Atalayas de la provincia de Soria

Atalaya, palabra de origen árabe que significa “centinela”, “vigía”.

Las Atalayas son pequeñas torres militares cuya función principal es la de defensa y vigilancia del territorio que las rodea y de eficaz medio de comunicación entre las grandes fortalezas.

Se trata de construcciones aisladas, situadas normalmente en puntos elevados del terreno y se encuentran visualmente conectadas entre todas ellas. Ocasionalmente, podemos encontrarlas también en zonas bajas, siendo en estos casos su función la de vigilar y proteger puntos de abastecimiento de agua, zonas de cultivo o el tránsito por los caminos.

Desde las Atalayas se observan y controlan los movimientos del enemigo, transmitiendo la correspondiente información a la siguiente atalaya mediante espejos o señales de humo durante el día y mediante hogueras o antorchas durante la noche. De Atalaya en Atalaya, el mensaje llegará finalmente a la fortaleza donde se encuentran acantonadas las tropas.

Así, la comunicación óptica entre las Atalayas y las grandes fortalezas es básica para el correcto funcionamiento del sistema defensivo de la frontera, el cual es complementado con unas buenas vías de comunicación terrestres para que las tropas puedan desplazarse con rapidez allá donde sea necesario. Estudios recientes aventuran un plazo de no más de 45 minutos en lo que tardaría en llegar un mensaje de alerta por incursión cristiana desde Gormaz hasta Medinaceli, siendo la distancia entre ambas fortalezas de 60 km. en línea recta. Recibido el mensaje en Medinaceli y posiblemente de forma simultánea también en Atienza, en cuestión de pocas horas podría haber, perfectamente equipados para un enfrentamiento, cientos de jinetes bereberes en la zona donde fueron avistadas las tropas cristianas.

Las Atalayas son torres de planta circular, de unos 10-12 metros de altura, 5 metros de diámetro y muros de metro y medio de grosor. Su interior es estrecho y se encuentra dividido en varios pisos, generalmente tres, más una terraza, separados por suelo de madera y comunicados por escaleras de mano. La planta baja era utilizada como almacén de víveres y armamento, los pisos superiores para estancia de los soldados y la terraza como observatorio. Normalmente carecen de aberturas o ventanucos, por lo que es fácil imaginarse el ambiente en su interior en permanente semioscuridad e incluso en completa oscuridad.

La puerta de acceso se encuentra a varios metros de altura y a la que se accede con una escalera de mano móvil que se retira desde el interior ante la presencia del enemigo.

Si tenemos en cuenta que las Atalayas se encuentran en lugares normalmente remotos y aislados y que su interior es estrecho y oscuro, es fácil imaginarse las duras condiciones de vida de la guarnición bereber destinada en la zona, compuesta normalmente por dos o tres hombres, tanto en las rutinarias tareas de vigilancia como cuando fuera necesario refugiarse en la misma hasta que llegaran las tropas de auxilio. El viajero podrá hacerse una ligera idea de ello en cuanto pase un rato por los alrededores de cualquier Atalaya disfrutando del entorno, lo cual recomiendo en todas y cada una de las que se visite.

A continuación, menciono algunas de las Atalayas situadas en la actual provincia de Soria, todas ellas de los siglos IX-X y situadas en el territorio de lo que fue frontera entre musulmanes y cristianos durante varios siglos, el eje defensivo Medinaceli / Almazán / Gormaz / Atienza. Hay muchas más. Todas ellas espectaculares y situadas en lugares privilegiados. Te animo a que organices alguna ruta para visitar algunas de ellas, donde te sorprenderá el paraje y la multitud de tesoros que existen por la zona y que no son mencionados en este artículo.

Atalaya de la Veruela (Caltojar)

Perfectamente restaurada. Fácil acceso a su interior. Enfrente se divisa la Atalaya de Ojaraca. Controla el Valle del Río Torete

Atalaya Ojaraca (Caltojar)

Ruina Parcial. Vistas espectaculares. Controla el Valle del Río Torete. Para localizarla tendrás que navegar y tener cuidado con los bajos y ruedas de tu Todo Terreno pues el acceso es muy muy duro. Por supuesto puedes acceder a pie o en esos artefactos tan de moda ahora y que llaman bicicletas de montaña.

Torre Melero (Riba de Escalote)

Parcialmente destruida, pero sus ruinas están asentadas y es accesible. El sitio es precioso y desde ella podrás comunicar con la Atalaya de El Tiñón y dar aviso en caso de que localices al enemigo.

Atalaya El Tiñón (Rello)

A mi parecer, la joya de la corona. Con forma troncocónica. Restaurada y accesible. Vistas espectaculares. Cuentan las crónicas que fue en este punto exacto donde falleció Almanzor, siendo desde aquí trasladado su cadáver hasta Medinaceli. Desde este punto se divisa el pueblo de Rello y la Atalaya Torre Melero. Dedica tiempo a este lugar, es mágico.

Atalayas en Osma

Uxama: En lo alto del cerro de Uxama, vigilando el cañón del río Ucero, se levanta esta magnífica Atalaya construida sobre una construcción previa de época romana. Muy bien conservada y con fácil acceso a su interior. Desde ella se divisan varias Atalayas: la de Burgo de Osma, Quintanilla Tres Barrios, así como los Castillos de Osma y Gormaz. Los musulmanes la edificaron para controlar los movimientos de los cristianos en el castillo de Osma.

Aprovecha esta visita para dar una vuelta por la ciudad Celtíbero-Romana de Uxama. Si bien dicen que hay más de 100 hectáreas de terreno donde se asentaba la ciudad, las excavaciones son escasas pero muy llamativas. El resto se encuentra sin excavar, con muchísimas piedras sueltas y restos de ladrillo. Se puede apreciar a simple vista lo que debe haber oculto bajo tierra, pues se ve perfectamente el trazado de muros, restos de murallas y alguna que otra casa. Recorre el lugar, disfruta del paisaje y elige el personaje que quieres interpretar. Un Celta, un Romano, un Visigodo ¿o quizás un bereber?

Valdenarro (Burgo de Osma Este)

Está en estado de ruina progresiva y en un alto muy cerca del Burgo donde han instalado modernas antenas de telecomunicaciones. La solución es dejar las antenas a tus espaldas y disfrutar del paraje.

Atalaya La Olmeda

Rehabilitada. Situada en medio de un bosque de enebros lo cual hace más complicada su localización, pero merece la pena ponerse a prueba para llegar hasta ella. Situada a medio camino entre el Castillo de Gormaz y el de Osma. Disfruta de la soledad que se respira en ese lugar.

Atalaya en Quintanilla Tres Barrios

Totalmente rehabilitada y de fácil acceso hasta la terraza desde donde hay unas espectaculares vistas. Se ve perfectamente el Castillo de Gormaz y las Atalayas del Burgo de Osma. Desde este lugar se aprecia muy bien el sistema defensivo construido por los árabes y el dominio que ejercía sobre este territorio la fortaleza de Gormaz.

Atalaya Anjara (Ontalvilla de Almazán)

Situada en un bonito lugar, en un llano en medio de enormes campos de labor y no demasiado lejos de la Autovía que comunica Soria y Madrid. Se caracteriza por tener vanos por donde entra la luz en todas sus plantas. Junto a la torre se aprecia una excavación que pudiera ser un aljibe.

Atalaya Torrejalba (Almarail)

Impresionante el lugar donde está ubicada. Vigila las aguas del Duero y sirve de enlace entre la Tierra de Almazán, la Tierra de Gómara y el valle del río Rituerto, territorios estos con numerosa población musulmana en tiempos pasados. Las vistas a ambas llanuras y al sistema ibérico son espectaculares, de los mejores de la provincia sin duda alguna. Dedica un buen rato y podrás apreciar el control sobre el terreno que tenían las tropas bereberes, de la función primordial de comunicación de estas edificaciones y el poco tiempo en que podría llegar un mensaje de ataque cristiano por ejemplo entre Medinaceli y cualquier punto remoto del valle Rituerto. ¡Desde esta atalaya se controla gran parte de la provincia de Soria!

En esta atalaya, se ha conservado una viga de madera original fechada entre los años 950 y 1032 tras realizar las oportunas pruebas con Carbono 14.

Atalaya en Torluenga.

Curiosa Atalaya de unos seis metros de altura, muy aislada, rodeada de tierras de labor y cristianizada parcialmente en el siglo XVIII, abriendo en su base un nuevo acceso para instalar un oratorio o capilla la cual se conserva, de momento, en buen estado. En este lugar, junto a la Atalaya, en el año 1.142, por orden y deseo del Rey Alfonso VII de Castilla y en cumplimiento de un voto profesado si conseguía reconquistar a los musulmanes la ciudad de Coria (Extremadura), se instalaron doce monjes cistercienses franceses fundando así el Monasterio de Santa María de Cántabos del cual, a fecha actual, no queda resto alguno. Estos monjes, tras permanecer en este lugar durante unos 20 años, lo abandonaron debido a la escasez de agua, fundando definitivamente un nuevo Monasterio del cual podemos disfrutar hoy en día en el cercano pueblo de Santa María de Huerta.

Atalaya de Montejo de Tiermes.

Situada en pleno casco urbano y adosada a una de las casas del pueblo. Se encuentra cubierta con un original tejadillo.

Atalaya de Liceras.

Situada en el casco urbano y muy bien restaurada. Accesible mediante cómodas escaleras de caracol. Desde su terraza hay buenas vistas del pueblo entero. Esta atalaya controlaba la ruta que unía Uxama y Ayllón.

Atalaya de Mosarejos.

Reconvertida en palomar por lo que no puede apreciarse la construcción original. Pero ahí sigue.

Atalaya de Nograles

Como la anterior, reconvertida en palomar pero ha sido restaurada recientemente.

La ilusión perdida. 28 horas de aventura.

La preparación de un viaje de 10 días al Sáhara marroquí tiene su aquel. El pasado 24 de mayo tomamos la decisión de disfrutar de un nuevo viaje a estas tierras y fijamos como fechas las del 6 al 15 de octubre. Por delante tenemos cuatro meses y medio para preparar el coche e ir pensando en todo lo que hay que llevarse.

Se inicia así un periodo en el que el viaje está permanente en tu cabeza y comienzas a hacer listas de todo lo necesario e imprescindible. Listas siempre abiertas y ampliadas de forma continua hasta que finalmente van tomando un contenido más definido. Lo más importante, la revisión del vehículo, aceites y diversos líquidos por si hay pérdidas, verificación de pasaportes, carta verde el seguro, documentación con datos personales y del vehículo para entregarlos en los diferentes puntos de control militares con los que podamos encontrarnos, obtener la moneda local, contratación de datos móviles para estar en contacto con la familia y amigos y un largo etcétera al que hay que añadir la comida, bebida, menaje, aseo, botiquín, material de acampada……..

Este viaje es especial pues desde el comienzo se determina que seremos cien por cien autónomos y prescindiremos de noches de hotel salvo fuerza mayor. No puede faltar de nada y debemos estar preparados para cualquier contingencia que pueda ocurrir a mil kilómetros de la frontera en algún punto remoto y aislado del desierto.

