«Las orejas al lobo»

Soria, 2 de marzo de 2013.      “

Los telediarios llevan toda la semana informando de las grandes nevadas caídas en España durante los últimos días. Como es habitual en estos tiempos que corren, las califican de excepcionales. Hace tiempo que no se ve nevar con esta intensidad y se recomienda a la población que no realicen desplazamientos salvo los estrictamente necesarios. Basta que oiga ese tipo de noticias y advertencias para que el sábado a las 8,30 de la mañana inicie mi viaje por carretera hasta Soria para arrancar el Land Rover y comprobar si efectivamente los telediarios cuentan la verdad.

A medio día ya estoy atacando la Sierra de Cebollera por su lado Este, desde la zona de Almarza.

Hace un día muy frio, pero el cielo está totalmente despejado y brilla el sol, lo que provoca que los caminos en las zonas bajas de la Sierra estén anegados de agua y barro por efecto de la nieve derritiéndose. La situación es perfecta.

Cuando asciendo hasta los 1.300 metros de altitud la pista ya se encuentra totalmente nevada y me sorprende descubrir que soy el primero en pasar por allí desde hace tiempo. No hay huellas de vehículos ni pisadas humanoides. Sólo rastro de animales.  Abro pista nevada lo cual siempre conlleva su riesgo.

La concentración en la conducción es alta, voy a buen ritmo y corrijo continuamente los deslizamientos del coche para mantenerlo dentro del camino y en la dirección correcta. Llevo buenos neumáticos, anchos y con buen taco. Disfruto de vistas espectaculares del Pico Cebollera y del Moncayo, manadas de ciervos cruzándose en el camino, la soledad es total. Cada vez hay más nieve y arriesgo más, hasta que a 1600 metros de altitud el Land Rover queda encallado en la nieve hasta los ejes. Además, por el fuerte ritmo que llevaba me he introducido varios metros en zona delicada y el Land Rover se ha quedado como anclado al frio elemento. El atasco es absoluto.

Son las 13,25 horas. No me preocupa mucho la situación pues quedan aún muchas horas de luz. Tras una hora y 20 minutos paleando nieve, consigo desatascar el Land Rover. El trabajo ha sido brutal llegando en ocasiones a un agotamiento físico extremo. Estoy empapado. Liberar de nieve todos los bajos y las ruedas de un Land Rover Defender 110 resulta verdaderamente agotador: Primero, para poder acceder a las ruedas y bajos hay que quitar la nieve que rodea el coche para, a continuación, palada a palada, liberar las ruedas en su totalidad y los bajos del coche para darle altura. Todo ello con una pala de tamaño mediano, tirando a pequeña, lo cual obliga a tumbarse/revolcarse en el suelo para liberar los bajos. Tengo la moral alta pues he atascado en un sitio con vistas espectaculares y brilla el sol.

Dada la imposibilidad de seguir por esa ruta, vuelvo sobre mis pasos hasta Almarza desde donde me dirijo a Molinos de Razón por carretera para intentar la ascensión por la zona Sur de Cebollera. Pistas para mi muy conocidas por las que me muevo con comodidad a pesar de la gran cantidad de nieve. En un par de ocasiones reina la prudencia y opto por modificar el itinerario previsto por riesgo alto de nuevo atasco.

Me dirijo hacia Monte Avieco, la pista está muy resbaladiza y hay rodadas en los primeros kilómetros. Pasado el refugio que da acceso al cortafuegos de Loma de los Capotes me cruzo con un flamante buggy Polaris con sus dos ocupantes muy sonrientes, lo que demuestra el buen rato que están pasando con su juguete. Yo también estoy disfrutando a tope con mi juguete y supongo que también iría sonriente. O no, yo que se.

La pista toma rumbo Norte donde la nieve empieza a ser muy abundante y las únicas rodadas son las del buggy con el que me he cruzado hace ya un buen rato. De nuevo a 1600 metros y confiado en el rastro dejado por el tan mencionado buggy, vuelvo a atrancarme en la nieve cual aprendiz. La situación es la misma, el vehículo se ha quedado empotrado en la nieve. Ruedas, bajos….

¡No me lo acabo de creer!, aún me duele el cuerpo por el esfuerzo realizado en el desatasco de la mañana y de nuevo, a las 17,30 horas, me encuentro en la misma situación. No, en la misma situación no, peor, mucho peor.

