Andaluz y Berlanga de Duero. Soria, 11 de enero de 2025.

Siempre tengo pendiente algún lugar para visitar aunque ya haya estado en ellos previamente. Como me muevo con poca organización y en mis rutas prima la improvisación, aunque visite algún lugar, entra dentro de lo normal tener que volver de nuevo para conocer algo que quedó pendiente y cuya existencia he descubierto en estudios posteriores.

Es lo que tengo. Primero hago el trabajo de campo y luego realizo el estudio en la soledad de mi despacho y es en ese momento cuando me doy cuenta de que me he dejado aspectos interesantes en el tintero. Sí, eso es, lo hago al revés, pero es lo que hay y ello me permite ser muy flexible en mis viajes, pudiendo variar totalmente la ruta prevista en un inicio y comenzar una totalmente nueva y desconocida si veo en el horizonte algo interesante. Además, me he dado cuenta de que el estudio posterior es más intenso y productivo si la visita realmente me ha llamado la atención.

Y con estos antecedentes, decido, junto con mi media naranja y en un frio fin de semana de enero, explorar más en profundidad el pueblo soriano de Andaluz. Sí, Andaluz, nombre sorprendente para un pequeño pueblo de la profunda, fría y austera provincia de Soria.

Andaluz

Una vez en Almazán, tomamos la carretera CL116 y no tardo muchos kilómetros en vislumbrar en el horizonte, dirección Sur, una atalaya que no tengo controlada. Tomo el primer desvío el cual señala la población de Velamazán. Y efectivamente, a medida que nos acercamos la atalaya se hace realidad y en el cerro cercano también se ven las ruinas de lo que parece ser los restos de un castillo. Increíble.

Aparcamos en las inmediaciones y nos recorremos los dos cerros con estas joyas recién descubiertas. La iglesia fortaleza de San Sebastián, cuya portada desvela su origen románico, se encuentra en ruinas y alberga el cementerio del pueblo. Más arriba, una atalaya en perfecto estado. Las vistas son espectaculares y bajamos al pueblo para visitar lo que, desde este punto,  parece una gran iglesia.

Paseamos por el centro del pueblo y de uno de los edificios enfrente de la iglesia, sale una anciana que nos grita, “¡Vecinos, que el bar está aquí!”, a lo que respondemos que vamos en un momento, no queda otra. Damos un paseo por la plaza donde disfrutamos de lo que en su día fue el palacio de los Marqueses de Velamazán construido en el siglo XVII al igual que la iglesia que preside la plaza.

Velamazán
Velamazán

Entramos al bar donde nos espera una anciana muy arrugada, con el pelo blanco tirando a amarillento, vestida con una gruesa bata azul, como de estar por casa, pero con una amplia sonrisa y con ganas de atendernos y contarnos historias del pueblo. En la barra hay dos parroquianos ataviados con mono de trabajo que nos saludan también muy amables.

La anciana camarera me sirve uno de los mejores botellines de Mahou que he tomado últimamente, es decir, muy muy frío, como a mí me gustan, un pelín antes de congelarse. Y para mayor sorpresa, en contra de toda costumbre soriana, nos pone unas aceitunas de aperitivo.

Rápido se instala enfrente nuestro para darnos la bienvenida al pueblo. Pueblo que, informa, ahora está de capa caída, pero hace tiempo, con los Marqueses, era un pueblo rico, importante y lleno de gente. Al parecer el último Marqués murió a comienzos del siglo XX sin herederos y sus tierras y palacios fueron vendidos a la gente del pueblo. Se unen a la conversación los dos parroquianos. Uno de ellos es el propietario de la atalaya y me dice que otro día me la puede enseñar. Le pregunto si se trata de una atalaya árabe y me dice que los últimos estudios indican que se trata de un molino de viento y para corroborarlo, me enseña en su teléfono móvil un estudio realizado recientemente. He realizado indagaciones posteriores y efectivamente, el paisano está en lo cierto pues se trata de un molino de viento construido a fines del XIX o comienzos del XX. La atalaya la sitúan en las ruinas de la iglesia de San Sebastián, a pocos metros, lo que hoy es la torre del campanario.

Velamazán

  El otro parroquiano confirma la prosperidad del pueblo hace años, indicando que incluso tuvo un monasterio, pero nadie sabe dónde están sus ruinas. Para que la conversación no decaiga, la rubia camarera nos saca de una lata ya abierta, dos mejillones en escabeche y nos pone otro aperitivo de patatas fritas. Entran dos personas más en el bar, uno de ellos muy anciano, el cual se anima también a hablar con nosotros, de dónde somos, que seamos bienvenidos etc. Es increíble que nos encontremos en Soria. Al poco, llega otra persona que al parecer es el alcalde. La camarera nos dice que vengamos otro día para enseñarnos la iglesia y que nos regalará un gorro hecho con plástico que ella misma teje. Nos dice que los hace ella misma y que es la única que lo hace en España. Las bolsas de plástico las convierte en ovillos y con ello teje todo tipo de prendas y artilugios.

Al irnos, todos los parroquianos se despiden de nosotros con una gran sonrisa y nos siguen con la mirada hasta que desaparecemos por la puerta. La experiencia ha sido realmente entrañable. Nos da la sensación de dejar ahí a muy buena gente, de dejar amigos.

Velamazán

Con el corazón aún en un puño, proseguimos nuestro viaje y por fin llegamos a Andaluz, nuestro objetivo. Subimos con el coche al alto y comemos nuestros bocadillos en un banco situado enfrente de uno de los pórticos románicos más espectaculares de la provincia. La iglesia de San Miguel Arcángel, del siglo XII. Toda para nosotros. No se ve ni se oye a nadie. Hace frío, pero sentados al sol se está realmente a gusto.

Andaluz
Andaluz

Tras visitar el enorme puente medieval de origen romano que cruza el río Duero, nos dirigimos a lo más alto del pueblo para intentar encontrar lo que hemos venido buscando: La iglesia mozárabe de Santa Lucía (siglo X-XI), el castillo y un espectacular mirador llamado “El portillo de la Hoz” con cien metros de altura al borde de un cortado en la montaña que servía de paso hacia el Duero. Este paso fue cruzado por Almanzor gravemente enfermo tras arrasar el monasterio de San Millán de la Cogolla y en lo que fue su última operación de castigo contra los cristianos.

Tras unos kilómetros de pista de tierra ligeramente embarrada, llegamos al comienzo del sendero que nos mostrará estas importantes joyas. El viento es fuerte y muy frío, lo cual nos anima a recorrer el kilómetro y medio por este parque temático al aire libre, en el que somos los únicos visitantes y donde el paisaje es simplemente espectacular. Al fondo, en el horizonte, se divisa perfectamente la silueta de la fortaleza califal más grande y temida de todos los tiempos, el Castillo de Gormaz. Se me eriza la piel. Nos encontramos en territorio controlado por las tropas califales y la mente se me llena de pensamientos sobre lo que pudo ocurrir en todo este territorio durante la dominación musulmana.

Portillo. Gormaz al fondo

Por fin descubro el punto donde posiblemente se encuentra el origen de esta pequeña población. La iglesia de Santa Lucía se encuentra en ruina absoluta, pero con las últimas intervenciones y excavaciones (año 2018), permite hacerte una idea de lo que fue en su día. Muy cerca, el castillo, totalmente arruinado, de 25 metros de lado, de origen musulmán y que controlaba este importante paso entre montañas para cruzar el puente sobre el río Duero. La defensa del paso desde tan imponente altura haría imposible cualquier movimiento de tropas enemigas. Un poco más adelante, el borde del acantilado donde los buitres leonados pasan muy muy cerca. Simplemente espectacular. El Castillo de Gormaz sigue controlando nuestros movimientos. No puedo desviar la vista de su imponente figura.

Andaluz
Andaluz

Tomamos la decisión de hacer noche en Berlanga de Duero, pero como aún nos queda luz, nos da tiempo a realizar una pequeña ruta circular hasta nuestro destino e intentar descubrir tesoros en los pueblos cercanos. En Valderrueda no vemos nada interesante, pero sí en Fuentepinilla donde paramos para recorrer el pueblo a pie, destacando un bonito arco medieval de entrada al pueblo y un par de casas palacio con fachadas bien conservadas. Se nota que en su día este pueblecito fue Villa, disponiendo de su propio gobierno y jurisdicción. Hoy se encuentra prácticamente vacío. No vemos a nadie durante nuestra visita. Por este pueblo también pasó Almanzor a la vuelta de su última acción militar ya mencionada.

Fuentepinilla
Fuentepinilla
Fuentepinilla

Tampoco vemos nada interesante en Valderodilla ni Tajueco, por lo que nos dirigimos con las últimas luces a Berlanga para buscar refugio donde pasar la noche.

La entrada a Berlanga de Duero es fantasmagórica. Las calles están totalmente silenciosas y no se ve a nadie por la calle. Aparcamos en la misma Plaza Mayor, donde el hostal en el que pretendíamos alojarnos está apagado y cerrado a cal y canto. En un bar de la Plaza, algunos paisanos toman la primera cerveza de la tarde. El pueblo parece estar inmerso en un largo y profundo letargo invernal.

Llamamos por teléfono al Hostal y el propietario nos abre, da las luces y nos asigna una habitación con vistas a esta maravillosa Plaza Mayor, la cual es uno de los mejores ejemplos de plazas castellanas porticadas con madera.

Paseamos por silenciosas, oscuras y frías calles. La Colegiata, el Castillo y otras callejuelas solo para nosotros. Nos cruzamos con muy poca gente, todas del pueblo, ningún turista. Me atrevería a decir y creo que estoy en lo cierto, de que somos los únicos españoles que hemos tomado la decisión de visitar esa tarde la localidad de Berlanga. Algunos bares están abiertos y tomamos algo para terminar comprando repostería del Burgo de Osma en la panadería del pueblo.

Berlanga de Duero
Berlanga de Duero

A pesar de que las reseñas en Internet sobre la cocina de nuestro hostal no son buenas, no nos queda otro remedio que intentarlo pues no dan de cenar en ningún otro local del pueblo. Pinchos de tortilla de patatas, una de ellas rellena de jamón y queso, un nutritivo y reparador torrezno y una refrescante ensalada de la casa, hace que no nos equivoquemos y cenamos así de forma honorable. Durante la cena, entablamos conversación con un cliente habitual del bar que, casualidades de la vida, vivía en Fuentepinilla, bastante majete, soltero, más o menos de mi edad y dedicado a la agricultura, por lo que, según nos dice, tiene bastante tiempo libre. En su pueblo únicamente hay ancianos y él viene a Berlanga a tomarse los cafés e imagino que para relacionarse con otros seres humanos. Aparece también otro agricultor, este ya jubilado, el cual se une a la conversación que tenemos entablada en el bar. Somos los únicos clientes junto con un anciano que cena en silencio en la mesa de al lado. No nos olvidemos que nos encontramos en la zona más despoblada de España donde la realidad rural, sobre todo en el frio y solitario mes de enero, es aún más dura, al menos desde nuestro punto de vista de urbanitas.