Cada vez que visitas un supermercado o tiendas de cualquier género, viene a la mente el viaje y vas haciéndote poco a poco con todo lo necesario para la aventura. Además, siempre aprovechas la situación para introducir alguna mejora en el coche o para adquirir algún artículo que siempre has pensado que vendría bien para las rutas. Nuevas cinchas para anclar el equipaje, cargadores con USB y enchufe tradicional, nuevo bidón de agua para aumentar la capacidad de almacenaje, etc…

Organizar los menús requiere también de tiempo y dedicación, sin duda alguna. Por supuesto prevalece la comida ya preparada o enlatada, pero se intenta llevar, dentro de lo posible, una dieta relativamente equilibrada. Carne, verduras, pasta, arroces, patés, atún (que no falte) e importante, sardinas, que dan mucha fuerza y energía. El agua potable que no falte, teniendo capacidad para transportar 70 litros. También los zumos son importantes para evitar deshidratación y recibir una dosis de glucosa. Y sí, también cerveza, toda la que se pueda, pues es increíble la sensación de degustar una de ellas, o varias, muy fría y tras un día entero de pistas por el desierto. Además, y puede que extrañe a alguien, es moneda de cambio. Una buena nevera instalada en el vehículo siempre ayudará a poder darte estos caprichos con temperaturas superiores a los 45 grados.

Como hemos decidido prescindir de hoteles, siempre lo hacemos, el material de acampada es un aspecto para tener muy en cuenta. Tomamos la decisión de dormir al raso siempre que el tiempo lo permita, por lo que mi copiloto, hoy convertido en piloto, necesita una cama plegable y algo de ropa ligera para soportar los calores extremos. En cualquier caso, la tienda de campaña siempre a mano por si llueve, sopla un viento infernal o te pilla alguna tormenta de arena.

Equipaje

Con el coche cargado hasta los topes, mi hijo y yo iniciamos el viaje de nuestra vida el jueves 5 de octubre a las 13.45 horas. La actitud mental, aunque puede que a alguno parezca una tontería, es muy importante. Debemos tener muy claro que vendrán complicaciones, momentos duros e incómodos, pero tendremos que adaptarnos, mantener siempre la calma y afrontarlos con buen ánimo, pues son elementos del viaje que siempre están presentes, aparecen con frecuencia y muchas veces sin previo aviso.

Tras el habitual y desagradable atasco de la M-30 y primeros kilómetros de la nacional IV, por fin cogemos ritmo en la marcha y adoptamos una velocidad de entre 100 y 110 km/hora con la cual el Land Rover responde a la perfección. A las 16 horas paramos a tomar un bocadillo en un bar de carretera cerca de Valdepeñas y continuamos marcha relajados y con muy buen espíritu. Nos adelanta una numerosa caravana de 4×4 de nuestros hermanos portugueses lo cual siempre gusta y anima aún más si cabe nuestro espíritu aventurero y las ganas de embarcar con destino al desierto.

A los 300 km de nuestra salida comienza un ruido sospechoso en el tren delantero que dura muy pocos segundos, pero que nos obliga a parar y revisar los bajos del coche sin que detectemos nada raro. Continuamos la marcha sin mayores contratiempos y en el Km. 390 cedo el pilotaje a mi hijo para que vaya cogiendo el sentir del coche pues hace algunas semanas que no lo hemos utilizado. Estos coches, cuanto más los conduces, más sencillos y suaves son de manejar.

Primeros síntomas

Si bien comienza a anochecer, continuamos la marcha pues nos proponemos hacer noche en la localidad de Tabernas y así poder darnos una vuelta por este desierto en las primeras horas del día siguiente. Pero el coche vuelve a hacer ese ruido sospechoso e incluso suena en el interior un leve golpe seco y realmente preocupante. Nueva parada, pero no se ve nada raro y el coche sigue rodando bien.  

Reducimos la marcha con gran preocupación y llegamos a la localidad de Tabernas sobre las 21,15 horas. Ya es noche cerrada. Localizamos por internet un par de hostales y nos acercamos a ellos a ver si hay habitaciones. Aparcamos en una céntrica calle donde hay algo de movimiento de chicos jóvenes, africanos y donde flota en el ambiente un dulce y penetrante olor a María, lo cual nos pone en alerta en lo que se refiere a la seguridad de nuestro vehículo cargado hasta los topes.

El tipo del hostal, mayor y con pinta de rufián pesetero, nos dice que no tiene habitaciones libres, pero nos ofrece un piso que él tiene y donde podríamos pasar la noche. La verdad que la propuesta y la forma de realizarla no nos da mucha confianza, pero aún así, le preguntamos si hay parking donde dejar el coche. Al parecer no hay parking en el pueblo y nos recomienda que lo aparquemos en la plaza del Ayuntamiento donde hay cámaras de seguridad. Nos debe ver cara de subnormales y nos comenta que incluso donde tenemos el coche aparcado a escasos metros del hostal también hay cámaras… En ese instante, pasa por la calle un nuevo grupo de jóvenes que no nos dan mucha confianza, al menos en lo que a su aspecto se refiere.

Desistimos del ofrecimiento del rufián y nos retiramos a las afueras del pueblo para intentar buscar algún sitio donde dormir. El tiempo ya corre en nuestra contra. A través del Google maps intentamos localizar sitios cercanos como casas rurales, albergues, apartamentos turísticos ya más aislados del pueblo y con parking en la puerta para nuestro coche. Llamada tras llamada a teléfonos donde la atención deja mucho que desear e incluso con la sensación de que todo ello era la misma empresa, se nos informa que está todo completo.

Ya sabemos todos que Tabernas es un pueblo turístico que vive de los espectáculos de indios y vaqueros. Pero de ahí a que un jueves por la noche no haya ninguna habitación disponible en el propio pueblo ni en 20 km. a la redonda es difícil de entender y asumir.

Llegando a Tabernas

No acabamos de creernos que esa actitud mental positiva que he comentado al principio de esta crónica, ya tendríamos que ponerla en práctica en la primera noche fuera de casa y en nuestra propia nación. Optamos por salir de nuevo a la autovía y parar en el primer hostal de carretera que apareciera. Alguno habrá en los 30 kilómetros que quedan hasta la ciudad de Almería. Me viene a la cabeza las muestras de sorpresa que mostraron amigos y conocidos cuando les comentaba que nos íbamos de viaje sin ningún tipo de reserva. Pues sí, esto es así, pero tan pronto y en la pequeña localidad de Tabernas no me lo esperaba.

Arrancamos de nuevo y todo el tren delantero del Land Rover es una caja de ruidos. Parece que la parada de más de una hora en este pueblo hostil no le ha sentado nada bien. Nueva revisión de bajos para intentar detectar algo raro, pero a primera vista nada se ve. Se mueve ligeramente la barra de suspensión de la dirección, pero tras consultarlo con los expertos no es un problema grave.

Con más precaución que nunca iniciamos la vuelta a la autovía y ningún hostal a la vista. A 5 kilómetros de la ciudad de Almería, suena un golpe seco, muy fuerte y preocupante por toda la parte baja del coche, algo parecido a una explosión. Con bastante susto y preocupación paramos de inmediato en un arcén bastante inseguro y tomo los mandos por si el coche comenzara a quedarse sin dirección o sin frenos o si explotara de repente. En el momento del ruido fuerte conducía mi hijo y vaya susto que se llevó, creo que más que yo, pues esos golpetazos se transmiten a través del volante, caja de cambios, pedales, etc… Revisando los bajos se aprecia bastante aceite por la zona de la caja de cambios y otras zonas vitales de nuestro Land Rover.

La entrada en Almería es como la de un soldado herido que viene directamente del campo de batalla. Todo son ruidos chirriantes durante el rodaje del coche, da la sensación de que vibra la caja de cambios, la transmisión y el ruido del motor ha cambiado ligeramente. Es en este momento cuando somos conscientes de que nuestro viaje ha finalizado y es momento de mantener la calma y saber afrontar esta situación tan dura y complicada.

Aparcamos el coche en un parking y reservamos a las 23.30 horas una habitación en el modesto hotel La Perla, en pleno centro de Almería.

Un funesto silencio se apodera de nosotros pues no nos podemos creer que el viaje se ha acabado. Ha finalizado antes de que comenzara, es algo increíble. Es el momento de mantener el tipo, intentar ser positivos y asumir que hasta aquí hemos llegado. Intentamos darnos ánimos entre nosotros. Era algo que podía ocurrir y desgraciadamente ha ocurrido.

No hay forma de encontrar a medianoche ningún sitio donde comer en Almería, por lo que nos sentamos en el único chiringuito abierto, muy cerca del hotel, donde nos tomamos unos tercios de cerveza e intentamos digerir nuestra triste situación. La terraza está a rebosar de gente joven y me llama la atención una pegatina en todas las mesas donde se indica que está prohibido fumar, que no hay WC y que no se puede pagar con tarjeta, sólo en efectivo. La pegatina me asquea profundamente, no lo puedo evitar.

Desde la terraza donde nos hemos instalado vemos un local abierto, algo parecido a una tienda de comestibles y allí nos dirigimos a comprar algún sándwich o algo parecido. Se trata de una tienda similar a un “chino” de Madrid, pero atendido por españoles, abierto 24 horas y donde podemos tomar en una pequeña barra dos enormes raciones caseras de lomo con roquefort y lomo a las finas hierbas que por su abundancia son difíciles de terminar. Lo redondeamos con un enorme y sabroso panini y un par de bebidas, todo a un precio que daban ganas de pagar el doble al chico que iba a estar de servicio la noche entera.

Sobre la una de la mañana nos acomodamos en nuestro hotel donde cuesta conciliar el sueño por toda la experiencia vivida en este largo día.

Fieles a nuestra cita con el resto de los miembros de esta expedición, acudimos a las 10 horas al puerto de Almería con un renqueante, tembloroso y ruidoso Land Rover. Breve encuentro de varios minutos, pues deben comprar aún los billetes de embarque, palabras de ánimo y un fraternal abrazo para desearles un buen viaje. Un nudo en la garganta me ahoga. Vaya situación complicada. No nos lo acabamos de creer. El ferry está a escasos metros y nosotros nos quedamos en tierra. Estos viajes son así.

Llamada al taller de Soria para informar que recibirá el Land Rover en unos días y posterior llamada al seguro para recibir la asistencia típica en estas situaciones. El taxi y la grúa no tardan en llegar, pero con tiempo suficiente para vaciar la mayor parte de nuestras pertenencias pues el seguro nos indica que ponen a nuestra disposición un coche de alquiler. Se quedan en el Land Rover la nevera lleva de bebidas, los 70 litros de agua y el material de acampada. Finalmente, en Almería no hay coches de alquiler disponibles y el taxi que nos ha venido a recoger al puerto nos lleva a Madrid donde llegamos a las 17.30 horas. Pedro, el taxista, es un tipo bastante amable, madrileño de nacimiento, muy profesional y creo que era unos de los capos del mundo del taxi almeriense por la infinidad de llamadas y distribución de los servicios de recogida que realizó durante el viaje.

Durante el viaje en taxi a Madrid, he recibido infinidad de mensajes y llamadas de amigos y familiares para apoyarme en momentos tan delicados. Todos ellos habían sido informados previamente de la situación a través de las redes sociales pues eran conocedores de esta aventura y de nuestra ilusión por ella. Casi todos, por no decir todos, sois lectores de mis crónicas en esta página, por lo que aprovecho para agradeceros las llamadas de apoyo y llenas de cariño que me habéis realizado. De verdad, mil gracias.

