En un punto remoto del desierto de Marruecos, entre el Lago Iriki y el pueblo de Merzouga, se desplazan a toda velocidad por pistas muy rápidas, llanas y arenosas 11 vehículos Land Rover con 17 ocupantes a bordo.
Tras haber cruzado las montañas del Atlas por reviradas y vertiginosas pistas de tierra y con altitudes de hasta 2.500 metros, es nuestro cuarto día de travesía por el desierto. Estamos durmiendo bajo las estrellas y llevamos agua y comida para intentar ser lo más autónomos posible. No obstante, sí debemos acercarnos a zonas pobladas para recargar los depósitos de gasoil de nuestras máquinas donde aprovechamos para comprar pan recién hecho y fruta fresca. Por cierto, la excelencia de estos productos contrasta con la pésima calidad del gasoil marroquí.
Está siendo un día duro. Nos hemos puesto en marcha al amanecer para recorrer los aproximadamente 350 kilómetros que separan el Lago Iriki y el mar de dunas de Merzouga. En los días anteriores las distancias recorridas por el desierto han sido muy similares y con jornadas de más de doce horas de conducción fuera de asfalto.
Cruzando el lago Iriki
Hoy hemos sufrido un despiste de orientación y según los GPS nos hemos introducido en Argelia unos kilómetros. Cuando nos damos cuenta, iniciamos la vuelta y uno de los Land Rover sufre un pinchazo que provoca de forma irremediable que se prolongue nuestra estancia en este país al cual hemos entrado sin autorización y por medio de la nada. Tensa espera mientras se cambia la rueda y volvemos a Marruecos donde es habitual en esta zona de frontera ver puestos de militares y patrullas con vehículos perfectamente equipados para la guerra. Imagino que el país vecino corresponderá en los mismos términos, de ahí mi “intranquilidad” de haber sido un “sin papeles” durante kilómetros.
Volvamos a este punto remoto del desierto donde el calor es sofocante y hay una calima de un color blanco espeso que pone los pelos de punta. Curiosamente, el suelo tiene el mismo color, posiblemente debido a su alta salinidad, algún otro mineral o que se trata de algún efecto óptico o espejismo. La realidad es que yo no había visto nada semejante y la situación a primera vista parece bastante hostil. Observamos en la lejanía y en la dirección hacia la que nos dirigimos, un enorme camión con remolque, atascado en un profundo río de arena y a sus dos ocupantes deambulando por los alrededores pues poco podían hacer.
En el desierto, como en el mar, existe esa ley no escrita de auxiliar al que se encuentre en apuros y no dudamos en parar por si podemos echar una mano. El remolque del camión se había desenganchado de la cabina, por lo que a los pocos segundos los diecisiete ocupantes de nuestra expedición nos vemos involucrados en la difícil tarea de enganchar primero el remolque para posteriormente tirar de la cabina y liberar el camión completo y de una sola vez.
La labor de enganchar el remolque es más complicada de lo previsto inicialmente, pero conseguimos hacerlo tras montar un dispositivo perfectamente ideado y en el que fue fundamental la intervención de varios de nuestros land rover situados y enganchados estratégicamente en varios puntos del lateral del remolque. Sin duda, la fuerza bruta animal también fue determinante para el éxito de la misión.
Mientras tanto, se unen a nuestro equipo de rescate los ocupantes de un par de furgonetas marroquíes que pasan por los alrededores. En este desierto sorprende ver a los locales desplazarse por estos inhóspitos territorios aparentemente lejos de cualquier sitio civilizado y en cualquier tipo de vehículo, nada que ver con los nuestros. Es admirable.
Enganchado el remolque, aliviamos de arena las ruedas del camión en la medida de lo posible y enganchamos a la cabina dos potentes Land Rover Defender. Ya es cuestión de coordinación entre las dos bestias tractoras, reductora, sacar a relucir los cientos de caballos que hay bajo el capó y tirar, tirar fuerte, más fuerte aún, ¡que el Land Rover puede!
Y por supuesto que pudimos. Fue impresionante la sensación de fuerza y poder que me transmitió el Defender en esos momentos. Las ruedas de taco se agarraban con fuerza a la arena y mis 160CV recién estrenados hicieron muy bien su papel.