Berlanga de Duero

Cuando nos retiramos a dormir, parece que el sistema de aire caliente no funciona y la habitación está a doce grados. Nos facilitan un calefactor para que al respirar no salga vaho.

A la mañana siguiente, sobre las 8.30, con el bajo cero, salgo a pasear por el pueblo y realizar las habituales fotografías. Por la calle, solo me cruzo con grupos de vecinos organizando su batida de caza. La verdad que me llama la atención su sofisticada indumentaria de camuflaje. ¿Dónde ha quedado el clásico pantalón y jersey verde? Más parecen mercenarios adiestrados para matar, que simples cazadores.

Tras mi solitario y largo paseo, cuando vuelvo al hostal para desayunar, en el bar me encuentro de nuevo a nuestro nuevo amigo de Fuentepinilla tomando un café. Nos saludamos, cruzamos algunas palabras y rechazo amablemente su invitación a café. Pienso de nuevo en la vida tan distinta que podemos tener este tipo y yo y eso que ha visto mundo por lo que comenta. No se me va de la cabeza. También está en el bar el anciano que ayer cenaba en silencio. En otra esquina hay un hombre de mediana edad que no se encuentra en sus cabales porque habla solo y de forma muy rápida e ininteligible.

Desayunamos café y tostadas, mantenemos nueva conversación con el de Fuentepinilla y tomamos carretera hacia Madrid haciendo parada en Almazán donde paseamos una vez más por su espectacular Plaza Mayor, presidida por el imponente Palacio de los Mendoza y la Iglesia románica de San Miguel. Pero eso ya, amigos, eso ya es otra historia.

Velamazán
Fuentepinilla
Andaluz
Berlanga de Duero

Fez. La ciudad de los gatos. 30 noviembre 2024

Corre el año 818 en Córdoba. El emir Al Hakam I gobierna Al Ándalus con mano dura. Se le califica como déspota, poco conciliador, autoritario, violento, impulsivo, injusto y alejado de la fe musulmana. Vivía con grandes lujos y se dedicaba fundamentalmente a jugar, cazar, beber y disfrutar de todos los placeres que brinda la vida. Sin duda un personaje cruel y sanguinario que dejó 19 hijos varones y 21 hijas.

Su mandato está marcado por numerosas rebeliones internas, las cuales son aplastadas con extrema violencia. En el año 818 los habitantes del arrabal conocido como “Saqunda” y situado en la orilla sur del Guadalquivir, una vez cruzado el puente romano, se levantan en armas e intentan tomar el Alcázar, lugar de residencia del Emir. Ante lo comprometido de la situación, el emir ordena a su ejército que sorteen el cerco impuesto por los enfurecidos ciudadanos y arrasen el barrio de los rebeldes al otro lado del río.

Los soldados cumplen escrupulosamente las órdenes recibidas y entran a sangre y fuego en el arrabal de Saqunda, prendiendo fuego a las viviendas y pasando a cuchillo a los que allí se encuentran. Ancianos, mujeres y niños. No se libra nadie.

La medida adoptada consigue su efecto, pues los revolucionarios que asediaban el palacio, al darse cuenta de la maniobra del emir, acuden a su barrio para la defensa de sus familias, iniciándose así una enorme carnicería, en la que el barrio es arrasado y sus habitantes son masacrados sin piedad durante tres días. Los supervivientes, son obligados a abandonar Al Ándalus de forma inmediata y se ordena que no se vuelva a construir nada sobre las ruinas del barrio, siendo el terreno roturado y sembrado de sal. (Para quien conozca Córdoba, se trata del actual barrio de Miraflores, donde aún hoy parece que la maldición se mantiene pues hay muy poca construcción. Algunas casas y un centro de arte contemporáneo)

Cuentan las crónicas de la época, que el Emir “declaró presa lícita a las mujeres de los del Arrabal y sus secuaces, así como autorizó todo acto de muerte saqueo e incendio”

Ocho mil familias supervivientes de la masacre se instalan en la recién fundada ciudad de Fez para iniciar una nueva vida. En la actual ciudad de Fez aún quedan vestigios que recuerdan a estos refugiados, pues un importante barrio de la Medina se denomina el barrio andaluz e incluso, una de las grandes mezquitas de la ciudad es conocida también como la mezquita de los andaluces.

Ya es costumbre familiar viajar a Marruecos y esta vez hemos decidido como destino la ciudad de Fez. Un matrimonio amigo se une al viaje lo cual garantiza aún más que lo pasaremos estupendamente. Tras un rápido vuelo de poco más de hora y media y algún rebote extraño en el aterrizaje o al menos esa fue la sensación del pasaje, pisamos de nuevo tierra bereber donde la temperatura es muy cálida a pesar de estar en el último día del mes de noviembre.

Tras casi una hora de tráfico intenso llegamos a nuestro Riad donde, como es de rigor, nos reciben con mucha amabilidad y con un té hirviente esta vez acompañado de una espesa, densa y nutritiva galleta almendrada de la cual no dejamos ni rastro pues la comida de hoy la hemos hecho antes del mediodía.

No tardamos en acomodarnos en nuestras habitaciones y salimos a la calle. El Riad se encuentra en plena Medina y en una de las calles más transitadas y comerciales, Rue Talaa Kebira, arteria comercial de la ciudad, por lo que en cuestión de segundos nos vemos inmersos en plena vorágine.  No puedo evitar comparar esta Medina con la de Marrakech y ésta es algo diferente. Hay menos gente, no hay motos que sortear y los comerciantes no son tan insistentes. Nos llama mucho la atención la cantidad de gatos que hay por todos lados. Cientos de ellos deambulando por las calles y callejones, en los comercios, restaurantes incluso y algunos instalados en cómodas cajas de cartón que utilizan para descansar y dormir. Tras varias horas dando vueltas, nos tomamos una cerveza en una terraza con grandes vistas donde escuchamos, por fin, la primera llamada a la oración de este viaje. La cerveza es buena, marca Casablanca, es decir, producto local. De aperitivo, pepino natural cortado en rodajas y zanahoria fuertemente especiada.

A las 20.30 horas tenemos reservada cena en el restaurante Palais Bab Sahra, donde llegamos tras preguntar a los lugareños infinidad de veces y finalmente uno de ellos, nos acompañó amablemente hasta la misma puerta tras recorrer infinitos callejones muy muy estrechos, mal iluminados, poco cuidados e infestados de gatos. Por nuestra cuenta hubiera sido imposible llegar pues todo era laberíntico y habríamos tenido incluso cierta sensación de inseguridad, no por la gente, sino por lo oscuro, tétrico y estrecho de las callejuelas.

El restaurante, como su propio nombre indica, es un palacio ricamente adornado, de varias plantas y en su patio central hay muchísimas mesas ya ocupadas por los propios marroquíes. De un vistazo vemos que somos los únicos turistas y eso siempre es buena señal. Algo se celebra, pues actúa un grupo de folclore local, compuesto por un cantante y cuatro o cinco tambores. El público baila y acompaña la música con palmas. Las canciones son interminables, de larga, larguísima duración.

Nos acomodan en una especie de reservado en uno de los laterales donde tenemos una visión perfecta de todos lo que nos rodea y rápido nos toman nota. Ensalada marroquí y unos tajines de pollo con verduras y ternera con almendras. La ensalada nos la traen para los cuatro en varios platillos y cada uno con un misterioso ingrediente: pimientos, remolacha, berenjena, patata, zanahoria, calabaza y algún otro ingrediente difícil de identificar, pero siempre adecuado, bueno y especiado. Los tajin, buenos, pero con demasiada verdura, mucha zanahoria y mucho calabacín. Por fin, en el fondo del volcán vegetariano, el ansiado trozo de carne. Hago la promesa de no volver a tomar zanahoria durante un periodo largo. No puedo más.

Mientras tanto, la música ha parado y comienzan a servir la comida a los lugareños. Debe ser un menú ya acordado, pues en cada mesa, de unas siete u ocho personas, depositan una fuente enorme con cuatro enormes pollos asados recubiertos de una capa de almendras en su parte superior. La pinta es buenísima y su sabor imaginamos que mejor, pues los comensales se abalanzan sobre ellos, algunos con cubiertos y otros con las manos directamente. Los de la mesa de al lado, todo hombres, por cierto, al ver que preguntábamos al camarero de qué se trataba, nos ofrecen compartir el pollo lo cual desechamos. Los más mayores atacan el pollo con las manos, arrancan una porción, la engullen, se relamen los dedos para eliminar todo rastro de grasa y vuelta a desgarrar otra porción para continuar el festín. Por supuesto que no son capaces de acabarse los cuatro pollos. Ni ellos, ni ninguna de las mesas que nos rodean. Sobra más de la mitad.

Mientras tanto, a nosotros nos sirven el postre que consiste en una enorme bandeja rebosante de fruta. Plátanos, manzanas y naranjas, una pieza de cada para cada uno y que no somos capaces de finalizar. La naranja exquisita, por cierto.

Llega el segundo plato para los lugareños, consistente en unas enormes ollas de barro de Tanjia, carne de vaca asada durante horas en el horno y muy especiada, cuyo contenido vierten en una enorme fuente central y donde cada uno se sirve como quiere, ya sea con cubiertos o con las manos. De nuevo son incapaces de acabar el plato y sobran varios kilos de carne por mesa. Alguno utiliza de forma muy diestra dos trozos de pan para servirse y engullir la carne con mucha salsa.

Mientras degustamos un exquisito té con pastas, llega al resto de mesas una descomunal fuente de fruta. Plátanos, manzanas, naranjas, piña y kiwis en una cantidad imposible de determinar. Nunca habíamos visto tanta cantidad de comida. Brutal.

De nuevo comienza la música, los bailes y las palmas, lo cual aprovechamos, por indicación del responsable del local, para visitar el palacio en todos y cada uno de sus rincones. Simplemente espectacular. Debe tener unos cuatro pisos, multitud de reservados para comer, un enorme salón con una cocina totalmente equipada donde dan cursos de cocina, todo con una cuidada decoración y rematado con una terraza espectacular con vistas a la Medina.

Ya de vuelta en el hotel, antes de dormir, brindamos por nosotros mismos con unos chupitos de crema de orujo comprados en el aeropuerto de Madrid.

Seis y media de la mañana. La llamada a la oración nos despierta y nos permite estar a las 8,30 en el comedor para el desayuno. Café, pan, pastel, miel, mermelada y un huevo duro pero cascado previamente a ser cocido, nos da energía para iniciar este nuevo día. El Riad tiene sus propios gatos los cuales campan a sus anchas sin límite alguno. Además, tienen como compañera a una enorme tortuga mora que deambula lentamente por los suelos alfombrados.