Puerto de Almería

Escribo estas líneas dentro de las 24 horas siguientes a nuestro regreso a casa. Estoy desolado, frustrado. Tengo una sensación de profunda derrota y no acabo de adaptarme a la vida normal, me encuentro totalmente desubicado. A mi hijo le pasa lo mismo. Menos mal que es fin de semana y disponemos de dos días de duelo antes de incorporarnos a nuestra vida anterior. Estos viajes es lo que tienen. En cuestión de minutos pueden estropearse y así ha sido. Unas veces la causa es la mecánica y otras el “bicho marroquí”, otro de los grandes fantasmas de estas aventuras. Es importante saber desde el primer momento en el que inicias el viaje, que, de forma inesperada, puede ocurrir cualquier cosa que lo frustre. Además, debo sentirme afortunado, pues una avería de este estilo en pleno desierto sí puede convertirse en un grave problema de supervivencia personal y de alto riesgo para el vehículo. En cualquier caso, también íbamos preparados para ello.

Pero amigos, me aplico mi propia medicina y ya estoy pensando en mi próximo viaje a Marruecos que, con total seguridad, dará para otras muchas historias.

JAIME IV. REY DE MALLORCA

Leyendo e investigando sobre la historia de la villa de Almazán, uno de los mayores y prósperos pueblos de la actual provincia de Soria, aparece la figura de Jaime IV, rey de Mallorca, el cual, al parecer, falleció en este lugar en el mes de febrero del año 1.375.

Sorprendido por la muerte de un monarca de tan lejanas tierras en esta villa, hoy en día situada en el epicentro de la zona más despoblada de España, desvío hacia su figura mis lecturas y estudios para centrarme en este personaje y su relación con Soria, que para mí eran totalmente desconocidos. Conozcamos un poco su historia y su relación con la provincia de Soria:

Jaime IV nació en Perpiñán el 24 de agosto de 1.336, hijo de Jaime III rey de Mallorca, bisnieto ni más ni menos que del mismísimo Jaime I el Conquistador, rey de Aragón, Valencia y Mallorca. Fue “El Conquistador” quien arrebató Mallorca a los musulmanes en el año 1.231 adquiriendo así el dominio sobre las islas.

A su fallecimiento en el año 1.276, Jaime I cometió uno de los errores más comunes de los reyes medievales, dividiendo el reino entre sus descendientes, correspondiendo Mallorca a su hijo Jaime II, al que acabó sucediendo finalmente Jaime III, padre de nuestro protagonista. El reino de Aragón fue adjudicado a su otro hijo, Pedro III.

Como es habitual en estos casos, el conflicto entre ambas casas reales está servido, siendo desde los inicios el reino de Mallorca objetivo codiciado por la Corona de Aragón. De hecho, el reino de Mallorca ya nace siendo vasallo del aragonés.

En el año 1343, el rey aragonés Pedro IV invade Mallorca y Jaime III, en un intento de recuperar su reino, en el año 1.349 presenta batalla en la localidad de Lluchmayor, perdiendo el mallorquín la cabeza en el intento y quedando incorporadas las Islas baleares a la Corona de Aragón de forma definitiva.

Y es en esta batalla cuando aparece nuestro protagonista Jaime IV, participando activamente en la misma junto a su padre con la tierna edad de 12 años, siendo testigo directo de la decapitación de su progenitor y resultando él mismo herido de gravedad y hecho prisionero por los vencedores. Sufrió 13 años de presidio donde fue sometido a todo tipo de humillaciones.  Fue encarcelado junto a su madre y hermana en el castillo de Bellver de Mallorca, posteriormente en el de Xátiva y finalmente fue trasladado al Castell Nou de Barcelona. Su madre y hermana fueron recluidas en un convento.

Durante su presidio en Barcelona, el rey de Aragón, Pedro IV, estableció para este preso tan especial una compleja normativa de custodia: Su vigilancia se encargó a cuatro hombres, en turnos rotatorios de una semana, únicamente podría recibir visitas de familiares, no podía escribir cartas y la correspondencia que recibiera sería intervenida. Durante el día permanecería en todo momento en el interior del castillo y por las noches era introducido en una jaula suspendida a varios metros del suelo y en la que no podía ni siquiera tumbarse.

Debido a la rotación de los turnos de sus carceleros, se filtró en la sociedad las duras condiciones a las que era sometido el monarca, provocando que un grupo de seguidores de su causa, compuesto fundamentalmente por clérigos y caballeros, en la madrugada del 2 de mayo del año 1.362, tras sobornar a la guardia y acuchillar a su carcelero, lo rescatara y  librara definitivamente de la tortura y aislamiento al que estaba sometido.

Palacio de Los Mendoza. Alojamiento de Jaime IV durante su estancia en Almazán

Nuestro amigo se refugia en Nápoles donde contrae matrimonio en mayo del año 1.363 con Juana I, reina de Nápoles, convirtiéndose así en consorte de la reina y obteniendo únicamente el título de duque de Calabria. Tras tres años de matrimonio (1.366) y viendo la imposibilidad de obtener poder político para continuar su causa, de mutuo acuerdo se separan, trasladándose Jaime IV a Francia donde intenta obtener, sin éxito alguno, apoyo para recuperar el trono de Mallorca.  

No ceja nuestro protagonista en la búsqueda de seguidores y en el año 1.367 inicia contactos con los ingleses liderados por el llamado Príncipe Negro (hijo del rey Eduardo III de Inglaterra), el cual apoyaba a Pedro el Cruel en la primera guerra civil castellana contra Enrique de Trastámara. Así, al mando de una compañía inglesa que le es cedida, interviene en la batalla de Nájera (3 de abril de 1367) donde es apresado por las tropas del Trastámara siendo liberado tres años después (1.369) gracias a la intervención de Juana I de Nápoles, la que fue en su día su mujer y que prometió apoyarle siempre que lo necesitara.

En 1374, de nuevo con la ayuda económica de su mujer napolitana y de su hermana (había quedado viuda recientemente), nuestro amigo Jaime IV, penetra en Cataluña con un ejército mercenario de 6.000 hombres, dispuesto a plantar batalla al rey aragonés y recuperar definitivamente el trono de Mallorca. Tras un año de saqueos por tierras catalanas, pero sin obtener los resultados previstos, en enero del año 1375 se repliega a Castilla, en concreto a la villa de Almazán donde es recibido con honores por parte del infante D. Juan, futuro Juan I rey de Castilla, falleciendo en territorio soriano en el mes de febrero del mismo año. La causa de su muerte aún no está clara, indicando algunos autores que falleció por las heridas recibidas en combate y otros por envenenamiento ordenado por los aragoneses.

Su cuerpo fue enterrado con los honores propios de un rey en el Convento de San Francisco, en Soria capital (fundado por el propio San Francisco de Asís en el año 1.214) . En este mismo convento, tres meses después, el infante D. Juan contrae matrimonio con Dña. Leonor de Aragón, hija de Pedro IV de Aragón, el mayor enemigo del protagonista de esta historia.

Ruinas Convento S, Francisco
Ruinas Convento S, Francisco

Así finaliza la vida de un rey, un verdadero rey que nunca tuvo reino y que dedicó su vida a intentar recuperar lo que fue arrebatado a su familia a sangre y fuego. Nunca más su estirpe (su hermana y los hijos de ésta) volvieron a luchar por recuperar el reino que les era legítimo.

En el año 2008 se llevaron a cabo trabajos arqueológicos en la actual iglesia de San Francisco de Soria, la cual conserva en su parte posterior las ruinas donde se encontraba el convento medieval, no obteniendo hasta el momento resultado alguno. Pero eso ya, amigos, cuando el presupuesto y las autoridades lo permitan, seguro que dará lugar a nuevas búsquedas y como no, para muchas otras historias.

Ruinas Convento S, Francisco

ATRAPADOS EN EL CANAL DU MIDI. AGOSTO 2023.

Entre los días 18 y 26 de agosto de 2023, en plena ola de calor de una intensidad jamás registrada, con temperaturas diurnas de 42 grados y mínimas nocturnas de 23 y 25 grados, iniciamos nuestro viaje a Francia para disfrutar de una tranquila travesía de 80 km. por el Canal Du Midi entre las localidades de Castelnaudary y Carcassone.

De camino hacia el punto de inicio de esta aventura, hicimos parada con noche incluida en la bonita ciudad de Pau, la cual recorrimos de punta a punta y disfrutamos de una espléndida vista de los Pirineos que se encuentran a tan solo 50 km. de distancia. Esta ciudad y el territorio que la rodea, debido a diversas uniones dinásticas, perteneció al Reino de Navarra en el siglo XV, convirtiéndose en capital de dicho reino a partir del 1512 cuando Fernando el Católico ocupa el reino de Navarra situado al sur de los Pirineos. Es en este momento cuando el rey de Navarra Enrique II instala su Corte en esta ciudad y donde su nieto Enrique III de Navarra, acaba convirtiéndose ni más ni menos que en rey de Francia como Enrique IV. La referencia a esta estirpe de reyes de origen navarro es constante por las calles de la ciudad.

En esta ciudad abundan las iglesias que daban cobijo a los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela y cuyas plantas actuales pertenecen en su mayoría al siglo XIX, fruto de continuas remodelaciones a lo largo de los siglos. La joya de la ciudad es el castillo, que data del siglo XII, si bien sufrió una seria remodelación en el siglo XIV. Los reyes navarros se instalaron en este castillo y aquí nació el mencionado rey de Francia Enrique IV.

Llama la atención que en cualquier ciudad de Francia existe un monumento a los caídos en las múltiples guerras en las que se ha visto inmersa esta nación y en Pau concretamente, se recuerda a los soldados caídos en las dos guerras mundiales, la guerra de Marruecos, Argelia y Túnez. En este monumento, sorprendentemente, hay una placa especial dedicada a los españoles muertos y que defendieron la causa francesa en estas guerras. Ya que hablamos de guerras, no puedo dejar de comentar que, además de estos bélicos y pétreos monumentos, en la actualidad es habitual ver soldados franceses patrullando las calles, armados hasta los dientes y en formación propia de vigilancia y control de una ciudad destruida por la guerra. Da algo de miedo la verdad.

Tras degustar la débil e insulsa cerveza francesa y cenar una generosa hamburguesa, nos retiramos a nuestro modesto hotel situado en pleno centro, para recuperar la energía gastada en este primer día de insoportable calor.

A la mañana siguiente, buen desayuno a base de café, zumo y cruasán, antes de retomar camino hacia Castelnaudary donde a las 14 horas tomamos posesión de nuestro barco de la más alta gama y con el que recorreremos parte del Canal Du Midi durante siete días.

Para situarnos, el Canal Du Midi es un canal artificial y navegable que conecta el Atlántico con el Mediterráneo, evitando así el paso de mercancías por el Estrecho de Gibraltar. Fue construido entre los años 1.666 y 1.681 y en el que participaron 12.000 obreros. Tiene una longitud de 241 km, una anchura de 20 metros  y una profundidad media de 2 metros. En cuatro días, pasajeros, mercancías y correos podían ser transportados de una punta a otra, siendo las embarcaciones de transporte tiradas por caballos a través de los caminos habilitados de forma paralela al Canal. Consta de un total de 63 esclusas para hacer frente a los desniveles del terreno. Para entenderlo, el sistema de esclusas es idéntico al más famoso de los canales, el Canal de Panamá.