Así, tras varias horas de duro trabajo y tras perder posiblemente varios kilos por la tremenda sudada, el camión fue liberado. Intercambiamos abrazos fraternales con nuestros nuevos amigos y proseguimos nuestro viaje hasta Merzouga donde, hoy sí, cenaremos comida recién hecha, nos daremos una buena ducha con cambio de ropa incluido que ya hace falta y dormiremos en una cama con el objetivo de reponer fuerzas para el resto de los días que nos quedan de vagar por este desierto. Pero eso ya, querido lector, es otra historia.
Sábado, 30 de noviembre de 2019, uno de los otoños más lluviosos y fríos de los últimos años. Hacía mucho que el tiempo no acompañaba para una buena y solitaria ruta por la provincia de Soria explorando nuevos territorios.
Tengo idea de visitar un torreón islámico que tengo localizado en el pueblo de Chaorna, en la zona sur de Soria, en Tierras de Medinaceli. Se trata de una zona para mi desconocida y voy con muchas ganas pues no ha parado de llover desde hace días. Llego a Maranchón (Guadalajara) donde tomo carretera (GU 406) en dirección norte para adentrarme en tierras sorianas.
La carretera transcurre por una zona espectacular y me interno poco a poco en el mayor bosque de sabinas de Europa situado en la Sierra de Solorio. Paso de largo por pueblos como Codes e Iruecha, haciendo la más firme promesa para, en un futuro, explorar detenidamente toda esta zona.
Hago parada en el pueblo Soriano de Judes donde me doy un paseo por sus calles principales sin que note la más mínima presencia humana. En la Plaza Mayor me entretengo admirando la iglesia y una casa cuya arquitectura me llama la atención. Hace frio y llueve intermitentemente.
Judes
Judes
Pongo rumbo hacia mi destino principal, pero al poco de salir de Judes veo un embarrado camino de arcilla que se interna en el bosque de sabinas. No me lo pienso dos veces y me adentro de lleno en ese inesperado camino para, después de muchos kilómetros, mucha lluvia, mucho barro y varias cruzadas con salidas del camino incluida (todo es llano), llegar al pueblo de Arcos de Jalón sin excesivos contratiempos. Visito el casco antiguo y en la Plaza Mayor disfruto del exterior de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción (siglo XVI -XVIII) en cuya fachada hay una más que decorada placa con los oriundos del pueblo caídos en la Guerra Civil. Hay unos cuantos… Arcos de Jalón no quiere olvidar a sus vecinos.
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Arcos de Jalón
Cuando España estaba dominada por los musulmanes, Arcos de Jalón era una ciudad muy poblada y próspera que albergaba un importante enclave militar que, junto con Medinaceli, Somaén y Montuega, controlaba el valle del río Jalón, vía de comunicación entre la Meseta y el Valle del Ebro. Esta localidad, incluso una vez reconquistada, mantuvo un altísimo porcentaje de población musulmana hasta comienzos del siglo XVI. Por hacernos una idea, hay una crónica en la que los únicos cristianos del pueblo, el cura y el alcalde, enviaron un documento a su Obispado en el que comunicaban la ausencia total de parroquianos en cualquier acto religioso.
En un acto de responsabilidad, compro agua, pan y embutido en un super rural de los auténticos y me dirijo al cerro donde se ubica el Castillo cuyos restos actuales, edificados sobre una fortificación árabe anterior, datan del siglo XIV.
Del Castillo se mantiene la Torre del Homenaje y algún tramo de la muralla original. Desde el alto, si retrocedes mil años, sorprende el amplio territorio que se domina y a fecha actual puedes disfrutar de la visión del Arcos de Jalón moderno y antiguo separados por las ruinas en las que me encuentro.
Arcos de Jalón
Arcos de Jalón. Barrio antiguo
Arcos de Jalón
Por asfalto me dirijo finalmente hacia mi destino inicial, Chaorna, a unos 13 km. La carretera atraviesa un paraje espectacular y en ocasiones me recuerda a las dehesas extremeñas. Voy con mucha calma, sin prisa alguna, disfrutando de la soledad y el paisaje.
Tras una curva, aparece la primera visión del pueblo de Chaorna, entre desfiladeros, mimetizado con el paisaje y presidido en su punto más alto por el torreón árabe que busco. Me impresiona mucho. Creo estar llegando a una de las zonas más bonitas y desconocidas de la provincia de Soria.