A las 10 de la mañana hemos reservado un free tour por la ciudad, pero el encargado del hotel nos envía en dirección contraria. Ello provoca que, a primera hora y a buen ritmo, nos pateemos toda la calle  Talaa Kebira con sus terribles cuestas tanto de subida como de bajada. Cada vez que preguntábamos a los lugareños por la dirección en la que habíamos quedado con el guía, unos nos enviaban en dirección contraria, pero otros en cambio decían que íbamos bien. La dirección correcta era la puerta del Liceo Moulay Idrisis y la gente nos enviaba hacia el mausoleo de este señor y a otros edificios con su nombre. Hay que tener en cuenta que edificios con ese nombre debía de haber varios pues se trata de un rey de Marruecos, descendiente directo de Mahoma, fundador de una de las dinastías más importantes de Marruecos que gobernó entre los siglos VIII y X y de la propia ciudad de Fez en el año 789.

Con el cuerpo ya tembloroso por el ritmo impuesto en las cuestas durante más de una hora, llegamos a la puerta del Liceo con varios minutos de retraso y allí ya no quedaba nadie. Únicamente los buscavidas, uno de los cuales se ofreció para hacernos de guía durante la mañana. Acordamos el precio y recorremos la Medina por callejones muchos de ellos alejados de turistas y no siempre comerciales.

La Medina de Fez es la más grande del mundo. La califican también como la mayor zona peatonal del planeta. Consta de 9.000 callejones y con una extensión de unas 250 hectáreas. Es brutal. Pasear por sus callejones, muchos de ellos totalmente oscuros a plena luz del día, permite trasladarte a los orígenes de la ciudad a finales del siglo VIII. Sigue tal cual. Es alucinante. Las fuentes y las pequeñas mezquitas son innumerables, parecen multiplicarse.

Visitamos también el barrio andaluz, donde se instalaron nuestros compatriotas refugiados a comienzos del siglo IX y donde se encuentra una de las mezquitas más grandes de la ciudad, la Mezquita de los Andaluces. El minarete de esa mezquita fue financiado ni más ni menos por el propio Abderramán III, con el botín obtenido de sus correrías contra los cristianos en la península ibérica. El minarete sigue ahí y me siento muy identificado, no lo puedo remediar. Allí hay una parte importante huella de nuestros bravos antepasados.

Mi preferida se para en una tiendecita a ver unos mosaicos y el guía, con poco tacto y abusando de su condición de machito musulmán, se dirige a ella y le dice que solo puede pararse cuando él lo diga y en las tiendas que nos indique. Desconoce el guía, Abdil, que se enfrenta a una mujer curtida en mil batallas en los zocos marroquíes y que incluso hace unos años realizó un largo viaje de aventura durmiendo bajo las estrellas del desierto del Sáhara. Lejos de achantarse, esta valerosa mujer, le habla alto y claro al guía espetándole, “Me parece muy bien lo que dices, pero yo me paro dónde y cuándo me da la gana”. El vapuleado y derrotado guía se queda cortado por el ímpetu femenino y algo avergonzado pide perdón una y otra vez.

Obligada parada en una curtiduría donde se tratan las pieles de cabra, vaca y camello para convertirlas en cuero. A través de un comercio, accedemos a una terraza donde puedes ver la curtiduría en su conjunto. Dado que los primeros lavados de las pieles se realizan en grandes cubas con agua en la que se vierten ingentes cantidades de excrementos de paloma, dicen que el olor es insoportable para los visitantes. Para soportar el vomitivo olor, te dan un puñado de hojas de menta o hierbabuena y te recomiendan que te lo pongas debajo de la nariz.

Yo, que soy el más chulo de todos, antes de ponerme las hierbecitas en la nariz, quiero primero verificar que efectivamente la pestilencia es total, por lo que entro a pecho descubierto en la terraza. Sorprendentemente no detecto ningún olor, pero el problema debe ser mío dado que, al resto de visitantes, incluyendo mis compañeros de viaje, se les arruga la cara y se llevan a las narices las hierbas aromáticas. Incluso algún visitante amaga con arcadas. Yo sigo a pelo y no huelo nada. Pero nada de nada. Está claro que tengo un problema, pero no me lo voy a mirar.

Al salir de la terraza, los dueños del comercio intentan retenerte para mostrar su mercancía y sorprende ver en qué pueden convertirse esas pestilentes pieles. Chaquetas, bolsos, carteras, cinturones, etc… Cierto es que el cuero marroquí tiene un olor muy intenso y especial, lo cual elimina de raíz las ganas de comprar algo por pequeño que sea. Estoy convencido que una simple cazadora o chaqueta puede apestar totalmente cualquier domicilio europeo y provocar que tengas que tirar el resto de la ropa del armario donde intentes guardar lo adquirido. Ni con un bolso o cartera nos atrevemos. Y eso que son preciosos y de buena calidad.

Nos despedimos ya de nuestro guía, el cual, besa las manos de las mujeres y a mí, no sé por qué, me obsequia con dos húmedos besos, uno en cada mejilla. A mi otro acompañante masculino, más afortunado, le da también un beso, pero en la gorra que corona su cabeza.

Es momento de ir a un lugar con roof top y tomarse una cerveza. Cerca de nuestro Riad hay uno y el camarero, cuando nuestras mujeres se ausentan unos minutos, nos ofrece polen de hachís depositando su mercancía en la mesa e indicando que podemos fumar allí mismo. Jajajaja, ¡esto es el verdadero Marruecos! La oferta es rechazada con amabilidad.

Comemos en otra terraza, llena de gatos, por cierto, unas brochetas de carne con arroz y deambulamos el resto de la tarde por las calles de la Medina. Es momento de hacer alguna compra. Anacardos, camellitos de madera, artesanía, bolsos de imitación, ropa, lo que quieras. Todo a buen precio y sin olvidar el obligado regateo previo en lo cual somos ya expertos.

Cena en el roof top del Restaurante Mouda donde degustamos un exquisito y delicado humus libanés y una hamburguesa con la mejor carne de vaca de la zona.

Ya he comentado con anterioridad que Fez recibió a comienzos del siglo IX a miles de familias andalusíes, creando un vínculo con la península que creo que se mantiene hoy en día. El más temido general de Al Ándalus, Almanzor, dedicó también mucha atención a esta ciudad. Así, en el año 986, Fez fue elegida capital de los territorios sometidos por los Omeyas en África del Norte. Incluso se le concedió a la ciudad el privilegio de poder acuñar moneda. Esta buena relación con Fez propició incluso que muchos de sus habitantes se desplazaran a la península, recibiendo así un importante número de comerciantes, guerreros, religiosos y sabios intelectuales. En fin, que estamos como en casa.

La ciudad es tomada por bereberes rebeldes al Califato y Almanzor rápido envía a su hijo Al Malik para su reconquista, lo cual consigue en el año 998. Una vez fallecido Almanzor, su hijo cede el gobierno de la ciudad a un jefe bereber fiel al Califato de Córdoba, adoptando para la sucesión del cargo un sistema hereditario similar al de los Omeya, permitiendo así estabilidad en el gobierno hasta su conquista por los Almorávides en el año 1069. Son estos los que amurallan la ciudad y que hoy en día aún se conserva en muy buen estado.

De nuevo el Riad nos sorprende con un buen desayuno a base de café, miel, mermeladas, tortilla y diversas tortas de masa de pan. Tenemos toda la mañana por delante y qué mejor forma de pasarla que volver a pasear por la zona comercial de La Medina para traspasar los límites a los que habíamos llegado los días anteriores. Visitamos una tienda de cosméticos y especias regida por mujeres y comemos en un restaurante a pie de calle donde disfrutamos de una fresca ensalada marroquí y diverso tajín. Vuelta al Riad donde nos espera un taxi que nos lleva al aeropuerto, poniendo así fin a esta breve pero intensa aventura marroquí.

No quiero finalizar esta crónica sin recomendar la visita de la ciudad de Fez a todo aquel que tenga el privilegio de leer estas líneas. Es una ciudad milenaria, pero también tiene sus barrios modernos y que visitaremos en otra ocasión. Es el centro cultural y religioso de Marruecos. Posee una de las Universidades más antiguas del mundo fundada en el siglo IX y eso se nota. Ciudad receptora no sólo de los expulsados en el año 818 de la península ibérica, sino también de musulmanes y judíos expulsados de España por los Reyes Católicos.

Una frase que leí en mis investigaciones previas al viaje es que Fez hereda la nobleza árabe, el refinamiento andaluz, la maestría judía y la perseverancia bereber. Y yo aquí te lo he intentado describir, pero aún queda mucho por descubrir, lo cual, amigo, dará para otras muchas historias.

XIV RUTA SORIANA. 8-10 DE NOVIEMBRE DE 2024

La satisfacción es total cuando ofreces un fin de semana en el monte para disfrutar de nuestros vehículos todo terreno y nadie falta a la cita. La satisfacción incluso aumenta cuando ves que no sólo se apunta el conductor del vehículo, sino también sus cónyuges, sus hijos, incluso alguno de éstos con sus novios, siempre formales, reconocidos y aceptados, por supuesto.

Esta es la catorceava Ruta Soriana que celebramos, si bien ha habido otras muchas no oficiales con parte de los miembros más asiduos, sin preparación previa alguna y fruto de la más simple casualidad.

Así, después de tantos años, es cierto que ya se me acaban las ideas para innovar en las rutas, por lo que de vez en cuando repito alguna de ellas, al menos la zona, como ha sido el caso, pero siempre intentando introducir alguna novedad que ponga a prueba no solo a nuestros vehículos sino también la destreza de los conductores y la templanza de copilotos y demás ocupantes.

De nuevo la Sierra de Cebollera ha sido la protagonista, la cual en esta época del año es multicolor y se encuentra a rebosar de agua por la abundancia de lluvia de las últimas semanas. El otoño aquí ha entrado de lleno y los densos bosques de pinos, robles y hayas nos sorprenden con infinitas tonalidades de verdes, amarillos, rojos y naranjas.

Como siempre, instalamos nuestro cuartel general en el Hostal Lázaro donde el viernes al anochecer ya estamos acomodados todos los integrantes de esta aventura. En total trece personas y cinco vehículos, cuatro Land Rover y un Mitsubishi. Nuestros amigos valencianos no han dudado en venir de nuevo a esta fría tierra y nos ponen al día con las escalofriantes experiencias que han vivido en primera persona por el terrible temporal de la Dana que ha devastado su provincia recientemente. Liberados los nervios y tensión iniciales de tan triste tema, entre botellín y botellín y entre plato y plato, nos ponemos al día sobre nuestras vidas y viajes de los últimos meses y como siempre, sembramos la semillita para nuevas aventuras africanas en el año 2025.