Me invade una rara sensación, de desesperación, de frustración, queda poco más de hora y media de luz… Sin perder un minuto saco de nuevo la pala y empiezo el lento, penoso y brutal proceso de limpiar de nieve los alrededores del Land Rover para poder acceder a los bajos y ruedas. Intento no perder la calma y que cada movimiento con la pala sea de lo más efectiva.

El tiempo corre y tras una hora de duro e intenso trabajo no he sido capaz de mover el coche un solo milímetro. Sigue con gran parte de los bajos clavados en una nieve que empieza ya a congelarse pues el sol ha desaparecido hace rato. La temperatura ha bajado drásticamente y comienza el bajo cero.

Intento buscar palos y piedras para echar bajo las ruedas, pero la misión es imposible, todo está cubierto por un manto de unos 30-40 cm de impoluta nieve virgen cada vez más helada. Opto por sacar el gato, pero no sé por qué motivo no soy capaz de hacerlo funcionar, la base es de hielo que se hunde y no engancha. Intuyo peligro y pérdida de tiempo en el manejo del gato por lo que abandono esa forma de ataque. El tiempo corre, se está haciendo de noche, estoy absolutamente mojado de cintura para abajo e incluso con partes ya insensibles, tengo las manos que podría cortarme un dedo y no lo notaría. Me voy a quedar sin luz, es lo que más me preocupa.

Comienzo a desesperarme, cojo el teléfono móvil para hacer una llamada de emergencia a algún conocido para que vengan a rescatarme. ¡¡Noooooooooo!! ¡¡No hay cobertura, no hay 3G, no hay nada!! Puñetero teléfono, está como bloqueado, sólo llamadas de emergencia. Se me pasa por la cabeza efectuar esa llamada al 112 para que la Guardia Civil venga a rescatarme, pero en el instante siguiente pienso en el titular de los periódicos locales del día siguiente: “madrileño rescatado por la noche en la Sierra de Cebollera.” Por ahí sí que no paso.

Pienso también en la respuesta que podría dar a la pregunta obligada que me haría la Benemérita con cara de pocos amigos: ¿se puede saber qué hacía usted allí arriba, solo, sin comida, rodeado de nieve y a esas horas? Me mareo solo de pensarlo y ello me motiva para seguir manteniendo la calma y continuar sacando nieve pues creo que ya es cuestión de supervivencia y no es broma.

Me centro de nuevo en los bajos del coche para liberar los ejes pues si cae la noche cerrada no vería esa zona concreta. Únicamente llevo de iluminación un foco trasero en el Land Rover, ninguna linterna. Consigo liberar totalmente una de las ruedas y accedo a la tierra helada del camino la cual distribuyo entre el resto de las ruedas para tener más agarre. Estoy absolutamente desesperado.

Por mi cabeza pasan todas las posibilidades sobre cómo actuar si se me hace de noche en esta situación que se está convirtiendo en extrema. Sin cobertura, totalmente empapado, temperatura bajo cero, con un litro de agua, sin comida…… ¿sin comida? Es cuando me doy cuenta de que lo último que me eché al estómago fue un austero café con magdalenas a las 10 de la mañana en Medinaceli. Y lo peor de todo, no voy sobrado de gasoil. ¿pasar la noche allí mismo?, ¿echar a andar hasta tener cobertura? Ninguna me apetece y mucho menos abandonar el Land Rover. Eso sería lo último.

Estoy extenuado y sufro arcadas por el esfuerzo físico que realizo. Sigo sacando nieve de debajo del coche y distribuyendo tierra en las ruedas. Quitar la nieve de debajo de los bajos empieza a complicarse, pues cada vez se endurece más debido al intenso frio y los 2000 kilos del Land Rover. Además, también tengo que quitar nieve del camino varios metros hacia atrás y hacer rodadas con mezcla de tierra para salir a zona transitable. No se cuántos metros cúbicos de nieve y arena he removido, pero muchos seguro.

Enésimo intento de salida y gracias a Dios, a las 19 horas, cuando quedan apenas 15 minutos de luz, consigo arrancar mi Land Rover de la bestia blanca que lo retenía.