Paro en la entrada del pueblo donde hay un ensanchamiento en la carretera con zona de juegos infantiles donde devoro un par de bocadillos. Justo enfrente, a unos 50 metros de donde me encuentro, se abre una puerta y sale una señora que se queda un buen rato mirándome con curiosidad. No hay más atisbo de vida. Hace mucho frio, el viento es infernal y la señora cuando se cansa de cotillear cierra la puerta y vuelve al calor de su hogar. Nunca más tuve noticias de ella. Ni de ella ni de nadie más.
Chaorna
Chaorna
Recorro a pie todos y cada uno de los rincones del pueblo. Se trata de un lugar espectacular, muy recomendable. Subo por una empinada, estrecha y resbaladiza cuesta hasta la iglesia y desde ahí al torreón. En el alto disfruto un buen rato del paisaje y de la absoluta soledad del lugar. Dejo volar unos minutos la imaginación con la visión que tendrían los soldados bereberes allí asentados y posteriormente sus repobladores vascos.
El torreón ha sido restaurado y merece la pena su visita aunque no sea posible acceder al interior. Data del siglo XI, tiene una altura de doce metros y los muros son de un metro de grosor.
Chaorna. Torreón árabe
Chaorna
Comienzo la bajada por el mismo estrecho y resbaladizo callejón. En cuestión de una milésima de segundo y sin esperármelo, me veo estrellado en el suelo y con un fuerte golpe en la muñeca y la cadera. Maldigo mi suerte y agradezco no haberme roto nada. Me levanto sucio, mojado y dolorido. No hay nadie, me siento muy solo, vaya golpe me he dado. Sigo mi peligrosa bajada cojeando y con muchísima prudencia, no quiero verme en situación delicada y embarazosa. Hace ya muchos años, como medida de seguridad ante imprevistos que puedan ocurrirme fuera del vehículo, tomo la precaución de llevar el móvil en el bolsillo aunque sea para desplazarme unos pocos metros. Lo que no tengo en cuenta es que en esta zona de la España deshabitada no siempre hay cobertura. Pero bueno, dicen que para emergencias siempre hay cobertura, no lo tengo del todo claro.
A los pocos minutos ya se ha calentado el cuerpo y deja de dolerme. Sigo andando por todo el pueblo y en otro extremo hay una curiosa chimenea de ladrillo rojo, junto a una fuente y una casa que debió ser en tiempos una fragua. Repito, creo que he descubierto uno de los pueblos más bonitos de la provincia. Sencillamente espectacular.
Chaorna
Chaorna
Chaorna
Vuelvo por la carretera por la que he venido en dirección Arcos de Jalón. A los pocos kilómetros veo un camino de tierra en buen estado con un cartel que indica “Arcos de Jalón”. Por supuesto opto por este camino. El firme es muy bueno, de grava blanca muy asentada y húmeda, por lo que impongo un ritmo fuerte donde disfruto de los 160 CV del motor japonés del Nissan. En estos terrenos, la verdad que este coche tiene un comportamiento excelente y es realmente divertido. Por las señalizaciones del camino, debe ser utilizado para el mantenimiento de un oleoducto que está soterrado al margen y de los túneles de la línea férrea del AVE. Cruzo por debajo de la vía del tren y el camino va empeorando poco a poco, si bien aún es muy accesible a pesar de los enormes charcos de agua y zonas embarradas.
Paso por el despoblado de Avenales y mantengo rumbo oeste, hacia Medinaceli, mi único punto de referencia conocido en todo este territorio. Me oriento con una simple brújula direccional situada en el salpicadero del coche por lo que realmente no sé exactamente en qué punto me encuentro y es divertido ir alternando los caminos buscando la dirección correcta.
En Velilla de Medinaceli me cruzo con tres seres humanos a los que pregunto si voy bien encaminado hacia la Ciudad del Cielo. Parece que sí y siguiendo sus indicaciones, vuelvo de nuevo a la soledad de los caminos. El día está muy gris, son las cuatro de la tarde y parece que anochece antes. Cae una lluvia intensa y muy fina.
A lo lejos, en una loma se dibuja la figura de una iglesia. La estampa es misteriosa, el cielo está plomizo y no hay signos de vida humana. Me voy acercando poco a poco y tomo el desvío que me lleva a este pueblo. El camino de acceso está en fuerte pendiente y con mucho barro, atravieso una primera línea de casas y aparezco de repente en una enorme plaza rectangular sin asfaltar, en cuesta y con la iglesia presidiendo desde la parte más alta. Se trata de un despoblado. Las casas, aún en pie, no están en muy mal estado. Hay grafitis en las paredes, muchos de ellos groseros. Me invade una sensación de congoja, el silencio es total, hace mucho viento y se oye el golpear de una chapa contra algún muro. Se me eriza la piel al bajarme del coche. Me siento observado.