El sábado amanece sin frío y arrancamos los motores a las 10 de la mañana para dirigirnos a la zona conocida como El Valle, donde se puede acceder a la Sierra por multitud de caminos. Esta vez iniciamos la ruta fuera de asfalto por un camino distinto al habitual y que comienza en la carretera que enlaza Sotillo del Rincón y el Alto del Royo. En concreto, quiero realizar de nuevo la ruta que hice hace dos semanas y en la que me vi en serios problemas debido al blando terreno de los cortafuegos consecuencia de las fuertes lluvias y nieve que caían en ese instante. Es buen momento para enfrentarme de nuevo a esa subida totalmente embarrada y con profundas zanjas que no puede superar en ese solitario día.

Pero también tengo intenciones más oscuras y malignas. Me gustaría poner en un aprieto a nuestro amigo de Alcalá, que ha venido con su familia al completo y a bordo de un Land Rover Freelander sin reductoras, pero con buenas ruedas de taco. Lo tengo difícil, pero al menos lo voy a intentar.

Rápido empieza la pendiente del cortafuegos lo que obliga a subir despacito y en primera marcha. No hay excesiva dificultad, pero no quito el ojo del retrovisor en los tramos más trialeros y embarrados para ver cómo se defiende el Freelander. El puñetero me sigue a pocos metros de distancia.

Iniciamos ya la pendiente más fuerte y en la zona que hace dos semanas fue insalvable, pasamos sin problemas, con las ruedas siempre en las partes altas dejando las zanjas en la parte central. Dado que el terreno está más endurecido, no hay resbalones que te empujan sin remedio a las zonas más rotas y profundas del camino. El Freelander me sigue a corta distancia y con mucha discreción. Seguimos cogiendo altura por el cortafuegos, hasta que de repente vemos un todo terreno parado en un lateral y al lado un cazador con ropa fluorescente, armado hasta los dientes y con cara de pocos amigos. Nos hemos metido de lleno en una montería, de eso no hay duda.

Bajo del coche y el tipo de muy malas maneras me dice que nos tenemos que ir y que si no hemos visto los carteles. Sostiene su rifle con una sola mano y me da la impresión de que no controla el movimiento que hace con el mismo. No me gusta nada la situación, le digo que no hemos visto ningún cartel pues hemos accedido por cortafuegos y sin tener otra opción damos la vuelta para desandar lo hecho hasta ahora.

Engrano reductora para ganar seguridad en la bajada y por el retrovisor observo como el Freelander sigue ahí, incansable, sin inmutarse ni dar signos de debilidad. En el segundo tramo del cortafuegos, tanto el piloto del Freelander como yo mismo, cedemos los mandos a nuestros hijos aprendices para que se desfoguen en esta dura bajada.

Tomamos la carretera en el mismo punto en el que accedimos a la Sierra y recorremos unos pocos kilómetros de asfalto hasta el Alto del Royo donde de nuevo accedemos por pista y rápido nos adentramos en los sombríos hayedos que están realmente espectaculares en este momento del año.

Parada a comer en un secreto refugio, donde la familia del Freelander cocina unas exquisitas migas al mejor estilo soriano y a las que previamente se les dio un toque de humedad en mitad de la ruta. Nada da pereza. Botella de butano tradicional, la de siempre, la naranja, esa que pesa como un muerto. Además, unos buenos soportes donde están los fuegos y una enorme sartén donde se cocinan varios kilos de migas para trece hambrientos comensales. No quiero olvidarme de otra sartén, también enorme pero menor que la anterior, donde se fríen a la vez media docena de huevos. De aperitivo, chorizo soriano, fuet y tortillas de patata. Resulta que esta semana había sido el cumpleaños del cocinero por lo que le cantamos con efusividad la típica canción y le agasajamos con un kit de productos sorianos a base de chorizo, torreznos, patatas fritas, paté de pato y un buen crianza de la zona. Para el resto de los invitados, también hubo una ristra del mejor chorizo de la tierra para así evitar envidias y cuchicheos. Uno de los miembros más jóvenes, posiblemente afectado por la buena comida y los dulces que la siguieron, coge en brazos al piloto del Ligero amarillo y calcula su peso sobre la marcha. Estas cosas solo se ven en reuniones como estas. Da gusto.

Una buena forma de finalizar la ruta es acercarse a la ermita de la Virgen del Royo, situada en un antiguo castro ibérico y donde puedes subir al campanario y disfrutar de una de las mejores vistas de la provincia de Soria. Por favor, no toques las campanas. Siempre hay alguno que no puede evitar tocarlas…. Allí estuvimos disfrutando del lugar hasta las últimas luces.

Retornamos por carretera no sin antes despedirnos de la familia del flamante Freelander que nos dejó a todos impresionados, sobre todo a mí, por sus altas capacidades fuera de asfalto.

Ya en el Hostal, entre botellín y botellín y entre plato y plato, nos recreamos con todas las anécdotas del día y regamos la semilla ayer plantada sobre la futura aventura africana para el 2025.

El desayuno del domingo nos permite descubrir la sorprendente organización de la nevera de uno de los presentes: En la parte de arriba latas de cerveza Mahou con un dispensador especial que permite coger siempre la más fría. Por supuesto, las latas perfectamente colocadas con el logo a la vista. Mahou roja, faltaría más. En la parte media, embutidos de primera clase. En la puerta de la nevera y con un cartel que reza “sólo para casos urgentes”, una lata de Mahou y algo de licor de hierbas en una petaca. El resto vacío. En la primera balda del congelador, hielos para las copas. En la segunda balda, copas para la cerveza y en la última balda, algo de carne. Remata su intervención con nostalgia, añadiendo lo que ha subido la cesta de la compra.

Otros tenemos el congelador repleto de níscalos. No se libra nadie. Cada uno con sus cosas. Desde entonces, cada vez que relleno mi nevera con la tan nombrada cerveza madrileña, me preocupo que el logo quede a la vista y en perfecta formación.

Finalizamos la jornada con la relajante actividad micológica de recoger los últimos níscalos de la temporada, pero eso ya, amigos, eso ya es otra historia.

Sin rumbo por la Sierra de Cebollera. 26 de octubre de 2024

Siempre digo lo mismo. Los mejores momentos en el monte con mi Land Rover no hay que ir a buscarlos. Surgen en cualquier inocente ruta y sin previsión alguna.

El fin de semana comienza muy tranquilo, como el de cualquier buen padre de familia. A las 10 de la mañana del sábado estoy en Soria capital pues tengo que realizar unos trámites administrativos con una arquitecta local. Como he llegado con tiempo de sobra, paro en un bar cerca de mi casa para tomarme un café y quitarme la pesadez del madrugón y del viaje a primera hora. En ese momento el bar se encuentra vacío y la camarera, de origen dominicano, está ociosa y disimula intentando quitar la mierda incrustada en diversos rincones de la barra.

“Buenos días, un cortado por favor” le digo a la amable señorita. Rápido se sitúa la caribeña ante la máquina de café y comienza a rellenarse la taza de tan preciado líquido. Mientras tanto, me hurgo en la cartera y saco un billete de 20 euros para proceder al pago. La camarera ve el billete y me dice que no tiene cambio. Le indico que no tengo billete más pequeño ni monedas y se limita a encogerse de hombros. Le insisto en que debe tener cambio pues de lo contrario no puedo pagarle. De nuevo responde con su escaso, básico y primitivo lenguaje corporal, encogiéndose de nuevo de hombros. Ningún sonido sale de su boca.

Le indico con sequedad que como no puedo pagar no quiero el café pues, como es lógico, no voy a tomarlo gratis. Esta vez la morena levanta las cejas mientras retira el café de la máquina. Me limito a despedirme con un serio “hasta luego”, me doy la vuelta y salgo del bar sin sorpresa alguna pues soy consciente de que me encuentro en Soria. Me viene a la mente mi última crónica publicada en esta página referente al patético servicio en los bares de esta capital, lo cual contribuye a su acelerado despoblamiento y más que posible extinción en no muchas décadas. También pienso que la chica debía ser algo sordomuda pues pocos sonidos emitió.

Sobre las 13 horas, arranco el Land Rover y mientras se calienta, aprovecho para recoger los escasos níscalos sanos que aún quedan por la zona. Hay otros muchos, la mayoría, que ya no son comestibles pues los gusanos y sus larvas lo utilizan como incubadora para las futuras generaciones.

Ya en carretera dirección Norte, estudio el horizonte y observo que la Sierra de Cebollera se encuentra envuelta en unas nubes negras cargadas de agua y con muy buena pinta. Decidido mi destino de hoy, me desplazo por carretera hasta Molinos de Razón donde se encuentra la pista principal de a acceso a la Sierra. No me he equivocado y una vez que entro en el Valle custodiado por esta Sierra, la lluvia torrencial hace acto de presencia.

Me incorporo a la pista, pero a los dos kilómetros me encuentro con una señal de prohibido el paso dado que se está celebrando una montería. Doy la vuelta y vuelvo al asfalto ya pensando en internarme en la Sierra a través de cualquier otro camino. Dejo atrás Sotillo del Rincón y me dirijo hacia el Alto del Royo. En mitad del trayecto y antes de lo que se viene llamando el kilómetro 17 (zona de baño para el verano en el río Razón), veo un camino y sin dudarlo me desvío inmediatamente. 

Este camino comienza en llano, pero como es de esperar, no tarda en convertirse en una divertida y empinada subida en mitad de un cortafuegos. Es un camino muy roto, con mucha piedra suelta y profundas zanjas, lo que unido al barro, obliga a meter marchas reductoras para posibilitar el avance. Sigue lloviendo sin parar.

Este cortafuegos es cortado a media ladera por la pista principal y tras cruzarla, continúa con mucha más pendiente y por el que cae un torrente de agua bastante caudaloso. Esta continuación del cortafuegos es de lo más atractiva, pero antes de atacarlo, paro en la pista principal para hacerme un bocata. Nunca me ha gustado comer dentro del coche, pero no me queda otra pues la lluvia torrencial se mantiene y en cuestión de minutos se convierte en nieve. La situación es perfecta. Me encuentro en absoluta soledad, no hay cobertura de móvil y no hay ni rastro de los cazadores. Además, el tiempo acompaña.

Con la preparación del bocadillo y los primeros mordiscos, se me llena todo de incómodas y pegajosas miguitas de pan. Mi ropa, el volante, la cajonera central, el asiento, el suelo… ¡Qué poco me gusta! Además, el que conozca el puesto del conductor del Land Rover, sabe el escaso espacio que hay y lo limitado de los movimientos posibles, por lo que opto por salir al exterior y degustar mi bocadillo al aire libre y bajo una espectacular nevada.

Ya con la tripa medio llena y con la cabeza (obviamente sin pelo) y ropas empapadas, arranco de nuevo a la bestia y ataco el cortafuegos totalmente embarrado y por el que discurre un arroyo cada vez más caudaloso. Estoy a unos 1500 metros de altitud.