Aún me quedan 45 minutos de vuelta por caminos con mucha nieve y barro lo cual se me hace realmente duro. Estoy totalmente mojado, agotado y dolorido, pero con la moral muy alta y orgulloso de haber superado la situación sin consecuencias.

Ya es noche totalmente cerrada cuando a las 19,45 horas llego al camping de Valdeavellano de Tera donde me seco al calor de una buena chimenea en un comedor donde los comensales me miran con curiosidad. Me da la impresión de que no debo tener muy buen aspecto.

Ya en Soria capital, cenando un sándwich y tortilla de jamón con pimientos, medito sobre lo ocurrido y tengo la sensación de haber superado una situación algo delicada y comprometida. Me voy a la cama absolutamente agotado y la temperatura de la casa, seis grados, me resulta incluso hasta agradable.

Al día siguiente, vuelta a Madrid donde debido a las brutales agujetas y dolores por golpes recibidos contra los bajos del coche, tardo al menos cuatro o cinco días en poder moverme con normalidad. En mi trabajo aún se acuerdan de ese lunes, jeje.

No puedo negarlo, después de esta experiencia ha habido un antes y un después. Desde entonces, tengo muy presente la hora a la que anochece y aumento la prudencia a partir de determinadas horas, intento ir con algo de agua y comida, suficiente gasoil y me hago acompañar de un pequeño kit de supervivencia consistente en una linterna frontal, una navaja y un silbato. Pero aún así, queridos amigos, he visto y sigo viendo en muchas ocasiones “Las orejas al lobo”.

Ruta por la Estremadura Soriana (I)

Es momento de evitar aglomeraciones, de viajar en familia o en grupos reducidos, es el momento perfecto para el llamado turismo de interior, para conocer rincones olvidados de nuestra geografía que guardan una valiosa porción de nuestra historia, de nuestros orígenes, de nuestras costumbres.

Qué mejor para ello que perderse durante unos días por una de las zonas más despobladas de la península Ibérica donde los paisajes, la naturaleza y la huella dejada por el ser humano hace más de mil años despertarán nuestra curiosidad y removerá en nuestro interior ese espíritu aventurero y viajero que, si estas leyendo estas líneas, seguro llevas dentro.

Nos trasladaremos en el tiempo a la peligrosa Al Ándalus de los siglos IX a XI donde el territorio que vamos a descubrir fue durante más de 200 años la frontera más estable entre los Reinos Cristianos y el mundo Islámico. Una zona totalmente militarizada que recorrieron en innumerables ocasiones los más temibles Califas y Generales al frente de sus ejércitos con el objetivo de paralizar el lento avance cristiano en su dura tarea de reconquista.

Una frontera natural marcada por el Río Duero, asentándose los cristianos en su lado norte y los musulmanes en su lado sur. ¡Bienvenidos a la Estremadura Soriana!

Comenzaremos nuestra aventura en la ciudad de Medinaceli, donde Celtíberos, Romanos y Musulmanes fueron conscientes de su privilegiada situación estratégica al encontrarse situada en la vía de comunicación natural entre la Meseta Norte, la Meseta Sur y el Valle del Ebro.

Medinaceli, la Ciudad del Cielo, situada en lo alto de un cerro que garantizó su seguridad durante siglos, es un lugar para pasear con tranquilidad y disfrutar de todos y cada uno sus rincones. Mosaicos romanos, sinagogas judías, palacios medievales y lo más apreciado por el redactor de este artículo, el arco romano del siglo I, la nevera islámica del siglo X y el castillo del siglo XIV.

Palacio Medieval
Sinagoga
En la Plaza Mayor

El arco romano fue construido en el siglo I como símbolo del poder de Roma y de su dominio sobre los hombres y la naturaleza. En su día formaba parte de la muralla que rodeaba la ciudad, siendo una de sus puertas de entrada. Es único en la península Ibérica pues consta de tres vanos. La imagen de este monumento es la utilizada por la Dirección General de Tráfico en las señales de carretera que indican la presencia de “Monumento Histórico”.