Bajo un calor sofocante nos instalamos en nuestro bote de 15 metros de eslora, los capitanes asignados reciben una breve clase de formación sobre su manejo y nos disponemos a pasar la tarde en el pueblo de Castelnaudary donde casualmente celebran fiestas por ser las jornadas del Cassoulet (guiso de alubias y carne de pato o cerdo). El pueblo rebosa vida, miles de personas en las calles, puestos de cerveza y comida en las calles, música en directo… y todo vigilado por patrullas del ejército en permanente movimiento, alerta y listos para intervenir en cualquier momento. Damos rienda suelta a la alegría típica de los momentos previos al inicio de un gran viaje…

De vuelta al muelle donde se encuentra nuestro barco, nos damos cuenta de que el aire acondicionado no funciona correctamente y los técnicos se afanan por arreglar el problema. Cae la noche y el problema sigue sin resolverse y nos facilitan un aparato de aire portátil para no morir de calor.

A la mañana siguiente deberíamos comenzar nuestro recorrido, pero no es posible pues los que dicen ser técnicos siguen buscando la avería del aire acondicionado. Aprovechamos esta incidencia para volver al pueblo para comprar pan y exquisitos quesos en los puestos de la calle. Qué voy a decir de los quesos franceses, simplemente son una delicia y cuanto peor huelen mejor saben. Compramos 6 kilos de Cassoulet enlatados que finalmente viajaron a Madrid pues, pensando en su posterior digestión, fue imposible su degustación en el viaje por causa del sofocante clima.

El aire acondicionado sigue sin funcionar con normalidad a pesar de tener a tres inútiles técnicos metidos en el barco revisando el sistema. Al parecer solo funciona de forma parcial, de tal forma que hay camarotes que no tienen aire. Nos ofrecen cambiarnos a otro barco de igual calidad, pero al revisarlo los técnicos, se dan cuenta de que tiene el mismo problema con el aire acondicionado. Esto ya nos mosquea porque queda claro que estos francesitos no revisan los barcos antes de entregarlos al cliente, lo cual unido al olor vomitivo de los baños del muelle, nos sitúa en la realidad que nos rodea y desvela la calidad del servicio contratado.

En cualquier caso, con el aire acondicionado a medias y con varias horas de retraso, por fin zarpamos con alegría y la moral muy alta para enfrentarnos a las primeras esclusas donde a la dificultad de enhebrar el barco para situarlo correctamente hay que añadir el trabajo de amarrarlo para evitar golpes y movimientos no deseados.  

Plácida y divertida navegación a más de 40 grados en el exterior, con un sol de justicia y un interior del cascarón de al menos 50 grados con elevado porcentaje de humedad, son las primeras notas que nos iban a perseguir durante el resto de nuestra travesía.

Las cocineras en el abrasador interior del cascarón cocinando para diez personas, paradas a comer cobijados en la sombra de enormes árboles que bordean el canal, saludos con otros aventureros embarcados y de todas las nacionalidades, saludos con infinidad de ciclistas que pedalean por el camino lateral del canal, paradas recomendadas donde desplazarse al pueblo andando es tarea de titanes debido a las altísimas temperaturas, desaparición prematura de las reservas de cerveza española, consumo excesivo de agua potable dado la permanente y sorprendente sudoración en la que nos encontramos, son sólo algunas de las anécdotas del viaje, pues el destino nos tenía preparada alguna que otra sorpresa añadida.

Noches amarrados en la salvaje orilla del canal sin servicio de luz ni agua, noches en los muelles de Bram y Carcassone con dichos servicios, noches en las que los mosquitos celebran una fiesta previa al festín cuando ven llegar el barco con diez personas totalmente sudadas, noches de cenas romanas en familia con ambiente muy divertido, noches en las que el mediocre aire acondicionado refresca y permite dormir con unos ventiladores que los técnicos farsantes ponen a nuestra disposición para reírse de nosotros, noches con sus días de calor africanos que convierten este viaje en un viaje aventura poniendo a prueba la capacidad de resistencia personal de cada uno de los diez viajeros.

Y más supervivencia cuando la nevera del cascarón comienza a fallar, llegando a apagarse totalmente en varias ocasiones pues el sistema eléctrico (el alternador) del barco definitivamente tampoco funciona. Y aún así, supimos sobrellevarlo con ilusión y alegría, logrando sobrevivir a base de humor pensando por dónde íbamos a meterle el barco, la nevera y, se me olvidaba, la barbacoa y el internet que tampoco funcionan, a los simpáticos francesitos que muy uniformados y sonrientes nos dieron la bienvenida hace ya varios días.

Y estas condiciones curten. Y curten mucho. Te acostumbras a los 43 grados del día y los 25 de la noche. Te acostumbras a la permanente sudada totalmente desbocada durante las 24 horas del día. Te acostumbras a unos baños (WC) donde su uso ponía a prueba la propia resistencia del individuo, no solo por su reducido tamaño y la dificultad de hacer desaparecer los residuos, sino también por la temperatura brutal reinante en el cubículo. Te acostumbras a protegerte de los mosquitos en cuanto cae el sol…. te acostumbras a todo, incluso a vestir únicamente con pantalón corto, gorro y calzado.

Ya en el retorno, éramos otros. Marineros curtidos, lobos de mar, diestros en el manejo del cascarón en las esclusas, diestros en lanzar amarras cual jinete de la pampa argentina, diestros en conocimientos de navegación, con la piel curtida por el sol, con la piel endurecida por las picaduras, maestros de la cocina francesa, maestros en la cata de quesos y vinos, maestros en reconocer los primeros síntomas de deshidratación, maestros en el arte de la vida, maestros en sobrevivir.

Y con todo ello, nunca me hice la pregunta más peligrosa que puedo hacerme a mí mismo en un viaje y que siempre me preocupa: ¿Y qué hago yo aquí? Al revés, lo que iba a ser un idílico y tranquilo viaje de lujo por las aguas del Canal, se ha convertido en un viaje aventura, algo extremo que no esperaba, pero me ha gustado y sorprendido gratamente. En varias ocasiones expresé mi sorpresa por la dureza del viaje y por la resistencia de todos y cada uno de los diez participantes en este evento. Este viaje sin duda ha sido un entrenamiento para mi próximo viaje aventura a Marruecos en el mes de octubre, el cual, después de ésta, estoy convencido que será coser y cantar a pesar de que nos enfrentaremos a condiciones duras y extremas o al menos eso espero.

 Durante la navegación y de vez en cuando, venían imágenes a mi mente de una película protagonizada por Klaus Kinski llamada Fitzcarraldo y en la que navegan por el río Amazonas  con el objetivo de construir en mitad de la selva un teatro de ópera. Es posible que estos pensamientos, pues debe hacer por lo menos 30 años que vi esa película y nunca la había recordado, fueran fruto del inicio de alguno de los innumerables procesos de deshidratación a los que me enfrenté.

Finalizada la travesía y ya entregada la chalupa a los organizadores con reclamación de daños y perjuicios incluida, ponemos rumbo a nuestra nación, en concreto a San Sebastián, donde llegamos con tiempo suficiente para darnos una excelente comilona en Casa Pantxika, el cual recomiendo y situado en el mismísimo puerto, a base de 5 kilos de rodaballo, tres docenas de sardinas y otras exquisiteces del Cantábrico. Nada como recuperar fuerzas posteriormente en nuestro querido y más que conocido hotel NH Collection de la ciudad.

No queda más que agradecer a todos los integrantes de esta aventura su participación en la misma, con especial mención a Natalia por su especial arte, paciencia y dedicación en los fogones, a Bernard por capitanear el barco y llevarnos a puerto seguro, a los hijos de ambos, María, Marcos y Pablo por su colaboración en las tareas diarias de a bordo, a Lorena, por su buen humor, siempre pendiente de la intendencia y la mejor pinche de cocina,  y a mis hijos Marina, Fernando y Clara por su colaboración en el día a día y por haber demostrado ser dignos hijos de su padre.

Y esto es todo amigos. Si me preguntas si lo disfruté, te diré que por supuesto. Pero si me preguntas si te lo recomendaría, pues también, pero mi respuesta daría para otras muchas historias…

POR EL CERRO DE SAN JUAN CON UNA SEGUIDORA

La verdad que muchos lectores no tengo. Es más, creo que tengo pocos, pero muchos
de los que tengo, puedo decir que son “fieles” seguidores. Y en concreto dos de ellos
me han demostrado su fidelidad este verano de 2023.
El primero de ellos, Rafa (tocayo mío casualmente), atento siempre a mis publicaciones
y enviándome en muchas ocasiones comentarios en privado sobre su contenido,
realizó este verano una mezcla de mis rutas hacia la zona Sur de Soria para acabar
comiendo con toda su familia en el restaurante marroquí de Monteagudo de las
Vicarías. Durante la comida me envió una foto mostrando su total satisfacción no
sólo de la ruta y pueblos que habían visitado, sino también por el festejo gastronómico
con el que finalizaron. Es más, durante el trayecto, variaron la ruta en varias ocasiones
lo que les permitió conocer nuevos sitios y que no eran nombrados en mis artículos.
Esa es la idea, así de simple. Gracias Rafa.


La segunda de ellas, María, fiel lectora, pero siempre ocupada y con poco tiempo para
consultar el blog de La Huella Bereber, aprovechó alguna de sus jornadas laborales de
agosto con poco trabajo (es lo normal), para ponerse al día con mis publicaciones.
Durante varios días me enviaba mensajes poniéndome al día de lo que iba leyendo, a
lo cual yo le advertía que no se saturara, que si me leía mucho, al final siempre es lo
mismo…
Mis advertencias debieron caer en saco roto, pues cuando María ha tenido unos días
de vacaciones me comentó que quería hacer una determinada ruta, en concreto una
que subía al Cerro de San Juan y visitar los pueblos de alrededor. Pero la propuesta era
aún más osada. Quería que la llevara yo en persona para explicarle curiosidades de la
zona y además en mi vehículo Land Rover. Mi respuesta positiva no se hizo esperar y a
los dos días la recogí de su domicilio instalándose como copilota en el Defender.
La expedición tuvo una duración de 5 horas y la verdad que lo pasamos realmente
bien. A los pocos días me envió su crónica del día, la cual reproduzco tal cual con su
previa autorización. Gracias María.

«30 de Agosto de 2023
Esta vez, me lleva de ruta la Huella Bereber en su Land Rover Defender, así que el
traslado entre un pueblo y otro es por caminos de tierra. También van dos hijos de la
Huella. La ruta es la siguiente:
Soria  Garray  Fuentecantos  Portelrubio  Fuentelsaz de Soria  Aylloncillo
 Pedraza  Cerro de San Juan  Cubo de la Sierra  Gallinero  Lumbreras 
Los Rábanos

La primera parada es en Garray, para comprar comida en “El Puchi”, muy citado en los
artículos de la Huella Bereber, compramos pan, jamón, lomo, queso y un Kojak para la
hija.
Desde allí cogemos un camino y llegamos a Fuentecantos y paramos en la Iglesia de
San Miguel Arcángel, muy bonita.

Iglesia de Fuentecantos


Seguimos hasta Portelrubio y llegamos también hasta la iglesia, que está en lo alto y
con vistas a todo el pueblo, que da la sensación de estar completamente vacío, salvo
una nave que vemos abierta, el resto parece todo abandonado y me gusta bastante.