A medida que tomo altitud, la nevada es más copiosa, pero aún no cuaja. Está todo muy mojado. El camino empeora. Cada vez es más empinado, con muchas zanjas imposibles de evitar y con un barro arcilloso que se pega a las ruedas que impiden un agarre normal. Aumento la potencia, pero el coche empieza a dar bandazos para caer y volver a salir, de forma bastante violenta, en un laberinto de zanjas bastante profundas y totalmente resbaladizas. La bestia intenta agarrarse al terreno, pero el barro salta por los aires y cae con fuerza y de forma ruidosa sobre el techo del Land Rover. Cuando esto ocurre es que normalmente la situación es complicada y puede convertirse en un preocupante problema en cuestión de décimas de segundo.

Quedo atrapado en una zanja y el coche ya definitivamente no sube. Resbala. Salgo del coche y bajo la intensa nevada valoro la situación. Creo que estoy a punto de colapsar y lo único bueno es que sorprendentemente tengo cobertura de móvil. Sí parece que el coche tiene salida marcha atrás, pero los laterales están muy muy blandos y con algo de inclinación. Estando todo tan resbaladizo es imposible mantener una trazada segura en la operación salida.

Intento relajarme. Doy vueltas y vueltas al coche para situarme y prever las maniobras que debo realizar para evitar caer en las zanjas o salirme del camino. Hago fotos. Paseo por el pinar y me doy cuenta de los miles de níscalos que aún quedan por esta zona, es alucinante. Sigue nevando. Estoy a 1.700 metros de altitud.

Inicio la maniobra marcha atrás y como era de esperar, caigo en la primera zanja, consigo salir y me salgo del camino donde el coche se inclina y comienza a deslizarse lateralmente por su propio peso. Se para. Me bajo del coche. Vaya susto, ahora sí. Estos deslizamientos laterales hay que tomarlos con respeto pues si coges un bache o piedra, el coche puede volcar. Las ruedas están totalmente colapsadas por el barro pegado y son difíciles de dirigir.

Mando un mensaje y fotos a mi más fiel copiloto, el cual se encuentra cómodamente dando un paseo por el Corte Inglés en Madrid.

Estoy en serio problema” le digo, acompañando una foto de la situación, “creo que puedo volcar…cogiendo fuerzas y valorando el terreno”. Al instante me responde, “No me lo puedo creer, que cabrón, qué envidia me estás dando. El caos está reinando sobre tu fin de semana. Me cogería el coche ahora mismo y me iba ahí directo

La respuesta no me ayuda mucho sino para darme cuenta del monstruo que he creado y al cual le encantan las situaciones caóticas.

Estoy nervioso”, le respondo, “a ver si me relajo y continúo. El coche se ha inclinado mucho y resbala lateralmente

Qué cabroncete” me dice, “Me debes un finde así”…. “no existe situación en las que ese coche atasque”. Los últimos mensajes de aliento son del siguiente tenor: “Cómo lo echo de menos…mas vale que siga lloviendo para el 8 de noviembre…seguro que eres un exagerado”. El monstruo crece y crece, pero realmente me intenta transmitir que debo confiar en mi experiencia o al menos eso es lo que yo interpreto. Ya, pero uno se va haciendo mayor, pienso para mis adentros.

El caso es que estos mensajes me transmiten el pleno convencimiento de mi copiloto de que saldré airoso de la situación y me animo a subir de nuevo el coche, engranar la marcha atrás, arranco y me agarro firmemente al volante para aguantar el deslizamiento lateral que aumenta pero que consigo corregir. Saco a pasear con destreza los 160 caballos ingleses para, con movimientos y trazadas bastante bruscas, volver al embarrado camino para seguir sorteando las zanjas que siguen amenazando mi estabilidad y movilidad. Una vez bien situado, consigo dar la vuelta en un cruce de caminos y todo arreglado. Ha dejado de nevar y me siento bien.

Aún me queda salir de la Sierra, pero ya sin duda alguna a través de pista más segura a pesar de haber largos tramos totalmente inundados de agua y muy resbaladizos debido al barro. En la vuelta pienso que tengo que incorporar al Land Rover un quita miedos, es decir, un inclinómetro que te avisa de los grados de inclinación y te informa del momento en el que te puedes encontrar al límite de mantener las cuatro ruedas en el suelo, es decir, 43 grados.

Con las últimas horas de luz, llego a Soria donde, qué casualidad, paso por delante del bar de esta mañana y sí, esta vez había un par de ancianos tomándose una cerveza. Espero que lleven monedas o billetes de poco valor. Le doy de plazo hasta Navidad para echar el cierre. Cena en el restaurante chino, que nunca falla y a la cama antes de que anochezca del todo y el Barça le meta cuatro golazos al Madrid en el mismísimo estadio Bernabeu. Pero eso ya, amigos, eso ya es otra historia.

Experiencia Gastronómica en un lugar cualquiera. 27 de septiembre de 2024

Cuando alguien me pide algún consejo de dónde comer o cenar en una pequeña ciudad de este país y de la que se supone que soy gran conocedor, uno ya tiene preparados los tres o cuatro sitios que nunca fallan, donde se come bien y en teoría el servicio es correcto a pesar de la sequedad y frialdad del carácter de los pobladores de esta pequeña ciudad.

Y el pasado fin de semana, último del mes de septiembre del año 2024, una parte de mi familia política decide reunirse en esta pequeña población y celebrar así lo que ellos vienen llamando “la primada”. Primos de todos los rincones de la geografía nacional con sus familias, recorren cientos de kilómetros para disfrutar de un fin de semana divertido y realmente entrañable.

Poco faltó para que se me encargara reservar el restaurante para la cena del viernes y en pocos minutos me decidí por un establecimiento que puedo calificar como de los históricos de la ciudad y donde mi propia familia ha celebrado, desde tiempos inmemorables, todo tipo de eventos y siempre con éxito.

No hay problema para reservar para 10 personas a las 21.30 horas. De momento todo va bien. Con orgullo envío un mensaje de Watsapp al cabeza de familia que me encargó tan delicada tarea.

Con extrema puntualidad nos personamos en tan afamado local y la zona de bar, como siempre, se encuentra abarrotada de parroquianos tomando vinos y cervezas. No hace mucho remodelaron el local, eliminando todo rastro de estilo tradicional y dándole un toque moderno y que el propio restaurante califica en su página web como “ambiente moderno y luminosidad soriana. Estilo sobrio pero elegante, colores claros pero luminosos.”

Luminoso sí, desde luego, incluso demasiado. En el comedor donde nos instalan, el blanco impoluto de las paredes brilla exageradamente debido a la potente luz blanca que emiten algo parecido a unos modernos tubos fluorescentes, más propios de la consulta de un dentista que de un restaurante. Nada queda oculto, nada queda en las sombras, ni siquiera existe ese rincón menos iluminado que cualquier pareja buscaría para disfrutar de un ambiente más reservado, íntimo y cálido.

Desconocía el término “luminosidad soriana”, pero está claro que está inspirada en la iluminación de cualquier hospital de nuestro país. Luz blanca y fría. ¿He dicho fría? Ahora caigo, “fría”, “soriana”, muy conseguido el juego de palabras. Pero el primer adjetivo, ¿me refiero al clima o al carácter? Da igual.

No sigo con la descripción del local porque me pierdo si hago referencia a las lámparas doradas de la zona del bar al estilo hortera cateto rococó o a las pegajosas frases en inglés impresas en una de las impecables paredes de la zona de restaurante. Por favor, señores propietarios del local, añadan el estilo “hortera” a la descripción del restaurante. Hortera de bolera que decíamos en tiempos.

Ya instalados en nuestra mesa, el servicio brilla por su ausencia. Antes de que alguien se diera cuenta de que ya estábamos instalados y nos ofrecieran al menos algo de bebida, lo típico mientras piensas los platos a elegir, da tiempo suficiente a más de un comensal para dar buena cuenta, sin prisas, del exquisito bollo de pan que cada uno teníamos asignado.

Una amable camarera por fin viene a nuestra mesa, pedimos las bebidas, las cuales traen con cierto retraso, pero que nos permite examinar la carta con detenimiento y darnos cuenta de que nada tiene que ver con la carta publicitada en la página web de guisos y productos de la zona. Brillan por su ausencia (no será por falta de luz) el pato, el pollo de corral, la cochifrita, la perdiz, el conejo, la gran variedad de platos micológicos (ahora estamos en plena temporada) y un largo etcétera.

Este local siempre se caracterizó en otoño por los exquisitos platos micológicos, por lo que le preguntamos a la camarera si es posible al menos un revuelto de hongos. Con cara de no haber entendido nada, se queda con cara de palo y nos señala, en la revenida, acartonada, cutre y escasa carta, un plato de carne cuyo acompañamiento son las setas. Ahí quedó su comentario.  Ante nuestra insistencia, llega otro camarero, también amable, y nos confirma que sí es posible servir unos revueltos de setas. Pues que sean tres raciones, por favor. Añadimos unas ensaladas, 10 croquetas, una para cada uno, tres torreznos y dos churrascos troceados para compartir.

Primer asalto. Llegan los torreznos y depositan en la larga mesa únicamente dos fuentes con tan preciado producto ya troceado. Al rato, como no llega el tercer torrezno, lo comentamos y la camarera, tras unos segundos, nos dice que en las dos fuentes iban cortados los tres torreznos…. Aún nos queda la duda si no quiso reconocer que se le había olvidado una ración y con ágil y extrema habilidad mental nos dio la respuesta indicada o que efectivamente los tres torreznos los acumularon en dos fuentes. Los comensales comienzan a entender y disfrutar de la surrealista situación.

Segundo asalto. La camarera nos dice que no pueden ser 10 croquetas sino 7. Al parecer no le quedan más. Los comensales, con cierto pitorreo y ya totalmente metidos en ambiente, creen entender que no facilitan las 10 croquetas porque las raciones son de siete. Tras un rato de divertimento con el asunto y nada extrañados teniendo en cuenta los antecedentes del torrezno, aclaramos la realidad de la situación. En cocina se han quedado sin croquetas. Sin croquetas un viernes por la noche. Así de simple. A lo mejor hacen más para el lunes. O no, yo qué se.

Tercer asalto. Sacan las dos ensaladas de tomate y burrata. Sin incidencias. Las ensaladas vienen sin cubiertos de servir. Menos mal que estamos en familia. Un atrevido comensal se levanta, se dirige al armario donde se encuentra la cubertería y sin más, toma los cubiertos que considera oportunos. Aprovecha para traer más pan. A su lado pasa uno de los camareros y ni se da por aludido.