Arco Romano en Medinaceli

Como curiosidad, bajo el arco principal, se halló un pozo excavado en la roca relleno de ceniza, carbón, huesos de animales, restos orgánicos y fragmentos de cerámica califal. Se trata de un vertedero de los siglos X-XI, del cual se obtiene valiosa información sobre las costumbres culinarias de sus habitantes: cáscaras de huevo, espinas de pescado, huesos de cabra, oveja, conejo, gallos, perdiz, liebre y buey.

Contemporánea a este vertedero resiste aún una nevera situada en la ladera norte del cerro, donde se almacenaba la nieve del invierno para conservar alimentos y enfriar bebidas durante los meses más calurosos.

Nevera….puerta
Nevera Andalusí

El castillo de la Ciudad del Cielo data del siglo XIV si bien, como la mayor parte de muchos otros de nuestra península, fue construido sobre otro anterior de origen musulmán. No es visitable su interior (hoy utilizado como cementerio), pero basta rodear su recinto para apreciar el dominio y control que ejercía sobre la zona. Cuenta la leyenda que en la alcazaba árabe fue enterrado Almanzor, el “azote del mundo cristiano”, pero su tumba nunca ha sido encontrada hasta ahora.

Castillo
Iglesia

En el año 946, el califa Abderramán III ordenó reconstruir, ampliar y fortificar Medinaceli y le otorgó la capitalidad de la Marca Media, es decir, convirtió la ciudad en el cuartel general militar y administrativo de todo el entramado defensivo musulmán situado al sur del río Duero. Es en este lugar donde los ejércitos de Almanzor, tras 20 días de duro camino desde Córdoba, descansaban para reagruparse y aprovisionarse de víveres y armas pesadas con las que asediar las fortificaciones cristianas marcadas como objetivo de su ataque.

Puerta de acceso a la ciudad

Por ello, recomendando en nuestro viaje prescindir, de momento, del aprovisionamiento de catapultas, escaleras de asalto y otros artefactos típicos de la guerra califal, sí podremos aprovechar nuestra visita para degustar en uno cualquiera de los restaurantes de la Ciudad del Cielo la gastronomía típica del lugar. Asados de cordero, cochinillo, migas, gran variedad de revueltos y una amplia oferta de platos micológicos en temporada seguro que harán más agradable nuestra estancia en el lugar. No nos olvidemos de los famosos torreznos de Soria que podremos llevarnos en nuestra mochila pues vendrán muy bien para reponer fuerzas una vez que nos encontremos en zonas más recónditas, apartadas y despobladas.

Siguiendo los pasos de las tropas Califales, tomaremos rumbo Oeste por la actual carretera SO-132, ruta en la que recomendaré determinadas paradas sin perjuicio que el viajero debe detenerse en cualquier momento que entienda necesario para disfrutar de los paisajes, parajes y pueblos que pueda ir encontrando y le llamen la atención…

Mina Petra

La Mina Petra, antigua mina de hierro a cielo abierto, hoy en día abandonada y con un asombroso lago de aguas color esmeralda que sorprende a cualquier visitante.

Se encuentra situada en la Sierra del Madero, en el término municipal de Ólvega, al Sur de la población, una de las zonas más prósperas de la provincia de Soria.

El hierro que contiene esta sierra es de alta calidad, oligisto muy puro, con leyes del 67-70% de hierro.

Mina Petra
Rocas de hierro

Ya en época Celtíbera se explotaba este valioso mineral con el que se elaboraban armas, herramientas y todo tipo de utensilios. Los Romanos también apreciaron la riqueza del lugar controlando militarmente el territorio con el cercano campamento de Augustóbriga. De esta manera, los Romanos se abastecían de hierro para sus guerras Numantinas e impedían a su vez el rearme de la población indígena.

Su explotación continúa con los musulmanes y a lo largo de toda la Edad Media y Moderna. A comienzos del siglo XX, entre 1899 y 1905, una sociedad belga explota industrialmente la mina llegando incluso a construir una vía férrea para transporte del material hasta Castejón, desde donde se transportaba el mineral a fundiciones Vascas u otras situadas en Francia, Bélgica o Inglaterra. El tramo de vía férrea entre la mina y Ólvega ha sido reconvertida hoy en día en vía verde para paseantes.

En 1954 se reinicia la explotación llegándose a extraer hasta 500 toneladas diarias. Su cierre definitivo se produce en el año 1.994.