Iglesia de Portelrubio
Vistas desde la Iglesia de Portelrubio

Vamos hasta Fuentelsaz de Soria, se aprecia un poco más de vida, vemos a una
persona. De camino a la iglesia, que también está en lo alto, pasamos por la casa de la
persona, es un señor más bien anciano, con el que luego hablamos. Llegamos hasta la
iglesia, en cuyo interior hay una miniexposición de fotos antiguas del pueblo.
De vuelta nos paramos a hablar con el señor que nos cruzamos antes, se llama Máximo
Los Santos, tiene 88 años, nos cuenta que sus hijos son los dueños de la Bocatería y el
Bandalay de Soria, y define su pueblo como “noble, sencillo y elegante”.
Nos cuenta que los molinos de viento situados en el Cerro de San Juan dan suficiente
como para haber remodelado la iglesia, hacer buenas fiestas de pueblo, etc, esto,
según dice la Huella, es frecuente en la zona.

Iglesia de Fuentelsaz de Soria

Seguimos la ruta y llegamos a Aylloncillo. Nos paramos en un sitio al lado del lavadero,
hay una casa en venta, debe llevar mucho tiempo en venta porque hasta el letrero está
borrado. Me da la sensación de que este pueblo también está vacío.
Cuando hago este resumen y por casualidad, la encuentro en internet por 50.000
Euros.

La huella Bereber y el Hijo, mirando la casa en venta


Vamos hasta Pedraza de Soria, y de nuevo a la iglesia, en lo alto, con una llegada muy
bonita a pie a través de un camino estrecho. La iglesia es bonita y las vistas también
aunque se ve algún chalet moderno, que debe ser muy cómodo para vivir pero que
para mi gusto afea lo que veo.

La Huella e Hijos andando hacia la Iglesia de Pedraza de Soria


Seguimos por un camino de tierra que sale desde la misma iglesia y llegamos al
objetivo del viaje del día, el Cerro de San Juan, al que yo creo que no podré llegar en
otro coche que no sea el Defender de la Huella, el mío se ensucia….
De camino al cerro, se ve un pueblo con muy buena pinta, Portelárbol, no entramos,
queda pendiente para otra ruta.
En el propio cerro sacamos la comida y las sillas y mesas que la Huella lleva en su
Defender y nos la comemos, está todo buenísimo y tenemos suerte con el tiempo,
ligero viento, sol, nada de frío.
Las vistas desde el Cerro son una pasada, como dicen la Huella e hijos hay unas vistas
de 360º que permiten ver gran parte de la provincia, como un Google maps en real.

Vistas de Portelarbol desde el camino que sube al cerro de San Juan

Comida en el Cerro de San Juan


Acabamos de comer y seguimos el tour, llegamos a Cubo de la Sierra, tiene una plaza
grande coronada por la iglesia, que me recuerda mucho a la distribución de Trancoso,
con la iglesia y las casitas de colores, aunque debe ser cosa mía, eso queda lejos. Nos
mojamos brazos (yo) y cabeza (La Huella y el Hijo) en la fuente-bebedero de la plaza, el
agua está helada. Hay unas casas que dan bastante envidia.

Mojándome los brazos en la fuente- bebedero de Cubo de la Sierra

Seguimos y llegamos a Gallinero, y flipo con la iglesia, pero ¿qué es esto? ¿Qué hace
esta iglesia tan grande en un pueblo tan pequeño? El pueblo tiene muy buena pinta y
aunque está cerrado hay bar y todo, la Disko-Taska Trankas, que luego leo en internet
que es el bar rural de moda.

Iglesia Gallinero

Pegado a Gallinero está Lumbrerillas, luego leo que Lumbrerillas es realmente un
barrio de Gallinero, paramos en la iglesia y unas casas, todo en ruinas.

Iglesia y casas de Lumbrerillas


Emprendemos el camino de vuelta, pasamos por Almarza aunque no paramos, y de
ahí, ya por carretera nacional vamos a Los Rábanos donde nos espera el resto de
familia de la Huella y mía.
Y así a lo tonto y sin hacer muchos kilómetros he conocido un montón de pueblos que
tenía apuntados como pendientes de visitar, espero que la Huella me reserve otro día».

Elche sorprende.

Hablar de Elche es hablar de palmeras. De muchas palmeras. Unos 70.000 ejemplares en el casco urbano y unos 200.000 en todo el término municipal. Ni más ni menos. Casi una por habitante. Se trata del palmeral más grande de Europa y a nivel mundial únicamente es superado por algunos pocos palmerales árabes.

La especie de palmera más numerosa en Elche es la Phoenix Dactylifera, traída a esta árida tierra por los musulmanes en los primeros tiempos de su ocupación, allá por el siglo VIII. En cualquier caso, con anterioridad a la presencia árabe en la península, ya hay constancia de la existencia de palmeras en Elche y prueba de ello son vasijas decoradas y huesos de dátiles hallados en diversos yacimientos íberos.

Fueron los musulmanes los creadores de lo que hoy en día se conoce como el Palmeral de Elche. Abderramán I ordenó construir una gran red de acequias para su riego, la cual, 1.250 años después, se mantiene prácticamente intacta y en pleno funcionamiento. En los mejores tiempos de Al Ándalus, se contabilizan un millón de palmeras que proporcionaban, no solo una rica fuente de alimento para la población humana y animal en forma de dátiles, sino también material de construcción para casas, cubrimiento de techos, capazos, escobas, alfombras y un largo etcétera.

Son las aguas salobres del río Vinalopó las que riegan desde hace siglos este enorme oasis en el que también se entremezclan olivos centenarios, granados y ricos huertos con las hortalizas más diversas. Es algo único en el planeta.

Hoy en día, dejando aparte la industria datilera, con ocasión de la Semana Santa, las hojas de palma blanca ilicitanas son distribuidas a todos los rincones de nuestra península, llegando incluso al propio Vaticano.

Río Vinalopó

Dos ilustres personajes pertenecientes a mi familia me unen a esta tierra, mi tío Sebastián (d.e.p.) y mi suegro Antonio, ambos ilicitanos de nacimiento.

Y es con ocasión del reconocimiento a la trayectoria profesional del segundo de ellos por parte del Club Rotario de Elche, lo que ha provocado nuestra visita a esta singular ciudad, fundada, como no, por los musulmanes y al poco tiempo de su desembarco.

Celebra el Club Rotario de Elche una velada en el precioso hotel Huerto del Cura, donde sus miembros, ciudadanos y empresarios de reconocido prestigio, presentan sus proyectos sociales para el nuevo ejercicio y homenajean a varios ilicitanos por la importancia y valía de su labor profesional.

Hotel Huerto del Cura
Elche moderno

Y entre los reconocidos, mi suegro Antonio, el cual, en su discurso de agradecimiento, con tono firme y seguro, declara su independencia en lo que se refiere a ideologías políticas y destaca con energía el poder de la sociedad civil como base fundamental de nuestra sociedad actual.

Su mensaje deja una huella profunda en todos y cada uno de los asistentes al evento, de tal forma que, en las posteriores intervenciones, los ponentes inspiran sus palabras en las de Antonio. Y no es para menos. Su intervención fue simplemente genial. Enhorabuena Antonio.

Durante toda una mañana disfrutamos de forma rápida pero intensa de la ciudad de Elche, donde el ayer homenajeado ejerce hoy como guía turístico, deleitándonos con una entretenida y completa información histórica de la ciudad y su relación con la familia.

Antiguo Casino

Son muchos los edificios familiares por los que pasamos y por tanto muchos los personajes, usos, costumbres y anécdotas que nuestro improvisado guía va comentando. Incluso nos identifica algún inmueble cercano a la plaza del Ayuntamiento y que perteneció a la familia de mi tío Sebastián. No cabe información más completa sobre esta original ciudad.

No debemos olvidar otros edificios y lugares singulares de Elche, como el Palacio de los Altamira (s.XV), construido sobre la antigua fortaleza árabe y utilizado como alojamiento real por Jaime II, Pedro IV y los RRCC; la Torre de la Calahorra (XII), en origen una de las puertas de acceso a la ciudad almorávide; la Basílica de Santa María (XVII), construida sobre la antigua mezquita; los restos de la muralla árabe y los restos arqueológicos de unos baños árabes (XI) recientemente descubiertos en la plaza del antiguo mercado; y un espectacular parque municipal perfectamente cuidado y donde la temperatura disminuye considerablemente gracias a la frondosidad y abundancia de palmeras y otras muchas especies.

Torre Calahorra
Basílica de Sta. María
Baños árabes
Palacio de los Altamira y restos muralla árabe

También tenemos tiempo para los importantísimos momentos gastronómicos de cualquier viaje, visitando, degustando y comprando en el mercado municipal unos embutidos típicos para cocinar un buen arroz con costra y una mojama de atún con una pinta estupenda. El momento culinario estelar llega en la cercana localidad de Santa Pola, en forma de arroz y otras delicias servidas en el Club Náutico en un ambiente estupendo y con muy buena compañía. Pero eso ya, amigos, como viene siendo habitual, es otra historia.

Palacio de los Altamira

El Sureste de Soria.

En alguna ocasión he comentado que soy algo desorganizado a la hora de planear una ruta. Esta desorganización implica que, en muchas ocasiones, marco un objetivo o destino, pero no siempre lo cumplo pues en el camino pueden surgir algún otro lugar interesante o tener sensaciones que hagan variar totalmente la ruta ideada. Por ello es muy habitual que descubra lugares y monumentos sobre los que no tengo ningún tipo de información y además, tampoco invierto mucho tiempo sobre el terreno para obtenerla a través de la tecnología más moderna en forma de teléfono móvil con acceso a internet.

En mi última visita por el sureste Soriano, paré en Almaluez a pesar de que el destino fijado para ese día era otro, pero me cogía de camino. En los días siguientes, obteniendo información para escribir una crónica sobre la ruta de ese día, me sorprendió mucho que durante la guerra civil hubo en este pequeño pueblo un aeródromo militar utilizado por las tropas italianas. Esta información incluía fotos e indicaba incluso el lugar exacto donde se encontraba la pista de aterrizaje y despegue, hoy reconvertida en una próspera plantación de miles de almendros.

El tema levanta mi curiosidad al extremo y no he tardado en volver a Almaluez para conocer de primera mano la antigua pista de aterrizaje. Rápido la localizo y me muevo por distintos lados para valorar su inmensidad y hacerme una idea de la situación vivida en este mismo punto en los duros años de la guerra. Para una mejor perspectiva, subo andando al cerro Modóvar, el cual corono después de un buen rato tras una fuerte pendiente de 45 grados. El viento sopla con fuerza lo que hace aún más penosa la subida. En el alto queda un gran agujero donde debió estar instalado en su día un punto de vigilancia y defensa antiaérea y alguna que otra lata de refresco vacía de algún descerebrado con forma humana. No me cabe en la cabeza que alguien se tome un refresco en este punto y tenga el valor y la poca vergüenza de no llevársela luego consigo.

Almaluez. Pista aterrizaje y cerro Modóvar
Almaluez. Pista aterrizaje

Desde el alto y con un fuerte viento que dificulta incluso la estabilidad, disfruto de la vista y contemplo en su totalidad la enorme pista de aterrizaje y despegue. La panorámica me inspira e improvisando una vez más, decido desplazarme hasta Monteagudo de las Vicarías por pista de tierra y recuperar fuerzas con algún refresco en un nuevo restaurante que han abierto unos vecinos de origen marroquí y que está adquiriendo mucha fama.

El Toyota híbrido se comporta bastante bien por estas pistas en buen estado donde, con buena visibilidad, alcanzo velocidades de hasta 70 km/hora. Me asaltan pensamientos aventureros, no descartando en un futuro calzar al híbrido japonés con unas ruedas mixtas de carretera y campo para ganar estabilidad en pista.