Cuarto asalto. Vienen los tan deseados revueltos de setas. ¡¡¡Uno, dos……falta el tercero!!! Ante la duda y sorpresa de que hubieran aplicado el criterio de los torreznos, tres raciones en dos fuentes, se lo decimos a la camarera y nos dice que únicamente habíamos pedido dos. Dios mío, vaya desastre. Mi sensación de vergüenza se incrementa, pero mis acompañantes me transmiten tranquilidad y felicidad. Menos mal que la comida está buena y respecto al servicio, pues se ha convertido en divertido entretenimiento. De nuevo sin cubiertos de servir y de nuevo otro osado comensal se levanta y se dirige al ya conocido armario de la cubertería. Estamos como en casa. El camarero sigue sin darse por aludido. Me pido otra cerveza por si acaso hay más sorpresas.

Quinto asalto: Llegan los dos churrascos, menos mal, sí, dos churrascos de ternera, troceados, con una pinta estupenda y realmente exquisitos.

Algo de postre y pedimos la cuenta. Como era de esperar, si la camarera no fue diligente en tomar nota del pedido y tampoco en transmitir la comanda a cocina, sin duda que no lo iba a hacer bien en la factura. Y nuestro pronóstico no falla. No incluyen una botella de vino y ni me lo creo, uno de los revueltos de setas.

Es más que probada la honradez de todos y cada uno de los comensales y en otras circunstancias cualquiera de nosotros hubiera avisado del error en la cuenta. Pero esta vez no. Un NO rotundo y unánime. Han logrado sacar ese lado oscuro y golfo que en el fondo todos tenemos. Y no salimos corriendo, no. Salimos tranquilamente y sin prisa alguna.

Y si alguien me pregunta a partir de ahora algún sitio para comer o cenar o si alguien pretende saber el establecimiento al que me refiero en este artículo, mi respuesta sobre el tema dará, sin duda alguna, para otras muchas historias. Intentaré volver lo menos posible a este establecimiento, pero me preocupa quedarme sin lugares a los que ir, pues al local de al lado, también muy conocido en la ciudad, nunca más he vuelto desde que hace ya varios años organicé una cena para amigos venidos de la capital y el servicio fue más que patético. Solo diré que la cena fue en invierno, nos instalaron en una carpa en el exterior y nos cortaban la calefacción cada diez minutos. Eso sin contar que nos sacaron todas las jarras de cerveza a la vez (a pesar de decirle que no lo hiciera) y que se negaron a hacernos unos huevos fritos con patatas porque la cocina estaba desbordada cuando realmente éramos los únicos clientes cenando esa noche. Pero eso ya, amigos, eso ya es otra historia

El Papa Luna (Illueca, 1328 – Peñíscola 1423)

Con carácter general y en mi día a día, yo no creo en las casualidades. Si nos detenemos a pensar en lo que en un principio parece y hemos calificado como una casualidad, poco a poco, hilando situaciones, conversaciones, intenciones, acciones, omisiones y otros aspectos, es muy posible que podamos darnos cuenta de que, normalmente, lo acontecido no es una casualidad y que tiene una explicación lógica, intencional o no.

Pero siempre hay excepciones y creo que me enfrento a una de ellas. Todos hemos oído alguna vez hablar del Papa Luna, pero en mi caso nunca me había detenido a pensar sobre este personaje. Sí sabía que era un español que, en época medieval, llegó a ser Papa y que la Iglesia, a día de hoy, lo identifica como el anti Papa. Nada más.

He logrado sobrevivir hasta ahora con este prácticamente nulo conocimiento sobre el Papa Luna y sin que nada hubiera significado para mí, hasta que, en el último mes y medio, este personaje ha aparecido en mi vida de forma repentina y reiterada, lo cual me ha llamado mucho la atención y creo, espero, que se trata de una simple casualidad.

Illueca

La primera vez fue a finales del mes de julio visitando la ciudad de Aviñón, en el sur de Francia y donde nuestro amigo ejerció su papado durante casi diez años. La segunda, a mediados de agosto, visitando la localidad de llueca, provincia de Zaragoza, su lugar de nacimiento. Y la tercera ya en septiembre, sin duda fruto de la casualidad más auténtica, en forma de podcast que ponía fin a la quinta temporada de un programa de historia que emite radio Aragón y del cual soy fiel seguidor.

Para situarnos y antes de continuar con sesudas cuestiones existenciales y casuales con tintes eclesiásticos, me gustaría indicar que en toda la historia de la Iglesia ha habido otros tres Papas españoles. Dámaso I (366-388), Calixto III (1455-1458) y Alejandro VI (1492-1503). Tampoco lo sabía. Dejaremos el estudio de estas figuras para un futuro espero que no muy lejano, salvo que aparezcan en mi vida, por casualidad o no, de una forma tan repentina e intensa como lo ha hecho el Papa Luna.

Y como sigo sin creer en las casualidades, pero desconozco el motivo por el que el Papa Luna ha irrumpido en mi vida sin previo aviso y de forma tan intensa y en tan corto periodo de tiempo, aquí está su historia, por si ha sido su intención que deba dar a conocer su persona en este blog rebosante de amigos de los viajes y de historias y personajes medievales.

Palacio de los Luna. Illueca

Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor, nació en Illueca el día 25 de noviembre de 1328, en el castillo palacio de esta localidad el cual pertenecía a su familia materna. Su padre, Juan Martínez de Luna, era miembro de la gloriosa y poderosa familia noble de los Luna. De su madre, María Pérez de Gotor, también de importante y adinerada familia noble, podemos comentar como curiosidad, que, al revisar su genealogía de los cien años anteriores al nacimiento de su hijo, es descendiente del último gobernador musulmán de Mallorca, Abu Yahia. Hagamos un inciso para explicar este aspecto tan curioso, el cual da lugar a que un Papa de la Iglesia Católica tuviera en su ADN algo de sangre Almohade, en definitiva, sangre musulmana.

En el año 1229 Jaime I el Conquistador arrebata Mallorca a los musulmanes y captura al hijo del gobernador, el cual contaba en ese momento con trece años. Jaime I decidió adoptar a este niño que fue bautizado a los 18 años, siendo apadrinado por el propio rey de quien tomó el nombre. Jaime, ya como cristiano, se casó con Eva de Alagón y Luna y el rey le concede como dote, en el año 1250, el señorío de Gotor. A partir de este momento, al almohade se le conoce como Jaime de Gotor, naciendo así uno de los linajes más influyentes y poderosos de Aragón.

Gotor

Hereda el Señorío el hijo del almohade, Blasco de Gotor, el cual contrae matrimonio con una noble de la familia Alagón, Sancha de Alagón. A sus hijos, posiblemente para honrar la memoria del padre de ella, Miguel Pérez de Alagón, se les bautiza con el apellido Pérez de Gotor. Blasco incrementa el poderío de su linaje cuando recibe además el señorío de Illueca.

Un hijo de este matrimonio, Miguel Pérez de Gotor, hereda a su vez el Señorío y de su matrimonio con otra noble y rica heredera, María Sánchez de Zapata, tiene dos hijos, Ximen y María Pérez de Gotor. Ésta última, madre de nuestro protagonista, asume el señorío después del temprano fallecimiento de su hermano Ximen.

Tras estos breves comentarios para justificar la ascendencia musulmana del Papa Luna, sigamos con su persona. En cualquier caso, con ascendencia musulmana o sin ella, el Papa Luna nació en el seno de una de las familias más poderosas del reino de Aragón, emparentada con las mejores familias e incluso con la propia realeza. Al tratarse de un hijo segundón, era habitual que su destino fuera el religioso, por lo que inicia los estudios correspondientes en Calatayud, Zaragoza y Montpelier, doctorándose en derecho canónico e iniciando así una fructífera carrera en la que es nombrado Cardenal por el Papa Gregorio XI en el año 1375. No olvidemos su etapa de docente en la universidad de Montpelier entre los años 1360 y 1370, siendo descrito por un compañero historiador como “bajo de estatura y esbelto, un hombre de genio y muy sutil para descubrir cosas nuevas”

Es con ocasión de lo que venimos conociendo como el Cisma de Occidente, por lo que el Papa Luna es más que conocido, dado que fue uno de sus máximos protagonistas. Veamos cual es su historia.

Illueca
Illueca

En el siglo XIII, el papado se encontraba muy sometido al poder del reino francés, por lo que, en el año 1309, por orden del Papa Clemente V, se traslada la sede pontificia de Roma a Aviñón, donde el clero comienza un periodo caracterizado por el lujo y la opulencia. Es Gregorio XI quien regresa a Roma en el año 1377, ya acompañado de nuestro maño Cardenal Luna y con la intención de restablecer la sede pontifical en Roma. Sin embargo, se encuentra una ciudad violenta, caótica, en ruinas y con continuos levantamientos populares. Dadas las circunstancias, decide su regreso cuanto antes a Aviñón, pero antes de iniciar el viaje fallece en el año 1378.

Entre graves disturbios populares, se celebra en Roma el cónclave de Cardenales para elegir nuevo Papa, siendo designado Urbano VI, que, si bien no era Cardenal, su nombramiento parece que convence al pueblo que exigía con violencia que el designado fuera de origen italiano y en un intento de dejar atrás más de setenta años de Papas franceses en la sede de Aviñón. Urbano VI es contrario al lujo con el que vivían los miembros de la iglesia, por lo que los Cardenales, ante el temor de verse privados de la buena vida que venían disfrutando y alegando las presiones políticas y sociales recibidas para su nombramiento, deponen a Urbano y celebran nuevo cónclave designando a Clemente VII el cual, junto con el Cardenal Luna, se instala de nuevo en la sede de Aviñón. Urbano VI se niega a su destitución y sigue ejerciendo como Papa en Roma, dándose así la circunstancia de que en ese momento la Iglesia tiene dos Papas, uno en Roma y otro en Aviñón. Comienza el Cisma de Occidente.

Palacio Avigñón

Clemente VII fallece en Aviñón en el año 1394 y le sucede nuestro amigo Luna, adoptando el nombre de Benedicto XIII. El Papa Luna, manteniéndose en sus trece, entiende que su nombramiento es legítimo y no el de Urbano VI, pues este no había ostentado previamente el cargo de Cardenal. Dicen que la expresión “manteniéndose en sus trece” tiene aquí su origen.

En 1389 fallece Urbano VI y el cónclave romano nombra sucesor, manteniéndose así esta profunda división de la Iglesia.

Nuestro Papa Luna no es del agrado de los franceses, por lo que le retiran su apoyo económico, político y militar, para acabar incluso reconociendo como legítimo al Papa con sede en Roma. La sede pontificia de Aviñón es asediada por las tropas francesas en un intento de obligar a nuestro compatriota a abandonar la misma, lo cual consiguen en el año 1403. No obstante, Castilla, Aragón, Sicilia y Escocia siguen apoyando y reconociendo como pontífice al aragonés. Ya que nombramos a Escocia, hay que decir que por bula de nuestro Papa fue fundada la más que reconocida, incluso hoy en día, universidad escocesa de Sant Andrews.