Vista de El Moncayo desde Mina Petra

Pasea por la zona, disfruta de ella y recuerda que, con el hierro extraído de esta mina durante siglos, se construyeron las armas con las que indígenas e invasores defendieron y atacaron no sólo la provincia de Soria sino posiblemente toda la península Ibérica.

Para lo más aventureros, desde Noviercas (pueblo de obligada visita por su impresionante Torre bereber del siglo X) hay una pista de tierra para 4×4 que lleva directo a Ólvega tras cruzar la Sierra del Madero. Detente en el alto y sin prisas recorre la cumbre de Este a Oeste sembrada de modernos molinos de viento. El paraje y las vistas son magníficos.

Trashumante (I) Dña. Jacoba

22 de diciembre de 1852. San Andrés de San Pedro. Soria. Invierno

Dña. Jacoba hoy se encuentra especialmente triste. Hace ya unas semanas que comenzó a nevar intensamente y es prácticamente imposible moverse por las calles del pueblo a pesar de que algunos vecinos intentan mantenerlas limpias. Las copiosas nevadas y la permanente helada hacen incluso que sea peligroso deambular por el exterior. Una gruesa capa de hielo cubre hasta el más mínimo rincón.

San Andrés de San Pedro. Calle principal
San Andrés…fachada

Los días están siendo tristes, grises y muy nublados. El sol hace semanas que no brilla y las temperaturas  permanecen bajo cero durante todo el día. Su obsesión es mantener el fuego del hogar lo más vivo posible para al menos tener un lugar para ella y sus hijos donde calentarse. En estos últimos días todos sus pensamientos giran en torno a su querida vecina Ciriaca, la cual ha perdido recientemente al menor de sus hijos de tan sólo dos años de edad a causa de una fulminante pulmonía. El niño empezó a toser, luego vinieron las fiebres y en tres días comenzó a echar sangre muy oscura por la boca. Murió de madrugada el domingo pasado sin que pudiera recibir siquiera la visita del médico de San Pedro. La nieve en los caminos y montes supera el metro de altura y cualquier desplazamiento es del todo punto imposible y muy arriesgado. El aislamiento es total y durará semanas.

Cementerio de San Andrés de San Pedro

Desde que su marido D. Ignacio marchara a Extremadura con las ovejas a mediados del mes de septiembre, nada ha vuelto a saber de él. ¿se encontrará bien? ¿se le habrá curado el profundo corte en la mano que se hizo durante el verano  y por el cual casi pierde los dedos pulgar e índice de su mano izquierda? ¿habrá conseguido arrendar las fincas a buen precio? ¿habrá sufrido el ataque de los lobos en el camino? ¿y las ovejas? ¿estarán bien? Ninguna pregunta obtiene respuesta…

Anochece pronto. Parece que el pueblo está vacío, carente de vida. Nadie sale de sus casas, son días realmente duros y extremos. Hasta los animales estabulados en la planta baja de la casa, dos cerdos, siete ovejas y un borrico, están estos días más calmados. Casi ni se les oye y se encuentran muy quietos y parecen asustados cuando baja a echarles de comer. Dña. Jacoba piensa que es posible que también estén de duelo por la muerte del hijo de la Ciriaca. En la lejanía, en lo más profundo de la Sierra de Oncala, se oye el aullido de los lobos como si presagiaran alguna otra desgracia sobre algún habitante de San Andrés.  Dña. Jacoba, solo de pensarlo, se estremece y un escalofrío recorre cada centímetro de su cuerpo.

Cae una intensa helada, posiblemente la temperatura en el exterior sea de entre 15 y 20 grados bajo cero. Dña. Jacoba alimenta el fuego y coloca sobre el mismo un caldero de agua para hervir. Hay que ir preparando la cena para sus ocho hijos: gachas con tocino un día más.

Por la noche, cuando todos duermen, Dña. Jacoba aprovecha para remendar los rotos en la ropa de sus hijos e hilar lana que sirve para apoyar la economía familiar. Últimamente le cuesta conciliar el sueño.

Oncala

Antes de que amanezca, la actividad de Dña. Jacoba dentro de la casa es frenética: encender la lumbre, dar de comer a los animales, ordeñar las ovejas, calentar agua al fuego para asear a los críos y preparar sus desayunos a base de leche recién ordeñada de las ovejas y restos de pan duro de hace días.