La Lomeda
La Lomeda
Me quedo un buen rato cerca del coche, con las puertas abiertas, al acecho y atento a cualquier ruido o movimiento. No parece que haya nadie pero el lugar me inquieta. En el alto, presidiendo la plaza, está la iglesia con la puerta entreabierta. Un escalofrío recorre mi espalda. Con decisión y no siendo habitual en mí, no nos engañemos, me dirijo a la iglesia. A medida que me acerco, observo una ventana en el segundo piso y me imagino al chiflado de turno observándome. Me acojono yo solo. Sobreponiéndome a todo, traspaso el umbral de la iglesia. Los pelos se me ponen como escarpias pues la iglesia contiene aún bastante mobiliario pero todo está muy desordenado. Un banco, un confesionario, unas telas que cubren algo de la pared que no investigo qué es, el retablo desmontado en un lado…. El silencio es absoluto y noto mis músculos agarrotados. El miedo es libre. Al fondo hay otra puerta abierta pero no soy capaz de atravesarla, ni siquiera de acercarme a ella. Imponiéndome a mis miedos, desconozco si justificados o no, fotografío el interior de la iglesia y me voy cuanto antes. Me noto observado….
Llego al coche, arranco y me voy de este lugar con una rara sensación. El día incluso parece aún más gris.
La Lomeda. Interior de la iglesia
La Lomeda. Plaza
Este misterioso lugar es el pueblo llamado Lomeda. Es propiedad de la nobleza y en tiempos era una granja en la que vivían únicamente nueve familias. De los hijos que tuvieran estas familias, únicamente podía quedarse en el pueblo el más joven, el resto debían de abandonarlo de forma obligatoria por falta de alojamiento y medio de vida. Las familias recibían tierra y ganado para ganarse la vida, debiendo pagar una renta anual a los propietarios. Quedó deshabitado en los años sesenta del pasado siglo XX.
Sigo por caminos y la cosa empeora. El camino ya no es bueno, de tractor, con mucha agua y arcilloso. Caigo en las roderas de los tractores y voy golpeando con los bajos el centro del camino. ¡Maldita altura del Nissan! Voy totalmente tenso, el coche se va de un lado a otro, las ruedas con la arcilla pegada no agarran y el camino empeora. Son más de las 17 horas, no queda mucha luz, en algún tramo el coche se hunde en exceso y hago relucir de nuevo los 160 CV del nipón. El barro que arrancan las ruedas cae como lluvia sobre el techo, el capó y el parabrisas, perdiendo en ocasiones la visibilidad pues los limpias no dan más de sí. Vaya en la que me he metido de repente y no es momento para ello. Huele a atasco insalvable en soledad y a aventura nocturna en mitad de la nada. Me concentro al máximo. En ocasiones, viendo cómo se cruza el coche en el camino, creo que puedo llegar a caer por un pequeño terraplén del lateral. Valoro un posible vuelco y me agarro al volante con fuerza.
De repente y sin esperarlo, a un lado veo una pequeña explanada para poder dar la vuelta y no me lo pienso dos veces. Cambio de sentido pero soy consciente de que aún no estoy libre de la posibilidad de pasar una de las peores tardes del año pues queda deshacer este impracticable camino. De nuevo la arcilla, el agua, el arrastrar y golpear los bajos al caer inevitablemente en las roderas. Supero el peor tramo de subida absolutamente embarrado donde el coche se cruza perpendicular al camino varios metros. Conservo la calma y logro encauzarlo con total delicadeza. La tensión es total.
Por fin llego a un cruce de caminos donde veo uno con buen firme y en dirección hacia Medinaceli. Tomo esta pista, está en buen estado y pronto llego a una carretera que a los pocos kilómetros me lleva directo a Salinas de Medinaceli donde paro en sus salinas para relajarme y coger unos trozos de sal como recuerdo de esta aventura. Aún me quedan unos 80 km de carretera hasta mi refugio donde llego ya de noche cerrada. La casa está helada, llueve a mares y paso la noche en la soledad más absoluta, orgulloso de poder dormir en una cama y no estar atascado en algún punto remoto y hasta las cejas de barro. Una vez en la cama, mi cuerpo recuerda el resbalón sufrido en ese callejón olvidado. Lo que no podía imaginarme era que había disfrutado de mi última aventura en solitario antes de que un bicho invisible y asesino y con parecido nombre de infantil y ridículo monigote olímpico, cambiara nuestras vidas para siempre. Pero eso, querido amigo, ya es otra historia.