Sobre las 13.30 llego al restaurante, a la zona de la barra, donde no hay ningún otro cliente. No obstante, se nota mucha actividad, quizás demasiada, en las cocinas y de vez en cuando aparece, con aspecto de concentrado, algún empleado a la zona donde me encuentro en busca de cafés, bollería o cambio en la caja registradora. Los minutos pasan y nadie me ha mirado, nadie me ha dicho nada, como si no estuviera. Hay un momento que aparecen dos empleados y uno le dice al otro: “por aquí no hay nada urgente, ¿verdad?”. “No”, le responde el otro, sin mirarme ninguno de los dos y a pesar de estar delante de ellos. Me quedo perplejo a pesar de ser consciente de que yo no soy algo “urgente”. El tiempo corre inexorable y comienzo a pensar que a lo mejor la magia del cerro Modóvar me ha dotado de poderes sobrenaturales y me he convertido en un ser invisible, lo cual tendría su atractivo, pues podría hacer en ese momento lo que me diera la gana sin ser visto. Por ejemplo, llevarme unas cajas de dátiles que tanto me gustan últimamente y que se encuentran expuestas junto a unas bandejas de pasteles con un inconfundible estilo bereber.

Tras casi 10 minutos de espera durante los cuales aprovecho con tranquilidad para cotillear todos los productos de bollería que vende el establecimiento, por fin soy atendido y con bastante amabilidad, por cierto. Pregunto si puedo comer algo en esta zona del bar y no hay problema. “Menú español o marroquí”, me pregunta el chico. “Marroquí, por supuesto, que me han hablado muy bien de este sitio”. Mi comentario hace mella en el camarero que se infla como un pavo. Acabo pidiendo un Tajín de ternera.

Me preparan una mesita y me conecto al wifi del local pues me da la impresión de que esto va para largo. Y no me equivoco. No tengo nada mejor que hacer, soy consciente de que están a tope y que están haciéndome un favor por darme de comer en la zona de bar y a destiempo. Por el acceso a la zona de restaurante entran muchos clientes y la actividad en cocina crece aún más si cabe. Tampoco faltan algunos clientes para comprar pan y bollería bereber.

Después de un buen rato y según el camarero, “por el tiempo que están tardando”, me trae un aperitivo consistente en dos generosos platillos: uno, con una especie de ensalada a base de tomate, pimiento, pepino y algo más, cortado en trozos muy pequeños y aliñado con expertas manos marroquíes y un segundo, con dos hermosas croquetas que reposan en un confortable lecho de lechuga con aceitunas negras arrugadas. La presentación de los platillos es muy buena y excelente su contenido. Muy, muy bueno, incluso la ensalada con su tomatito picado. Los que me conocen sabrán que yo nunca, nunca, como tomate crudo. Algo ha cambiado desde mi subida al Cerro Modóvar. Las croquetas excelentes.

Acabo con el generoso aperitivo y continúa la espera. Ya no sé qué mirar en el móvil cuando por fin llega el tan ansiado Tajín, el cual me sabe a gloria. Muy bueno. La ternera es de excelente calidad que, mezclada con la verdura, unas ciruelas pasas muy dulces y huevo duro, es una explosión de sabores. Los frutos secos no me van mucho en estos platos, pero, aun así, alguna almendra mezclo. Devorado el Tajín, se acerca el que debe ser el propietario del negocio y me pregunta si me ha gustado. Alabo la calidad del producto, a la cocinera y pido la cuenta, pues son las 15 horas y parece que he echado raíces en la esquinita en la que me han acomodado. Volveré, sin duda. La espera ha merecido la pena.

Tajín de ternera

(Y volví, por supuesto, transcurridas dos semanas, esta vez acompañado por mi amigo JM y con reserva previa. El restaurante estaba a reventar, pero fuimos atendidos con extrema rapidez y de nuevo con muchísima amabilidad. Degustamos el menú marroquí y las sensaciones de nuevo fueron excelentes. Finalizamos con un té moruno y pastas. Como debe ser habitual, al finalizar se acerca el propietario del establecimiento. Un hombre muy amable llamado Gonzalo con el cual estuvimos charlando y nos contó la historia del negocio. Tenía una empresa en Zaragoza y tras venderla, volvió a su pueblo, Monteagudo de las Vicarías, donde se apuntó a unas jornadas de formación en el manejo de ordenadores organizadas por el Ayuntamiento. Allí coincidió con un par de niños marroquíes, hijos de una vecina del pueblo, a los que acabó comprándoles un ordenador en un intento de colaborar con su formación y desarrollo. Ello le dio pie a conocer a la agradecida madre de los chicos. En un viaje a París, mientras comía en un restaurante, le vino la idea a la cabeza de montar un restaurante de cocina marroquí en Monteagudo y que el público pudiera disfrutar del buen hacer en la cocina de la vecina originaria del reino alahuita. Dicho y hecho. Aún no llevan un año abiertos, teniendo ya que ampliar cocinas e instalaciones por el éxito cosechado. Enhorabuena Gonzalo y familia. Sin duda alguna que os recomiendo).

Tomo una pista en dirección Oeste en un intento de alcanzar la carretera general de Almazán, pero se corta a los pocos kilómetros. Desde el alto donde me deja este camino, hay unas vistas espectaculares y veo en el horizonte el embalse de Monteagudo con un llamativo color turquesa de sus aguas. Memorizo el horizonte al que debo dirigirme y me desplazo por caminos en su búsqueda, llegando felizmente a los pocos minutos. El embalse es simplemente sorprendente. De considerable tamaño, con muchísima fauna y especies vegetales únicas debido a la salinidad de la zona. Fue construido en el año 1981 y es alimentado por el río Serón. Hay un camino habilitado a lo largo de todo su perímetro, muy recomendable, donde podrás disfrutar de la presencia de multitud de aves acuáticas.

Embalse de Monteagudo
Embalse de Monteagudo

Ya por asfalto, inicio la vuelta pasando por pueblos como Fuentelmonje, Torlengua y Serón de Nágima, con su espectacular castillo, pero paso de largo en todos ellos pues voy en busca de la atalaya de Bliecos, a la cual finalmente no puedo acceder pues está en lo alto de una sierra con densa vegetación y no encuentro camino alguno. En cualquier caso, no parece que esté rehabilitada, por lo que sigo camino de vuelta por Bliecos, Nomparedes, Castil de Tierra y Tejado. Alguno de estos pueblos no los conozco, pero pospongo su visita para otra ocasión.

Villanueva de Zamajón
Villanueva de Zamajón

Desde Tejado tomo dirección Tardajos de Duero pues nunca he ido por esa carretera y en el primer pueblo, Villanueva de Zamajón, me espera uno de los mejores regalos de la jornada. Una torre bereber del siglo X, perfectamente restaurada y que al parecer en su día albergó el Ayuntamiento de este pueblecito que se encuentra hoy en día prácticamente abandonado. No puedo evitar parar y darme un largo paseo entre las cuatro casas que quedan en pie y disfruto de la torre en absoluta soledad. Torres similares a ésta las hay en el valle del río Rituerto, no muy lejos de donde me encuentro, por lo que tendré que dedicar tiempo para explorar todos los pueblos de esta zona, pues es posible que ambos territorios estuvieran comunicados entre sí por medio de este tipo de torres. Hay que tener en cuenta que en esta zona y en su día, la densidad de población musulmana fue muy alta.

El viento parece que sopla con más fuerza. Comienza a hacer frío de verdad. Tras 8 horas desde que salí de Madrid, por fin llego a mi refugio soriano. La chimenea sigue siendo necesaria.

Villanueva de Zamajón

Sevilla. De fiesta.

Como últimamente no paro, bueno, no paramos, nos hemos acercado a Sevilla este último fin de semana del mes de mayo con la excusa de acudir al concierto de los Hombres G, los cuales se encuentran de gira celebrando sus 40 años en activo. Casi nada.

Este grupo nunca fueron de mi plena devoción, pero sí es cierto que tienen 7 o 8 canciones que me hacen vibrar, saltar y cantar como el fan más entregado. Además, cualquier motivo es bueno para pasar un fin de semana original y distinto con buenos y fieles amigos.

Nuestra aventura comienza el sábado por la mañana en la estación de Atocha y a bordo de un AVE que, sinceramente, necesitaría alguna que otra actualización en los vagones. Dado que la salida se retrasa y las paradas en el recorrido son constantes, nos da tiempo suficiente para organizar nuestro próximo viaje a territorio Galo y realizar un par de visitas al vagón de cafetería, el cual, con el paso del tiempo, convertimos en cervecería.

El retraso en la llegada a nuestro destino supera la media hora, por lo que la empresa ferroviaria procederá a devolvernos el importe íntegro del billete. Sin duda es un buen comienzo.

Alcázar
Plaza de España

En el taxi que nos lleva al hotel, qué raro, surge un tema sobre Soria y el taxista se mete de lleno en la conversación y nos informa que en Sevilla hay mucho personal soriano. Al parecer, el dueño de la empresa donde trabajaba su padre era de Soria y él ha visitado la provincia en varias ocasiones. Añade que, muchos sorianos que emigraron aquí en busca de una mejor calidad de vida, eran contratados en comercios de Sevilla donde dormían bajo los mostradores.

Oído este último comentario, me veo en la necesidad de informar a todos los pasajeros que mi bisabuelo fue uno de esos sorianos que llegó a Sevilla a la edad de 11 años y durmió muchas noches debajo del mostrador del comercio donde lo colocaron de aprendiz. Fue su padre, mi tatarabuelo, un curtido y austero pastor trashumante, el que dejó allí a mi bisabuelo y a otros muchos de sus hijos en un intento de mejorar su futuro. Y lo consiguió.

Llegamos a la hora perfecta para iniciar un paseo por la ciudad y tomar un aperitivo para acabar comiendo de tapas en La Bodeguita Plaza del Duque a base de cazón, gambas a la plancha, ensaladilla, carrilleras y entrecot fileteado. Vaya, que si vas por Sevilla tienes que comer ahí sí o sí. Y encima el camarero era un tío estupendo y los de la mesa de al lado también eran de Madrid, venían al concierto y compartieron sus gominolas con nosotros. ¿qué más se puede pedir?

Gran paseo después de comer por la calle Sierpes hasta la zona de la Catedral y vuelta al hotel para descansar una hora antes de salir hacia la zona del concierto.

Catedral de Sevilla

¿Y qué decir del concierto? Lo que pasó en aquella explanada es difícil de describir sobre todo cuando sonaron las canciones más cañeras como “Al Capone de la Mafia”, “Marta tiene un marcapasos”, “Visite nuestro Bar” o la más pedida de todos, “¡Sufre Mamón! “. Memorable el saxo del grupo y momentos para olvidar cuando tocaron de forma seguida varias canciones pedorras, ñoñas y con mucho sentimiento.

En cualquier caso, salimos con una amplia sonrisa, realmente satisfechos, pero algo doloridos y contracturados por todas las horas de pie en menos de medio metro cuadrado con escasa o nula posibilidad de realizar movimiento alguno. El próximo concierto, sentado y en zona VIP.

Iniciamos vuelta hacia el centro de la ciudad y milagrosamente, tras un buen rato caminando, podemos contratar un Uber que nos salva de una larga, penosa e imposible caminata de varias horas hasta nuestro hotel.

En Sevilla proliferan las camionetas transformadas en bar donde puedes degustar hamburguesas, perritos y demás delicatessen, por lo que antes de acostarnos y de camino al hotel, paramos en uno de ellos para pedir unos perritos calientes especiales, de tamaño descomunal y servidos en tiempo récord por dos tipos poco comunicativos.

