorávides desembarcan de nuevo en Al Ándalus y con un objetivo muy claro y distinto de los anteriores: reducir y someter a los Reinos de Taifas y conquistar Al Ándalus. Entre los años 1090 y 1094 se hacen con el control de los Reinos de Granada, Sevilla, Almería y Badajoz. En el 1102 cae Valencia y en el 1110 Zaragoza. En 20 años, los Almorávides reunifican Al Ándalus y recuperan todo el territorio perdido al sur del Tajo. Toledo permanece en manos cristianas, pero el territorio reconquistado por Alfonso VI en la cuenca del Tajo y al sur de este río, se pierde. Durante este periodo, la actividad de reconquista por parte de los cristianos se paraliza drásticamente.
Desde tierras aragonesas, Alfonso I El Batallador, en el año 1118 conquista Zaragoza a los Almorávides, quedando así liberada definitivamente la parte oriental de la actual provincia de Soria. El aragonés, en el año 1119 funda la ciudad de Soria. Se pone así punto final a la dominación musulmana en los territorios que pertenecen en la actualidad a la provincia de Soria.
Por parte de los Castellanos, sobre el año 1133, ya reinando Alfonso VII y en un momento en que el imperio Almorávide comienza a dar signos de debilidad, se retoma con fuerza la actividad militar contra los musulmanes. La acción militar va acompañada de la misma estrategia política aplicada por sus antecesores, es decir, alianzas militares tanto con facciones Almorávides como andalusíes, fomentando además el enfrentamiento entre todas las partes implicadas. Castilla comienza de nuevo su actividad de reconquista del territorio y son muchos los Sorianos que nutren este ejército ahora victorioso.