Noche de San Lorenzo y Santa Clara. 10-11 agosto 2015. En algún punto del Pantano de la Cuerda del Pozo
Desde bien joven siempre me ha gustado dormir al raso, sin más techo que las estrellas. Me resulta muy cómodo el hecho de no tener que montar ni desmontar tienda de campaña alguna y en casi todas las ocasiones, simplemente te liberas de las botas por aquello de cumplir con algún mínimo de decencia. Al día siguiente, en cuestión de segundos, ya estás preparado para afrontar una nueva aventura.
Ha habido noches de calor, de frio, de rocío, de hielo, de mosquitos, de algún ser baboso recorriendo mi cuello, pero de todas ellas guardo un buen recuerdo. Hay una especial y que casualmente compartí con mi mujer, (creo que era la primera vez que se apuntaba conmigo a algo similar), y otras veinticinco personas (un par de hijos míos entre ellos) en la que dormimos al raso en algún remoto lugar en la orilla del pantano de la Cuerda del Pozo. Era una noche muy especial para mí y otros muchos, 10 de agosto, la noche de San Lorenzo. Además, aniversario de la muerte del gran Almanzor según algunos historiadores.
Esa tarde estuvimos dando apoyo logístico con el Land Rover a un numeroso grupo de la familia que disfrutaba durante varios días de una ruta ciclista por la provincia de Soria. Miembros de mi familia, todos duros y recios, algunos más austeros que otros, jeje.
Tras una reparadora cena, no tardan los excursionistas en acomodarse en los sacos y quedarse profundamente dormidos. Son las 23 horas.
Tras un breve paseo por la orilla del pantano, decidimos meternos en nuestros sacos de dormir con la esperanza de ver alguna estrella fugaz. Las intenciones siempre son buenas, pero al poco tiempo Morfeo nos acoge en sus brazos. Siempre pasa lo mismo.
Todo transcurre con normalidad hasta la 1,50 de la madrugada en la que mi media naranja me despierta diciendo que hay un animal rondando el campamento. Me incorporo al instante y enciendo la linterna. La noche está fría pero serena y tranquila.
Rastreo nuestro alrededor con la luz de la linterna y vemos con asombro que, a no más de dos metros de nuestros pies se encuentra un enorme zorro observándonos en silencio y con curiosidad. El susto inicial no nos lo quitó nadie. Rápido, salgo del saco para calzarme las botas, movimiento que provoca que el zorro desaparezca para reaparecer al instante por otro lado y corriendo por mitad de nuestro improvisado campamento. Incluso me da la sensación de que pasa por encima de alguno de los agotados ciclistas y que duermen apiñados a escasos cuatro metros de distancia.
Comento a mi mujer que los zorros no son animales peligrosos, que no atacan. Incluso amplío la información diciendo que en España no hay animal salvaje que ataque al ser humano, debemos por tanto estar tranquilos, sólo es un zorro. Me acuerdo de un programa de Félix Rodríguez de la Fuente que vi cuando era chaval y en el que comentaban que los zorros siguen el rastro del ser humano en sus paseos por el monte pues siempre consiguen restos de comida. Suenan las campanas de la iglesia de algún pueblo cercano. Son las dos de la mañana.
Parece que mis científicas explicaciones convencen a mi mujer pues se acomoda en el saco de dormir para conciliar de nuevo el sueño a los pocos segundos. Pero yo no, imposible relajarme pues me he quedado con toda la adrenalina a flor de piel y me mantengo alerta, al acecho, vigilante.