La Navidad está cerca y es motivo de alegría para las familias del pueblo. En Nochebuena se reunirán en la escuela las mujeres, los niños y los ancianos. Llevan días preparando la cena que excepcionalmente será abundante y variada. Incluso se tomarán la licencia de tomar algo de licor, siempre con moderación por supuesto. Este año, Crescencio, el más anciano del pueblo con sus 98 años, ha puesto a disposición de la comunidad un cerdo de tamaño mediano que ya cuelga desollado y limpio en su pajar desde hace un par de días. Con la carne más exquisita las mujeres cocinarán un sabroso y nutritivo caldero acompañado de patatas, ajos y cebolla. Igualmente, se prepararán unas buenas ascuas donde asar el resto del cerdo y tres pavos donados en verano por D. Eulogio, médico de la comarca y del que nadie sabe nada desde hace semanas debido al temporal.

Gracias a Dios, el párroco tiene su residencia en una pequeña casa adosada a la iglesia del pueblo, dedicada a San Andrés, donde podrán celebrar con devoción la misa del Gallo y rezarán por sus padres, hijos y maridos trashumantes que desde hace meses se encuentran en mitad de la nada e incomunicados con el ganado a cientos de kilómetros de distancia.

Dña. Jacoba, en una ocasión, escuchó a un comerciante de ganado venido de León, que en la capital, Madrid, se celebra con alegría y grandes fiestas la noche del 31 de diciembre y con motivo del cambio de año. Contaba el comerciante que las mujeres y los hombres se visten con sus mejores galas para acudir al baile y beber champán, una bebida amarga y con burbujas que provocan cierto cosquilleo en la garganta. ¡¡Champán!! Dios mío ¿Qué es eso?, piensa Dña. Jacoba mientras sorbe una taza de consomé enriquecido con las tripas secas y ya revenidas del cerdo que mataron hace ya casi un año. La próxima vez que vea al médico, D. Eulogio, le preguntará si conoce esa bebida pues es hombre de mundo y cultivado. Con estos pensamientos, Dña. Jacoba se acurruca en su cama apenas calentada con un brasero y se mantiene en duermevela unas pocas horas, hasta que se levante de nuevo para sus rutinarios quehaceres diarios. Pero eso ya, amigos, es otra historia…

El origen Andalusí de Madrid

Así es, has leído bien, el origen de la ciudad de Madrid es musulmán. Su nombre árabe era “Mayerit” en referencia a la abundancia de agua en la zona.

Sobre el año 865, el emir Muhammad I ordena construir una fortaleza militar que pasa a formar parte de aquellas que integran la Marca Media y con dos objetivos fundamentales: frenar el avance cristiano hacia el Sur (vigila y controla la vía de comunicación entre la Sierra de Guadarrama y Toledo), así como tener controlada la ciudad de Toledo donde se inician continuos levantamientos contra el poder de Córdoba (la gran parte de la población de Toledo eran mozárabes y muladíes siendo en sus revueltas apoyados en muchas ocasiones por los Reinos Cristianos del norte).

Juguete Madrileño (S. X)
Enseres domésticos (S. IX – XI)

Conozcamos con mayor profundidad a Muhammad I, fundador de Madrid: Hijo y sucesor de Abderramán II, nació en Córdoba en el año 823 falleciendo en la misma ciudad el 4 de agosto del 886 a la edad de sesenta y tres años. Sucedió en el trono a su padre en el año 852. Mantuvo la prosperidad conseguida por su padre en Al Ándalus e hizo frente a las frecuentes rebeliones en las zonas fronterizas y en la ciudad de Toledo. Llevó a cabo constantes ataques contra territorio cristiano.

Personaje muy culto, con gran agilidad mental y amante de las matemáticas.

Tuvo 33 hijos y 21 hijas. De tez blanca, estatura media, cuello corto y barba muy poblada la cual se teñía con tinte rojizo.

Catedral de la Almudena vista desde el parque de Muhammad I. Restos de la muralla original Andalusí.