Avigñón
Avigñón

Es en 1408 cuando el Papa Luna, que se mantiene en la legitimidad de su nombramiento, se refugia en Aragón donde, con ocasión del fallecimiento sin descendencia del rey Martín el Humano, idea un sistema de nombramiento de nuevo rey, entre varios candidatos, a base de compromisarios que representaban los territorios más relevantes de Aragón (Aragón, Valencia y Cataluña). Todo un visionario en esta forma de nombrar sucesor y de la que finalmente resultó elegido Fernando de Trastámara gracias sin duda alguna al apoyo recibido del propio Papa Luna. Este Fernando, una vez rey, olvida la ayuda recibida del Papa y acaba retirándole incluso su obediencia. De Martín el Humano hay que decir que falleció de un ataque de risa e indigestión. Dicen que en una copiosa comida le hizo tanta gracia lo que hacían los bufones que murió allí mismo descojonándose, entre risas y agónicos estertores.

En 1411, aún en su condición de Papa pues se mantiene en sus trece, Luna establece su residencia en la fortaleza de Peñíscola donde lejos de aislarse del mundo, continuó su enfrentamiento con la sede pontificia de Roma. En el Concilio de Constanza (1417) fue condenado como hereje y antipapa e incluso fue excomulgado. Sufrió varios intentos de envenenamiento, pero sobrevivió a todos ellos, falleciendo por causas naturales en el año 1423 a los 94 años.

Él siempre se consideró un Papa legítimo pues ocupó previamente el cargo de Cardenal y su nombramiento como pontífice fue anterior al Cisma. Como buen aragonés, siempre se mantuvo en sus trece.

A su fallecimiento, sus Cardenales eligieron sucesor, Clemente VIII, quien acabó renunciando al cargo a los pocos años y debido a las presiones recibidas de la corona aragonesa. Hay quien dice que esta línea de Papas, de anti Papas, ha continuado incluso hasta hoy en día. Pero eso, amigos, ya es otra historia.

Camino a Los Monegros. Agosto 2024. (Segunda Parte)

Día 2

A las 7,30 de la mañana la cafetería de nuestro hotel se encuentra a rebosar de gente y con un volumen de ruido sorprendente. Se trata de un hotel de carretera, de paso, a las afueras del pueblo donde los clientes prosiguen su viaje y los vecinos madrugadores toman su café. Los más atrevidos comienzan el día con una cerveza o carajillo. En una esquina del bar se acumulan decenas de cajas de vino con vistosa etiqueta con su precio. No nos olvidemos que nos encontramos en la zona vinícola de España con más solera y con una de las Denominaciones de Origen más antiguas. Como peculiaridad única en el mundo, , la comarca de Cariñena da nombre a una variedad de uva, la de Cariñena. Son 14.110 hectáreas de viñedos. Se dice pronto.

Sobre las 9 de la mañana desayunamos y nos damos un paseo por Cariñena para ver su torre del siglo XV y restos de una muralla medieval.

Cariñena
Cariñena

Entre viñedos transcurre la carretera A220, la cual se dirige hacia el pueblo de Fuendetodos, lugar de nacimiento de Goya y nos deja a los pies del Santuario de Nuestra Señora del Pueyo donde disfrutamos de las vistas del Campo de Cariñena por un lado y del campo de Belchite por otro. Aquí se inicia la llamada “Pista de los Barbis” y hay un cartel que lo anuncia. Tomamos la pista para seguirla con el Land Rover y posteriormente a pie durante unos cientos de metros cuando se convierte en una estrecha senda. Pero ¿quiénes eran los Barbis? Los Barbis eran el cuerpo de Zapadores-Minadores del ejército franquista que estuvieron por esta zona fortificando posiciones como búnkeres, nidos de ametralladora y diferentes parapetos. En este caso, los Barbis abrieron un sendero, para el traslado del material necesario, desde el Santuario hasta la cresta de la sierra de Belchite donde fortificaron varias posiciones. Si bien hoy en día el nombre de “Barbis” te traslada a un irreal mundo rosa, en el año 1937 se refería a este grupo de ingenieros militares que se caracterizaban por la perilla que lucían los soldados.

Santuario Nª Sra. del Pueyo

Parada obligada en Belchite, en la plaza de entrada al pueblo viejo y donde se mantiene un cartel de obra que prohíbe la blasfemia. El pueblo en ruinas impide olvidar los horrores de la guerra y el sufrimiento que acarrea. A mi parecer, entre lo más impactante, los campanarios de las iglesias cosidas a balazos. Damos un pequeño paseo alrededor del pueblo viejo, pero siempre es recomendable hacer la visita guiada y de la que disfrutamos la última vez que estuvimos por aquí.

Belchite
Belchite

Visitamos las ruinas del seminario, también destruido en la guerra, el búnker del Saso y el campo de refugiados llamado “Rusia”, donde alojaron a los vecinos republicanos mientras se construía el nuevo pueblo de Belchite. También sirvió de residencia para los familiares de los prisioneros, también republicanos, internados en la cárcel de Belchite y que construían el nuevo pueblo. Algunos dicen que fue un campo de concentración. No lo sé, pero lo parece. Se trata de bloques de barracones de buena construcción, muchos de ellos hoy en día tapiados pero otro muchos reconvertidos en naves agrícolas. En cualquier caso, este sitio impresiona y pone los pelos de punta, lo cual pude comprobar en mi largo, solitario y silencioso paseo entre los barracones. Es fácil imaginar lo que aquí se vivió. Tiene pinta de que pocas cosas buenas.

Campo refugiados «Rusia». Belchite
Seminario. Belchite
Búnker. Belchite

Continuamos por carretera dirección Este, por la comarcal A1307 y 1404 hasta Escatrón. Carretera muy estrecha, en ocasiones con mucho bache y largas rectas cruzando un territorio muy árido y a estas horas con un calor infernal.  Tras un par de paradas para disfrutar del paisaje de los meandros del río Ebro, nos adentramos a través de la A2105 en la zona de las salinas de Sástago y Bujaraloz, llegando por fin a uno de nuestros objetivos propuestos de este viaje y ya dentro de la Comarca de Los Monegros.

Meandros río Ebro. Sástago

Esta zona de salinas tiene una extensión de 8.000 hectáreas convirtiéndose así en una de las de mayor extensión de este tipo de toda Europa. Se trata de un conjunto de lagunas, inundadas en época de lluvias, pero ya secas en pleno mes de agosto y en las que queda una blanca, fina y crujiente capa de sal en la superficie. Paramos en la de mayor extensión, la laguna salada de La Playa, con tres kilómetros de largo y dos de ancho. En los alrededores hay otras muchas, pero no tan extensas. Aún quedan ruinas de las instalaciones dedicadas a la explotación de la sal y se distinguen claramente las cubetas que eran utilizadas para la evaporación del agua y obtención de tan preciado producto. Una de las cubetas contiene bastante agua de color rojizo debido a la alta concentración de un pequeño crustáceo, la Artemia, extraño y minúsculo habitante de estos humedales desde hace millones de años.

El calor es extremo en la orilla de la laguna y comemos algo intentando refugiarnos en la sombra que dibuja el Land Rover. El sol se encuentra en su punto más alto y la sombra es realmente corta. Nada que ver con la sombra alargada del ciprés de Miguel Delibes. Tras el rápido bocata, paseo en solitario por el interior de la laguna para sentir este primer contacto con Los Monegros. La superficie es blanca y muy brillante consecuencia de la fina capa de sal que lo recubre. El terreno aún está húmedo y a las botas se pega un barro salado difícil de quitar. Avanzo hasta casi el centro de la laguna y el paisaje es espectacular. Me recuerda mucho a la inmensidad del desierto marroquí, no lo puedo evitar. Mi acompañante, también en solitario, emprende su particular incursión en la laguna. Totalmente empapado en sudor, en medio de ese desierto salino, me satisface ver cómo mi hijo me sigue en este rollo de darse un paseíto en solitario por la laguna salada en pleno mes de agosto y con un calor realmente insoportable. Creo que estoy creando un monstruo.

Salinas de Bujaraloz

A través de pistas de tierra descubrimos el resto de las lagunas saladas y aprovechamos para grabar algún video de las capacidades 4×4 del Land Rover en estas pistas tan rápidas y polvorientas. En estos primeros kilómetros de ruta por caminos, ya nos damos cuenta de la cantidad de granjas ganaderas que hay por la zona. Por el olor, deducimos que se trata de cerdos. Hay muchas, muchas de verdad. Parece incluso que demasiadas. Es posible que se utilicen estos territorios tan despoblados para instalaciones de este tipo y que realmente nadie las quiere cerca de sus casas.

Sin pisar asfalto y dando de forma consciente muchas vueltas, llegamos a Bujaraloz y nos acercamos un momento para confirmar al del Hostal que ya estamos por la zona pero que llegaremos más tarde. Nada más entrar al pueblo, nos cruzamos con un vecino y por gestos nos hace ver lo que le gusta nuestro Land Rover. Por supuesto, devolvemos encantados el saludo.

No perdemos tiempo y nos internamos ya por caminos en el desierto de Los Monegros y a través de Valfarta llegamos por rápidas pistas a Castejón de Monegros donde hay un aeródromo y hacemos parada en el alto donde se encuentra la iglesia de Santa Ana para disfrutar de las vistas del pueblo. Kilómetros y kilómetros, de norte a sur, de este a oeste, para acabar en La Almonda y de ahí a Bujaraloz, al Hostal Las Sabinas, donde descansamos en su terraza y cenamos una muy rica ensalada, lomo de cerdo y pincho moruno. Para beber, vino de Cariñena con gaseosa. Muy bueno, refrescante y reparador tras los 210 km. recorridos en este segundo día en un periodo de 9 intensas horas.

Día 3

Hoy es un día de Monegros cien por cien. Me levanto pronto y tomo un café con la propietaria del Hostal. Me comenta que tiene 63 años y lleva 19 años con el negocio. Como una de tantas, la pandemia le creó mucho estrés y desde entonces está algo medicada y con regulares visitas al médico. En cualquier caso, sigue al pie del cañón y frente a su público no muestra debilidad alguna, le comento. Le gusta su pueblo y tienen un hijo que, si bien estudió algo de cocina y hoteles, no quiere trabajar. Su marido también trabaja en el hostal. Su madre, de más de 90 años, sigue viviendo con ellos en el Hostal y pasa las tardes en la zona de bar viendo la televisión, haciendo punto y dando buena conversación a los más fieles clientes. A raíz de la edad de su madre, me informe la dueña que en Castejón de Monegros es donde más personas centenarias hay en la zona. Los de Bujaraloz también son longevos, pero los de Castejón más aún. Qué curioso. Esta señora es la que me informa de que la mayor parte de las granjas de la zona son de cerdos, pero también las hay de pollos.