A los pocos minutos el zorro vuelve a visitarme. Me observa, le observo. Me dirijo hacia él muy silencioso y haciendo movimientos con la linterna para asustarlo pero ni se inmuta. No da siquiera un paso atrás. Me mira fijamente. Me acojono. Intento autoconvencerme de lo que hace un rato comentaba a mi mujer. Me acuerdo del programa de Félix, pero en mi mente se dibuja la escena del animal abalanzándose sobre mí de forma agresiva y dando un bocado allí donde pille. Me pongo tenso. Busco con la mirada un palo para azuzarlo o incluso agredirle/defenderme en caso de que me ataque. El zorro sigue inmóvil, no me quita ojo de encima. Yo a él tampoco. No hay palos, no hay piedras, no hay nada para defenderme del que podría ser un inminente y salvaje ataque de esta bestia nocturna. Estoy solo, todo el mundo duerme, me siento responsable no sé muy bien de qué. Con movimientos lentos, casi felinos, me acerco sigilosamente al Land Rover, lo abro y empuño mi nuevo cuchillo comprado en Valladolid hace menos de un mes. Me posiciono con determinación frente al zorro. En mi mano izquierda la linterna, en mi mano derecha el machete. Estamos solos el zorro y yo, muy quietos, muy callados, el uno frente al otro. Adopto posición de ataque, abro los brazos y me dirijo contra la bestia pisando fuerte el terreno para hacer ruido y asustarlo. Gritaría, pero despertaría al grupo y podría cundir el pánico. El zorro retrocede y se aleja en la oscuridad. No dejo de sentirme ridículo. Detecto movimiento entre el grupo de durmientes. Vuelve todo a la calma.
Me siento en una piedra, mantengo una total tensión, no tengo sueño ni cansancio alguno. Mi mujer me pregunta que qué hago y si el zorro sigue por ahí. Le comunico con decisión que voy a estar de guardia toda la noche. Me siento un guerrero. Suenan de nuevo las campanadas de la iglesia, son las tres de la mañana. Comento a mi mujer que son campanadas de muerto…no sé a qué viene ese comentario, yo mismo me acojono con mis palabras. Me siento observado.
Sobre las 3,20 de la mañana opto por tumbarme y ver las estrellas, una dos, tres, otra más.!Es la noche de San Lorenzo!
Abro el saco de dormir al estilo manta y me lo echo por encima. Voy totalmente vestido, pantalones, forro polar y las botas puestas. Si me tengo que enfrentar a nuevos peligros debo estar preparado desde el primer instante. Me tapo bien la cabeza para intentar olvidarme de todo y evitar, si llega el caso, sentir el aliento de la bestia en la nuca o lo que es peor, un lametón en la cara previo al mordisco.
Recobro la conciencia a las 4,15 de la madrugada, tengo calor. Me pongo boca arriba, hay millones de estrellas, recuerdo el brutal encuentro con el zorro… suena una campanada…las cuatro y media…qué noche más larga… estrellas fugaces de nuevo….oigo el paso de un animal grande por la gravilla que hay en la orilla del pantano…..acaricio la fría hoja de mi cuchillo que mantengo a mi alcance. Me hago la más temida de las preguntas: ¿Qué hago yo aquí? De nuevo las campanadas de muerto, son las cinco, no tardará mucho en amanecer. Sigo alerta a las seis de la mañana. Pierdo conciencia y a las siete de la mañana, con las primeras luces y con una temperatura de 9 grados, doy por finalizado el descanso.
Hoy es Santa Clara, el amanecer es precioso y queda un largo y entretenido día por delante.
Los telediarios llevan toda la semana informando de las grandes nevadas caídas en España durante los últimos días. Como es habitual en estos tiempos que corren, las califican de excepcionales. Hace tiempo que no se ve nevar con esta intensidad y se recomienda a la población que no realicen desplazamientos salvo los estrictamente necesarios. Basta que oiga ese tipo de noticias y advertencias para que el sábado a las 8,30 de la mañana inicie mi viaje por carretera hasta Soria para arrancar el Land Rover y comprobar si efectivamente los telediarios cuentan la verdad.
A medio día ya estoy atacando la Sierra de Cebollera por su lado Este, desde la zona de Almarza.
Hace un día muy frio, pero el cielo está totalmente despejado y brilla el sol, lo que provoca que los caminos en las zonas bajas de la Sierra estén anegados de agua y barro por efecto de la nieve derritiéndose. La situación es perfecta.
Cuando asciendo hasta los 1.300 metros de altitud la pista ya se encuentra totalmente nevada y me sorprende descubrir que soy el primero en pasar por allí desde hace tiempo. No hay huellas de vehículos ni pisadas humanoides. Sólo rastro de animales. Abro pista nevada lo cual siempre conlleva su riesgo.