Lo mejor de los hoteles donde nos hospedamos, siempre de la cadena NH, es que tienen unos desayunos abundantes y variados que sirven para recuperar las fuerzas gastadas durante la noche anterior y en la que intentamos emularnos a nosotros mismos pero con 35 años menos.

Frutas variadas, tortillas, salchichas, beicon, jamón, queso, dulces, tostadas, zumo y cafés por partida doble hacen su efecto y nos lanzamos a explorar Sevilla con energía por la famosa calle Sierpes y la zona de La Campana, lugar en el que se encontraba el comercio donde mi bisabuelo, a finales del siglo XIX, dormía debajo de un mostrador. Rápida visita al interior de la Catedral y a la Plaza del Cabildo donde, al amparo de restos bien conservados de la muralla almohade del siglo XII, coleccionistas de monedas y billetes intercambian mercancía e impresiones.

La Campana
Plaza del Cabildo

Para disfrutar de la Giralda en todo su esplendor, no hay mejor lugar que la plaza de La Virgen de los Reyes, donde tomamos un aperitivo en primera línea de la terraza del bar Giraldilla y aprovechamos para disfrutar y comentar, entre otros aspectos, las curiosas indumentarias de los turistas de todos los rincones del planeta que inundan la ciudad. Se nos acerca un sevillano con lotería para vender, el cual, para captar nuestra atención, indica con bastante gracia que tengo pinta de torero. El comentario nos provoca una sonora carcajada, consiguiendo su objetivo el gracioso comerciante al vendernos un décimo a precio de oro.

La imagen de la Giralda es simplemente espectacular. Actualmente, torre campanario de la Catedral, en su origen alminar de la mezquita de la ciudad. Fue erigida por los almohades en el siglo XII basándose en el alminar de la mezquita Kutubia de Marrakech.

La Giralda
Mezquita Kutubia. Marrakech

No podemos abandonar Sevilla sin visitar su plaza más famosa, la Plaza de España, el lugar que fue el pabellón de España en la Expo Iberoamericana celebrada en el año 1929. Para ello, qué mejor manera de hacerlo que en coche de caballos donde el cochero, un tal José, nos va explicando de forma muy concisa, pero amena y divertida, los lugares más emblemáticos por los que vamos pasando. La Torre del Oro, los diferentes pabellones de los países participantes en la Expo, el uso actual de los mismos, el monumento al Cid Campeador, la Real Fábrica de Tabacos, el parque de Mª Luisa y finalmente la Plaza de España donde damos una vuelta entera a su interior para riesgo de algún que otro despistado turista nipón.

El Cid

¿Y qué hace en esta ciudad un monumento al Cid, el mercenario más conocido de la Edad Media, el que fue Señor de Gormaz? Pues debió tener su importancia por estos lares, pues fueron los sevillanos los que, a Rodrigo Díaz de Vivar, le bautizaron con el apodo de el Cid. Al parecer el Sr. Rodrigo estuvo por estas tierras en nombre del Rey Alfonso VI cobrando las parias al reino taifa de Sevilla, teniendo en ese momento que defender y con éxito, a los musulmanes sevillanos del ataque de los reinos de Granada y Murcia aliados con el conde de Barcelona. En su vuelta triunfante a la ciudad de Sevilla, el pueblo lo recibió al grito de “Sidi Rodrigo” y “Campi Doctor” (“Señor Rodrigo”, “sabio en batallas campales”). De la unión de estas expresiones, la primera musulmana y la segunda cristiana, surge el apodo de “El Cid Campeador”. 

Qué tendrá este paseo en el coche de caballos que tanto nos encantó y que provoca que mucha gente te salude por la calle y uno mismo devuelva sonriente el saludo como si nos conociéramos de toda la vida. Nuestros amables rostros, adornados con el gesto del saludo al más puro estilo de la realeza europea, queda retratado en multitud de cámaras fotográficas de turistas de todas las nacionalidades.

Finalizada la experiencia, nuestro cochero nos aconseja ir a comer a la Bodega de Santa Cruz “Las Columnas”, en la calle Rodrigo Caro, también con vistas a la Giralda, donde disfrutamos de una exquisita y amplia variedad de tapas como los buñuelos de bacalao, tacos de cazón, gambas, solomillo al Güisqui, lomo al Pedro Ximénez y berenjenas con miel. Muy bueno todo.

Regresamos al hotel a recoger las maletas y mientras hacemos tiempo para que pase una tromba de agua, tomamos un café y algún que otro licor en la terraza, lo cual ayudará sin duda alguna a relajarnos en el AVE de vuelta. Pero eso ya, amigos, es otra historia.

Plaza de España

Almaluez

La verdad es que la excursión menos organizada o mejor, sin organización alguna, puede llevar a descubrir lugares e historias sorprendentes.

Hace unos días recibí, creo que a través de la red social Facebook, una noticia que informaba de la existencia de un despoblado con una atalaya derruida en el municipio de Monteagudo de las Vicarías. Al ver que se trata de una atalaya y por tanto de restos bereberes, todas las alarmas saltan en mi interior y ya fijo en el calendario el siguiente fin de semana para darme una vuelta por la zona.

Se trata del sureste soriano, territorio no muy conocido por mí, pero de vez en cuando me he atrevido a internarme en él, descubriendo y visitando sitios realmente espectaculares, como el monasterio de Santa María de Huerta o el castillo de Arcos de Jalón, por nombrar alguno de los sitios más conocidos y a los que cualquiera puede acceder.

Es precisamente en Arcos de Jalón donde inicio mi expedición para dirigirme al desconocido, al menos para mí, pueblo de Almaluez y a través de una solitaria carretera comarcal, la SO P 3107. Me llama la atención el paisaje con grandes cortados en el horizonte, mucho campo de labor y lo más curioso, una tierra de color blanco intenso lo cual delata una alta concentración de yeso.

Paro a la entrada del pueblo para disfrutar de la soledad del lugar donde hay unas ruinas de un monumento difícil de calificar. Puede que sea una fuente, los restos de algún puente, lo desconozco. A mi derecha se extiende un enorme e impresionante campo con miles de almendros que, sorpresa, en la Guerra Civil Española fue utilizado como aeródromo por las tropas italianas que apoyaban a las tropas de Franco.

Iglesia Almaluez
Pista aterrizaje, Almaluez, Cerro Modóvar

Los aviones aquí ubicados daban escolta a los bombarderos que despegaban del Burgo de Osma y se dirigían a Teruel para soltar su mortífera carga.  Este aeródromo tuvo una intensa actividad entre el otoño de 1937 y los primeros meses de 1938.

El 29 de marzo de 1939 se produjo en este lugar dos accidentes de aviones caza y en momentos diferentes. Tras la vuelta de un vuelo de reconocimiento y ante la inminente caída de Madrid, tres pilotos lo celebran con vuelos de exhibición simulando un ataque aéreo. El capitán Miguel García Pardo se estrelló en las inmediaciones del cercano castillo de La Raya al no poder superar una atrevida y suicida bajada en barrena. En otro momento diferente, el teniente Rogelio García de Juan, se estrella en plena pista de aterrizaje tras realizar sobre la misma un vuelo rasante que no pudo remontar. Descansen en paz.   

Pista de aterrizaje

Me adentro en las calles del pueblo de Almaluez totalmente vacías. La sensación de soledad se ve incrementada con la ausencia de ruido del motor de mi Toyota que ha entrado en modo eléctrico. La sensación es algo extraña. Paro en la vacía plaza del pueblo, me bajo del coche y el ruido al cerrar la puerta se duplica cien veces por el eco.

Paseo en silencio por un par de calles y por fin veo algún que otro coche aparcado en otra pequeña plaza. Respiro aliviado pues en mi mente ya venían imágenes de alguna película ambientada en el apocalipsis total. Nunca soportaría ser el último ser humano sobre la faz de la provincia de Soria. Incluso veo un señor de mediana edad que camina hacia donde yo me encuentro. Como si fuéramos dos supervivientes, nos saludamos y entablamos breve conversación en la que tratamos temas tan profundos como la tranquilidad del pueblo y el buen tiempo reinante. Aprovecho y le pregunto si el cerro Modóvar es aquel y confirmo si voy en buena dirección en busca del despoblado.

El tipo responde muy amable, comenta lo a gusto y tranquilo que está así el pueblo y confirma mis dos preguntas de situación. Nos despedimos y en absoluta soledad y silencio vuelvo hacia mi coche pensando que estoy en la situación ideal para que me tope con un grupo de zombis podridos, mal olientes y hambrientos de carne humana.

Dejo atrás el pueblo y a través de una pista de tierra en buen estado me dirijo hacia el cerro Modóvar donde en su día se realizaron excavaciones descubriendo una necrópolis celtíbera (S. IV-III a.c.). Los tesoros encontrados y más valiosos, cuatro espadas y un casco de bronce, se custodian en el Museo Numantino de Soria. En la cima del cerro, los italianos instalaron una defensa antiaérea o un puesto de vigilancia del cual poco rastro queda. El cerro, una enorme mole de arcilla y yeso cristalizado, se levanta en mitad de una gran llanura dando al lugar un toque mágico y misterioso.

Cerro Modóvar
Cerro Modóvar

Retomo carretera hacia Monteagudo y al poco rato ya diviso en un cerro los restos del despoblado, el objetivo de mi escapada. Me desvío por pistas de tierra y me sorprende el buen comportamiento del híbrido japonés. No puedo evitarlo y comienzo a pistear y a enlazar pistas y más pistas. Dejo para otro día el acceso al despoblado pues parece algo complicado y siempre es mejor hacerlo acompañado. Los caminos por esta zona están muy bien cuidados y son muy rápidos, por lo que prometo volver con un verdadero todo terreno. Pero eso ya amigos, será otra historia.

De nuevo por Irlanda

Tras tres meses desde nuestra última visita, de nuevo volamos a la Isla Esmeralda pues tira mucho nuestra hija que allí está estudiando durante diez meses, tiran mucho los viajes en familia, pero también, no nos engañemos, tira mucho una buena pinta de Guiness y nunca mejor dicho, bien tirada.

Poco comentaré de nuestros días en Dublín, ciudad ya conocida por nosotros en nuestro anterior viaje y del que di buena cuenta en anterior crónica. Esta vez hemos visitado más la zona de la ciudad menos turística, la situada al norte del río Liffey, más allá de donde acaba la famosa y céntrica calle de O´Conell. Según avistábamos alguna torre de una iglesia o monumento, hacia ella nos dirigíamos y así sucesivamente, sin rumbo prefijado, lo que fuera surgiendo. En mi opinión, es una buena manera de conocer una ciudad.

Ello no ha impedido pasear de nuevo por las zonas más céntricas, comerciales y conocidas y volver a degustar unas buenas pintas de Guiness en nuestro Pub favorito “The Celt” y en algún otro que entras por casualidad y siempre con acierto.

Esta vez nos hemos alojado en los apartahoteles “Staycity” los cuales son más que recomendables y en cuya planta de calle, mezcla de recepción y bar, la actividad es frenética la mayor parte del día. Su situación es muy buena y está situado muy cerca, entre otras, de las concurridas y animadas calles de Capel St., Mary St. o Parnell St.