Madrid nace como fortaleza militar Andalusí. Esta fortificación inicial se sitúa en el promontorio en el que actualmente se encuentra el Palacio Real y la Catedral de la Almudena. En el parque de Muhammad I podrás disfrutar de unos cientos de metros de la muralla original de la fortificación. El propio nombre de la patrona de Madrid, Almudena, es de origen árabe: Al Mudayna, que significa “ciudadela” o «pequeña medina».

Poco a poco el primer Madrid militar se va convirtiendo en medina instalándose en ella numerosa población civil en la zona de extramuros, en los llamados “arrabales”. Los primeros arrabales fueron el actual barrio de La Latina, La Plaza de la Villa y el barrio de San Nicolás. No dejes de pasear por estos barrios de trazado andalusí donde podrás disfrutar de varias torres mudéjares en la Plaza de la Villa (s. XV), la Iglesia de San Pedro el Viejo (S. XIV) y en la Iglesia de San Nicolás (s. XII). Cuando te encuentres en la plaza de la Paja, deja volar tu imaginación y sumérgete en el bullicio y la frenética actividad del zoco allí situado durante siglos. Interesante el silo situado en la plaza de Ramales del cual, según las crónicas del momento, se decía que podía conservar los alimentos en buen estado durante cien años.

Plaza de la Villa
Acceso a la torre de la Plaza de la Villa.
San Pedro el Viejo
Muralla…..
San Nicolás
San Pedro el Viejo

Almanzor pasó por Madrid en el año 977, en concreto el 23 de mayo, donde agrupó a sus tropas junto a las del general Galib (gobernador militar de Medinaceli), siendo el punto de partida de su ataque a territorio cristiano contra la zona de la actual Segovia.

Se dice que uno de los primeros Madrileños del que se tiene constancia histórica fue el sabio astrólogo musulmán, Abu Maslama, más conocido como “El Madrileño” (Maslama al Mayriti, nacido en el 950 en Madrid y fallecido en Córdoba en el 1007).

Este madrileño fundó en Mayerit, en el año 1004, una escuela de matemáticas y astronomía, convirtiéndose en la primera escuela de astronomía que existió en el territorio que hoy conocemos como Europa. Maslama fue el consejero astrológico del general Almanzor al cual pronosticaba los mejores momentos en los que debía llevar a cabo sus ataques contra tierras cristianas. Incluso predijo el fin del Califato de Córdoba basándose en un eclipse de sol del año 1004, la aparición de un cometa en el 1006 y la posterior conjunción que se produjo entre Júpiter y Saturno. Como reconocimiento a sus aportaciones al mundo de la astronomía, un planeta lleva su nombre, Majriti, el cual orbita la estrella Titawin, en la constelación de Andrómeda, a 44 años luz de nuestro planeta tierra.

Madrid fue atacada en dos ocasiones por las tropas cristianas. Ramiro II, rey de León, en el año 932, derribó sus muros pasando a cuchillo a gran parte de sus habitantes, pero no ocupó la ciudad por encontrarse a demasiada distancia de sus dominios. Este ataque de Ramiro fue realizado aprovechando una incursión cuyo objetivo era ayudar a la ciudad de Toledo la cual se encontraba en esos momentos sitiada por las tropas califales. En el año 1062, Fernando I rey de León, como continuación de sus ataques en la frontera del Duero donde tomó plazas importantes como Berlanga y Gormaz, atraviesa la sierra de Guadarrama, conquista Talamanca del Jarama y Alcalá de Henares para posteriormente dirigirse hacia Mayerit. Ataca la ciudad, pero el rey de la taifa de Toledo, Al Mamún, se somete al cristiano y solicita y obtiene su protección pagando la correspondiente paria evitando así que la ciudad fuera arrasada.

Madrid fue conquistada definitivamente para la cristiandad en el año 1085 por Alfonso VI “el Bravo” sin derramamiento de sangre, posiblemente por acuerdo o rendición. La  repoblación fue realizada con gentes venidas de las comarcas actuales de Tierra de Campos, Segovia y Soria.

Felipe II, en el año 1561, convierte Madrid en la capital del reino y se inicia una destrucción sistemática de cualquier vestigio islámico de la ciudad. No era congruente que la capital del catolicismo mundial tuviera origen musulmán. Fue tal el éxito de la campaña de marketing dirigida a borrar el origen islámico de la ciudad que ha llegado incluso hasta nuestros días. Pero eso, amigos, es otra historia…