La concentración en la conducción es alta, voy a buen ritmo y corrijo continuamente los deslizamientos del coche para mantenerlo dentro del camino y en la dirección correcta. Llevo buenos neumáticos, anchos y con buen taco. Disfruto de vistas espectaculares del Pico Cebollera y del Moncayo, manadas de ciervos cruzándose en el camino, la soledad es total. Cada vez hay más nieve y arriesgo más, hasta que a 1600 metros de altitud el Land Rover queda encallado en la nieve hasta los ejes. Además, por el fuerte ritmo que llevaba me he introducido varios metros en zona delicada y el Land Rover se ha quedado como anclado al frio elemento. El atasco es absoluto.
Son las 13,25 horas. No me preocupa mucho la situación pues quedan aún muchas horas de luz. Tras una hora y 20 minutos paleando nieve, consigo desatascar el Land Rover. El trabajo ha sido brutal llegando en ocasiones a un agotamiento físico extremo. Estoy empapado. Liberar de nieve todos los bajos y las ruedas de un Land Rover Defender 110 resulta verdaderamente agotador: Primero, para poder acceder a las ruedas y bajos hay que quitar la nieve que rodea el coche para, a continuación, palada a palada, liberar las ruedas en su totalidad y los bajos del coche para darle altura. Todo ello con una pala de tamaño mediano, tirando a pequeña, lo cual obliga a tumbarse/revolcarse en el suelo para liberar los bajos. Tengo la moral alta pues he atascado en un sitio con vistas espectaculares y brilla el sol.
Dada la imposibilidad de seguir por esa ruta, vuelvo sobre mis pasos hasta Almarza desde donde me dirijo a Molinos de Razón por carretera para intentar la ascensión por la zona Sur de Cebollera. Pistas para mi muy conocidas por las que me muevo con comodidad a pesar de la gran cantidad de nieve. En un par de ocasiones reina la prudencia y opto por modificar el itinerario previsto por riesgo alto de nuevo atasco.
Me dirijo hacia Monte Avieco, la pista está muy resbaladiza y hay rodadas en los primeros kilómetros. Pasado el refugio que da acceso al cortafuegos de Loma de los Capotes me cruzo con un flamante buggy Polaris con sus dos ocupantes muy sonrientes, lo que demuestra el buen rato que están pasando con su juguete. Yo también estoy disfrutando a tope con mi juguete y supongo que también iría sonriente. O no, yo que se.
La pista toma rumbo Norte donde la nieve empieza a ser muy abundante y las únicas rodadas son las del buggy con el que me he cruzado hace ya un buen rato. De nuevo a 1600 metros y confiado en el rastro dejado por el tan mencionado buggy, vuelvo a atrancarme en la nieve cual aprendiz. La situación es la misma, el vehículo se ha quedado empotrado en la nieve. Ruedas, bajos….
¡No me lo acabo de creer!, aún me duele el cuerpo por el esfuerzo realizado en el desatasco de la mañana y de nuevo, a las 17,30 horas, me encuentro en la misma situación. No, en la misma situación no, peor, mucho peor.
Me invade una rara sensación, de desesperación, de frustración, queda poco más de hora y media de luz… Sin perder un minuto saco de nuevo la pala y empiezo el lento, penoso y brutal proceso de limpiar de nieve los alrededores del Land Rover para poder acceder a los bajos y ruedas. Intento no perder la calma y que cada movimiento con la pala sea de lo más efectiva.
El tiempo corre y tras una hora de duro e intenso trabajo no he sido capaz de mover el coche un solo milímetro. Sigue con gran parte de los bajos clavados en una nieve que empieza ya a congelarse pues el sol ha desaparecido hace rato. La temperatura ha bajado drásticamente y comienza el bajo cero.
Intento buscar palos y piedras para echar bajo las ruedas, pero la misión es imposible, todo está cubierto por un manto de unos 30-40 cm de impoluta nieve virgen cada vez más helada. Opto por sacar el gato, pero no sé por qué motivo no soy capaz de hacerlo funcionar, la base es de hielo que se hunde y no engancha. Intuyo peligro y pérdida de tiempo en el manejo del gato por lo que abandono esa forma de ataque. El tiempo corre, se está haciendo de noche, estoy absolutamente mojado de cintura para abajo e incluso con partes ya insensibles, tengo las manos que podría cortarme un dedo y no lo notaría. Me voy a quedar sin luz, es lo que más me preocupa.