Como ya es costumbre, me gusta salir a pasear la ciudad cuando despierta, por lo que a las 7 de la mañana ya estoy plenamente activo conociendo las costumbres mañaneras en Dublín.  Al lado de nuestro alojamiento hay un edificio que parece un antiguo mercado y actualmente es utilizado como almacenes de frutas. Decenas de furgonetas descargan su mercancía donde la marca España se mezcla con la marroquí y la de otros muchos países latinoamericanos. En uno de los extremos localizo un bar y entro sin dudarlo a tomar un café para despejarme. El olor a fritanga es intenso y la grasa parece que chorrea por techos paredes y suelo. Tras la barra, un tipo con la mediana edad ya pasada y de momento ocioso pues no hay ningún cliente. Una descomunal plancha ocupa gran parte del interior de la barra y se encuentra caliente pues, imagino, los fruteros no tardarán en entrar a desayunar los típicos huevos con beicon y salchichas.

Con arrojo pido un café con leche y el camarero me invita a sentarme en una barra pegada a la ventana de la calle. Al poco aparece con una enorme taza de negro café y ante mi petición de leche, me señala una jarrita que reposa en la barra donde me encuentro. La superficie de tan nutritivo líquido no cumple con el dicho de “blanco como la leche”.  No le hago asco alguno y con total naturalidad me corto el café y lo endulzo con un azúcar que, igual que la leche, vaya usted a saber cuánto tiempo lleva en ese mostrador y vaya usted a saber qué esconde en su interior.

Entablo animada conversación con el camarero, el cual se declara un apasionado de España y a la que volverá en dos semanas de vacaciones con su familia. Acabado el café, el tipo me hace un gesto diciendo que no le pague, pero no acepto su invitación alegando que está ahí trabajando muy duro desde primerísima hora de la mañana. Con una sonrisa, me dice que son 3,30 euros. Si lo llego a saber, acepto la invitación pues vaya precio tiene el café en estos lares. Abandono el local algo sorprendido, no solo por el precio del café, sino por mi elocuencia con el camarero y su conocimiento de España, aspectos estos dos últimos que se repiten a lo vivido día anterior con el taxista que nos trasladó desde el aeropuerto.

Este viaje introducimos como novedad dos días de estancia en la ciudad de Cork, a la cual llegamos tras dos horas y media de trayecto en tren y donde centraré esta crónica no solo por los sorprendentes lugares visitados sino también por los escalofriantes y perturbadores hechos de los cuales fui testigo directo.

Cork es la segunda ciudad más importante de Irlanda, con unos 150.000 habitantes y se encuentra dividida en tres bloques debido al desdoblamiento del río Lee.  

Sus calles son muy comerciales y bulliciosas, con infinidad de comercios y pubs donde degustar productos de la zona. Cuenta con dos catedrales, la anglicana y la católica, además de multitud de otros templos los cuales, todos merecen una visita a sus alrededores. Importancia especial le dan al “English Market”, que no deja de ser un mercado tradicional como los nuestros y que desgraciadamente cada día son más difíciles de ver. Por supuesto que no debes dejar de visitarlo, tiene todo muy buena pinta.

Visita obligada al pequeño pueblo de Cobh, al que puedes trasladarte en tren de cercanías en unos 20 minutos. El trayecto en tren merece la pena por los paisajes, pudiéndose apreciar la inmensidad de lo que viene siendo considerado el puerto natural más largo del mundo. En el puerto de Cobh, el 10 de abril de 1912, hizo su última parada el Titanic antes de poner rumbo a los infiernos. También desde aquí, entre los años 1815 y 1970, partieron 3 millones de emigrantes irlandeses rumbo a todos los rincones del planeta, siendo además punto de partida para 40.000 convictos, hombres y mujeres, con destino Australia.  

De nuevo nos sorprende este pequeño pueblo con una tremenda catedral y casas pintadas de mil colores. Espectacular.

Cobh
Cobh

Tras comprar un bocadillo en uno de los múltiples supermercados de la zona y que devoramos sentados en un banco ante la vigilante mirada de media docena de enormes cuervos negros  y con actitudes depredadoras e incluso amenazantes hacia nuestra comida, nos acercamos hacia la zona del puerto donde sale un pequeño ferry que nos llevará a Spyke Island, la llamada Alcatraz Irlandesa.

Hace bastante frío, unos 2-3 grados, mientras el guía nos cuenta a la intemperie y en unos 45 minutos la historia de la isla. Posteriormente, disponemos de unas dos horas y media para deambular por la isla de forma libre. Aprovechamos para visitar y pasear por el patio de armas, las celdas del siglo XIX, otras más modernas, el edificio de castigo, las murallas, una exposición de cañones y vehículos de guerra, etc.

El lugar está bastante bien conservado y en más de una ocasión se te pone la piel de gallina al entrar en las celdas en las que los presos se hacinaban como animales o en aquellas donde los torturaban y mataban a palizas o al estar en el lugar exacto en el que habían sido acribillados a balazos un grupo de presos o donde un vigilante había sido asesinado a sangre fría en alguna revuelta.  Siento escalofríos por el simple hecho de pensar el horror y sufrimiento que ha habido durante cientos de años en este lugar y en el que hoy me encuentro como un turista sonriente, gastando bromas y haciendo fotografías.

En cualquier caso, disfrutamos mucho de la visita, lo pasamos genial e incluso nos dio tiempo para tomarnos un refresco y algún bollito en el bar, así como para comprar la típica foto que te hacen a la entrada del presidio. En mi ficha de delincuente reza el delito “disturbios”.

Sobre la historia de Spike Island hay mucho que hablar, pero intentaré hacer un resumen: En el siglo VII se instalaron unos monjes fundando un Monasterio el cual fue arrasado por los Vikingos a comienzos del s. IX. Hay constancia de asentamientos monásticos en la isla hasta el siglo XVI. En el año 1650 es utilizado por primera vez como prisión y como lugar de espera de los condenados antes de ser trasladados a las colonias de Norteamérica, Jamaica y Barbados.

En el año 1779 se comienza la construcción de la primera fortificación para proteger la entrada a la bahía junto con otras dos situadas también en lugares estratégicos. Es entre 1804 y 1850 cuando se construye el fuerte que podemos ver en la actualidad, dándole forma de estrella para evitar ser blanco fácil de los cañones enemigos y aumentar los ángulos de fuego en su defensa.

Ya en 1847, en la época de hambruna en Irlanda, se utiliza de nuevo como prisión llegando a albergar a 2.500 prisioneros en condiciones infrahumanas. Entre el año 1847 y 1883 murieron en Spike Island la friolera de 1.300 prisioneros por todo tipo de causas, sobre todo violentas y otros 750 bajo las manos del cirujano del presidio al que tildan las crónicas de borracho y aficionado al opio. En 1850 se construye el edificio de castigo en el cual los presos eran torturados, apaleados y encadenados 23 horas y media al día.

En 1914 la isla es utilizada como campo de entrenamiento para las tropas inglesas y como presidio para 1.400 irlandeses durante la guerra de independencia de Irlanda. Si bien Irlanda obtiene la independencia de Gran Bretaña en el año 1921, las tropas inglesas se mantienen en Spike hasta el año 1938, fecha en la que la isla pasa definitivamente a soberanía irlandesa.

La Isla es utilizada a partir de ese momento como base del ejército irlandés y en 1985 es habilitada de nuevo como prisión, pero esta vez para delitos menores. En agosto de ese año se produce un breve, pero muy violento motín, que dio la vuelta al mundo y que provocó el incendio de varios edificios cuyas ruinas aún hoy pueden contemplarse. La prisión fue cerrada de forma definitiva en el año 2004.

Durante la vuelta en ferry, cae una fina lluvia que no impide que los tres españolitos nos mantengamos en la zona exterior disfrutando de las vistas y el tiempo húmedo. Ya de vuelta a Cobh, nos tomamos una buena pinta y el típico café irlandés en un pequeño pero acogedor pub y en un intento de asimilar la visita realizada. Vuelta en tren a Cork donde, tras un largo paseo, cenamos un exquisito estofado de ternera, fish and chips y un lomo de ternera de una calidad excelente.

Aquí amanece pronto o al menos es la impresión que tengo. El caso es que a las 7 de la mañana ya estoy en la calle tomando un hirviente café americano a la orilla del río Lee y con vistas al enorme edificio del Ayuntamiento. Con las pilas cargadas por el tanque de café, comienzo a pasear por la ciudad serpenteando por las inmediaciones del río, el cual cruzo en varias ocasiones por los numerosos puentes, todos ellos con estilo y diseño diferente.

Sobre las 7.30 de la mañana observo algo voluminoso que flota en el río y que es arrastrado lentamente por la corriente. A medida que me voy acercando al objeto flotante, comienzo a tener la sensación de que se trata de algo raro, pero no identifico de momento de qué se trata. Cuando llego a su altura, veo que se trata de algo envuelto en ropa y de repente me doy cuenta de que se trata de algo muy parecido a un cuerpo humano flotando boca abajo y del cual se distingue con claridad su espalda, culo y piernas. Incluso lleva zapatos. Marrones, para mayor detalle. Un escalofrío recorre mi cuerpo durante unos instantes, pero yo mismo, incrédulo, me digo que no puede tratarse de un cuerpo. Pienso en alguna pandilla de jóvenes que, con alguna Guiness de más, ha tirado un muñeco al río en mitad de la fiesta. Pienso incluso en esos monigotes de paja que, en muchos pueblos de España, sirven de Judas en alguna que otra fiesta.

Río Lee

Me quedo parado no más de dos segundos y prosigo aturdido mi paseo. La imagen del cuerpo flotando no se me va de la cabeza y a los pocos metros me detengo y echo de nuevo la vista atrás. Claramente se trata de un cuerpo, un ahogado, un cadáver que flota y que de forma triste, lenta y pesada es arrastrado por la corriente. No le veo la cabeza ni los brazos. Antes de que pudiera reaccionar veo un ciclista que se ha parado y ya está llamado por teléfono, imagino que a la policía. Me alivia pensar que ya alguien ha llamado a los servicios de emergencia y no me cabe en la cabeza que yo haya podido ser el primer ciudadano que ha visto el cuerpo flotando sobre el río…… Aún no son las ocho de la mañana y ya hay bastante movimiento en la calle. Eso sí, nadie mira el río.

Nuestro hotel está situado justo enfrente y desde una cristalera al lado de la habitación observo al ciclista esperando a la policía, al ahogado en su negro y silencioso camino hacia el puerto de la ciudad y la llegada de tres camiones de bomberos del que descienden a toda prisa al menos doce personas y dos de ellas, sin dudarlo, se tiran al agua con cuerdas y una pértiga. La corriente sigue arrastrando al ahogado y bomberos, impidiendo las instalaciones del puerto poder continuar en mi papel de testigo. Mejor así. Al poco rato llega una furgoneta mortuoria y poco más. Descanse en paz.

Cork es una ciudad que da mucho de sí y aún podemos disfrutar paseando y descubrir nuevos rincones. A las 11 de la mañana, morimos de hambre y paramos en un sitio donde, tras un rápido vistazo a la carta, parece que están especializados en desayunos al más puro estilo irlandés. El sitio está abarrotado, pero pronto nos buscan una mesa en una agradable esquinita, donde no tardamos en disfrutar un gran plato a base de huevos, salchichas, beicon, beans, morcilla, una especie de chorizo, tostadas con mantequilla y mermelada y una gran taza de café. Espero tener para el resto del día. La Guiness la dejaremos para el próximo viaje, pues amenazo con volver y seguro que dará para otras muchas historias.

Potente desayuno