Comienzo a desesperarme, cojo el teléfono móvil para hacer una llamada de emergencia a algún conocido para que vengan a rescatarme. ¡¡Noooooooooo!! ¡¡No hay cobertura, no hay 3G, no hay nada!! Puñetero teléfono, está como bloqueado, sólo llamadas de emergencia. Se me pasa por la cabeza efectuar esa llamada al 112 para que la Guardia Civil venga a rescatarme, pero en el instante siguiente pienso en el titular de los periódicos locales del día siguiente: “madrileño rescatado por la noche en la Sierra de Cebollera.” Por ahí sí que no paso.
Pienso también en la respuesta que podría dar a la pregunta obligada que me haría la Benemérita con cara de pocos amigos: ¿se puede saber qué hacía usted allí arriba, solo, sin comida, rodeado de nieve y a esas horas? Me mareo solo de pensarlo y ello me motiva para seguir manteniendo la calma y continuar sacando nieve pues creo que ya es cuestión de supervivencia y no es broma.
Me centro de nuevo en los bajos del coche para liberar los ejes pues si cae la noche cerrada no vería esa zona concreta. Únicamente llevo de iluminación un foco trasero en el Land Rover, ninguna linterna. Consigo liberar totalmente una de las ruedas y accedo a la tierra helada del camino la cual distribuyo entre el resto de las ruedas para tener más agarre. Estoy absolutamente desesperado.
Por mi cabeza pasan todas las posibilidades sobre cómo actuar si se me hace de noche en esta situación que se está convirtiendo en extrema. Sin cobertura, totalmente empapado, temperatura bajo cero, con un litro de agua, sin comida…… ¿sin comida? Es cuando me doy cuenta de que lo último que me eché al estómago fue un austero café con magdalenas a las 10 de la mañana en Medinaceli. Y lo peor de todo, no voy sobrado de gasoil. ¿pasar la noche allí mismo?, ¿echar a andar hasta tener cobertura? Ninguna me apetece y mucho menos abandonar el Land Rover. Eso sería lo último.
Estoy extenuado y sufro arcadas por el esfuerzo físico que realizo. Sigo sacando nieve de debajo del coche y distribuyendo tierra en las ruedas. Quitar la nieve de debajo de los bajos empieza a complicarse, pues cada vez se endurece más debido al intenso frio y los 2000 kilos del Land Rover. Además, también tengo que quitar nieve del camino varios metros hacia atrás y hacer rodadas con mezcla de tierra para salir a zona transitable. No se cuántos metros cúbicos de nieve y arena he removido, pero muchos seguro.
Enésimo intento de salida y gracias a Dios, a las 19 horas, cuando quedan apenas 15 minutos de luz, consigo arrancar mi Land Rover de la bestia blanca que lo retenía.
Aún me quedan 45 minutos de vuelta por caminos con mucha nieve y barro lo cual se me hace realmente duro. Estoy totalmente mojado, agotado y dolorido, pero con la moral muy alta y orgulloso de haber superado la situación sin consecuencias.
Ya es noche totalmente cerrada cuando a las 19,45 horas llego al camping de Valdeavellano de Tera donde me seco al calor de una buena chimenea en un comedor donde los comensales me miran con curiosidad. Me da la impresión de que no debo tener muy buen aspecto.
Ya en Soria capital, cenando un sándwich y tortilla de jamón con pimientos, medito sobre lo ocurrido y tengo la sensación de haber superado una situación algo delicada y comprometida. Me voy a la cama absolutamente agotado y la temperatura de la casa, seis grados, me resulta incluso hasta agradable.
Al día siguiente, vuelta a Madrid donde debido a las brutales agujetas y dolores por golpes recibidos contra los bajos del coche, tardo al menos cuatro o cinco días en poder moverme con normalidad. En mi trabajo aún se acuerdan de ese lunes, jeje.
No puedo negarlo, después de esta experiencia ha habido un antes y un después. Desde entonces, tengo muy presente la hora a la que anochece y aumento la prudencia a partir de determinadas horas, intento ir con algo de agua y comida, suficiente gasoil y me hago acompañar de un pequeño kit de supervivencia consistente en una linterna frontal, una navaja y un silbato. Pero aún así, queridos amigos, he visto y sigo viendo en muchas ocasiones “Las orejas al lobo”.