Hostal Las Sabinas Bujaraloz
Bujaraloz

A mi compañero de fatigas se le pegan las sábanas, por lo que optamos, según recomendación de mi nueva amiga, desayunar en “El Español”. Se trata de un bar restaurante a las afueras del pueblo, en la antigua nacional II, abierto 24 horas y con gran variedad de productos. Incluso hay un buffet libre para la comida a buen precio (café y bebida aparte) y donde los niños de hasta 1,20 metros de altura no pagan. La barra está llena de bocadillos de todo tipo e incluso de platos ya preparados, como albóndigas o huevos rotos con jamón. Debe estar todo bueno pues el bar está lleno. Un par de cafés, una pulga de tortilla y un bocadillo de jamón nos ayudan a tomar fuerzas para lo que esperamos que sea un día intenso. También compramos aquí los bocadillos para comer: lomo con queso, jamón y un tercero de longaniza con pimientos.

De nuevo nos desplazamos hasta Valfarta por la carretera que atraviesa enormes campos de maíz bien regados. Pistas de tierra hasta Castejón y de ahí, tomamos dirección Oeste hacia nos lleve el instinto, enlazando caminos para acabar en plena Sierra de Lanaja, con muchísimos pinos y sabinas, auténticos supervivientes en este lugar. En esta Sierra hay habilitados varios “Miradores” y merece la pena parar en alguno de ellos para disfrutar de las vistas. Es en uno de estos miradores donde existe un mapa que permite situarnos y decidimos bajar de la sierra y rodearla por la zona más desértica para enlazar con la otra sierra de los Monegros, la de Alcubierre. Dicho así, parece fácil, pero sólo con brújula, nuestro instinto animal y tomando como referencia el “Monte Oscuro” y la “Ermita de San Caprasio”, lo convierte en un reto y en una pequeña aventura.

Y así, después de mucho kilómetro por pistas polvorientas, algunas en exceso, llegamos a Farlete donde decidimos comernos los bocadillos de El Español a los pies del Santuario Ermita de la Virgen de la Sabina. Hoy no hace un calor excesivo, pero el aire es brutal. Se trata del cierzo a pleno rendimiento, lo que nos obliga a comer de nuevo parapetados con el Land Rover para intentar protegernos esta vez del fortísimo viento.

Desde Farlete nos adentramos de lleno en la Sierra de Alcubierre donde visitamos la “Torraza de Farlete”, una torre del siglo XIV cuya función era la de proteger a la población del lugar de los bandoleros. Actualmente la están rehabilitando. Nos espera la Ermita de San Caprasio, donde subimos hasta lo más alto, 834 metros de altitud (el último tramo andando) y desde donde se divisa prácticamente la Comunidad de Aragón en su totalidad. Desde el Moncayo hasta los Pirineos. Una pasada. Dicen que es uno de los mejores miradores de Aragón y cuánta razón tienen. La pena es que hay mucha antena de telecomunicaciones, lo cual hace desmerecer el lugar, pero es lo que tiene la época en la que vivimos, indica mi muy digitalizado compañero de aventuras frente a mis críticas.  El cierzo en este lugar no tiene límites y sopla con una fuerza bestial.

Farlete
San Caprasio

La bajada de la Sierra se me hace dura y ya en Alcubierre tomamos asfalto hasta Lanaja y de ahí comarcal dirección Monegrillo que finaliza en el propio Castejón de Monegros. Esta comarcal, muy muy estrecha, con curvas muy cerradas, bastante rota, incluso con vegetación en su parte central y absolutamente vacía, ha sido una de las mejores de este viaje sin duda alguna. Es carretera para repetir en futuras aventuras por estos lares.

Monte Oscuro

Estas Sierras, las de Lanaja y Alcubierre, son los restos de frondosos bosques de pinos, sabinas y encinas que existían en la Comarca hace cientos de años y que dio lugar al origen del actual nombre de Monegros: Montes Negros.

Llegamos algo cansados a nuestro Hostal a las 19,30 horas, tras otras nueve agotadoras horas de excursión y 173 km, de los cuales 110 han sido tensos y por pistas de tierra. De nuevo descanso en la terraza donde el cierzo mantiene su protagonismo y cena a base de pisto, lasaña y solomillo de cerdo. De beber, de nuevo el caldo de Cariñena, pero esta vez algo sobra.

Día 4

Día de vuelta, lo que no impide nuestro ya tradicional desayuno en “El Español” a base de café, pulga de tortilla, bocadillo de longaniza con pimientos y dos croquetas tamaño familiar de jamón y boletus. Menos mal que ya nos vamos, porque desayunar así durante varios días impediría en pocos días acceder con normalidad a nuestro Land Rover y por simple cuestión de volumen.

No tengo muy claro el camino de vuelta, por lo que a las 11 horas iniciamos ruta a través de la nacional II pero pronto me arrepiento y nos desviamos a los pocos kilómetros por la primera comarcal que veo en dirección Gelsa. No es el camino más indicado, pero nos da cierta pereza acercarnos a la ciudad de Zaragoza y buscamos carreteras solitarias.

Por la A221 llegamos a La Zaida y a los meandros del Ebro en Sástago donde es una larga travesía con un eterno semáforo la que cruza el pueblo y que posiblemente solo traiga problemas no solo de movilidad sino ideológicos, pues al comienzo del pueblo vemos carteles en los balcones que rezan “Variante no” y en la otra parte del pueblo los carteles reivindican un “Variante sí”. Nosotros nada tenemos que ver con este pueblo y nunca hemos estado antes, pero sin duda que somos partidarios de la variante.

Disfrutamos de nuevo de la estrecha, bacheada y recta carretera A1404 y A1307 hasta Belchite. Cogemos ritmo y sin que nos preocupe el hecho de estar dando más vuelta de la debida, llegamos A Cariñena donde tomamos un breve descanso.

Aquí, decidimos intentar atajar de algún modo pues la vuelta nos puede llevar todo el día y estamos algo cansados.  Carretera A220 hasta la Almunia de Dña. Godina y avanzamos 30 kilómetros por autovía hasta Calatayud donde la carretera 234 nos lleva directos a Soria.

Ya desde el comienzo del día, el ambiente es algo raro. No hace demasiado calor y parece que hay más calima de lo normal. A medida que nos acercamos a Soria, la calima parece hacerse más espesa y empieza a no verse el horizonte más cercano. Para crítica de mi copiloto, por seguridad, enciendo las luces del Land Rover para ser visto con más facilidad.

A las 16 horas, tras cinco intensas horas de asfalto y 303 kilómetros, llegamos a nuestro destino, donde nos informamos que lo que parece calima, no es tal, sino que es el humo de los incendios forestales que asolan Canadá en estos días. Humo que ha cruzado el Atlántico, que impide ver el horizonte y que se mantuvo aún unos tres días hasta desaparecer por completo. Pero eso, amigos, ya es otra historia.

Formaciones de yesos

Camino a Los Monegros. Agosto 2024. (Primera Parte)

Todos los veranos, cuando en familia hablamos de fechas y lugares donde acudir, siempre tengo en mente unos días para poder acercarme con el Land Rover al desierto de Los Monegros y disfrutar de cientos de kilómetros de pistas muy rápidas y polvorientas, en buen estado y en estas fechas totalmente vacías.

No siempre cuadran los días, pero este año, por fin, ha sido posible una escapada de cuatro días a esta zona tan desconocida y no siempre apreciada para la mayoría de las personas de mi entorno. Es más, salvo mi círculo más cercano, se sorprenden de mi escapada a esta zona de auténtico desierto en el mes más caluroso del año, agosto. Así es, está pensado a propósito, tanto el lugar como la fecha. Es lo que busco. Y para esta aventura, siempre cuento con mi incuestionable copiloto, mi hijo Fernando, el cual me entiende, apoya y me acompaña, como en otras anteriores, en esta tercera expedición por Los Monegros.

La organización previa es mínima. El Land Rover en buen estado, nevera para poder disfrutar de bebidas frías y un par de llamadas para reservar un Hostal en Bujaraloz la noche del sábado y domingo. Queda pendiente la noche del viernes. Ya veremos, según vaya surgiendo. Son fechas complicadas para reservar alojamiento pues estamos en pleno puente de la Virgen de Agosto.

Uno de los grandes atractivos de esta ruta es que llegar a Los Monegros ya sea una aventura. Aventura en el sentido de no tener prisa por llegar, desplazarnos por carreteras comarcales, cuanto más rotas y abandonadas mejor e ir parando allí donde nos apetezca y según lo que vaya surgiendo en el camino. Para que el camino sea un éxito, es fundamental guiarse con un buen mapa de carreteras, no llevar una ruta prestablecida e ir enlazando comarcales y pistas de tierra según vayan surgiendo. Sí hay que tener claro la dirección, que en este caso es hacia el Este. Así de simple.

Día 1

Sobre las 11 de la mañana del 16 de agosto, día de San Roque, iniciamos el viaje desde Soria tomando la nacional 234. Paramos en Almenar de Soria para ver el castillo de la provincia mejor conservado y comprar pan, embutidos y refrescos en la única tienda del pueblo, llamada María, donde hay que acudir con una buena dosis de paciencia para ser atendidos.

Castillo de Almenar de Soria

Continuamos por esta carretera nacional hasta que vemos a unos 500 metros de la carretera una ermita a la que llegamos por pistas de tierra algo reviradas. Se trata de la Ermita de Nuestra Señora de la Serna, patrona del cercano pueblo soriano de Ciria. El lugar realmente tiene cierto misterio. La Ermita está cerrada, pero puedes ver su interior a través de un cristal de la puerta y la visión impresiona. El silencio es absoluto y rodeamos la ermita a pie, pudiendo ver desde fuera otras dependencias interiores también cerradas y que inspiran respeto sobre todo cuando comento en voz alta que vaya susto si apareciera alguien de repente ahí dentro…. Mi acompañante, influenciado posiblemente por todo tipo de series televisivas me pide que me calle y no haga comentarios de ese tipo.

Quien me conozca sabe que, de vez en cuando, me gusta contar batallitas o curiosidades y este lugar me inspira para, aprovechando que hoy es San Roque, comentar a mi hijo por qué este Santo es el patrón de cientos y me atrevo a decir de miles de pueblos y ciudades de nuestra geografía. Roque (S. XIV) se dedicó a curar y atender a enfermos de la peste y cuenta la tradición que los curaba haciendo sobre ellos la señal de la cruz. Nuestros pueblos, para protegerse de esta peligrosísima enfermedad de la peste y otras epidemias, se encomendaban a este Santo. De su perro, ya hablaremos otro día, pero salvó la vida al Santo cuando contrajo tan temible enfermedad.

Ermita Nª Sra. de la Serna
Aranda del Moncayo

No sé si por inspiración de la Virgen de la Serna o del propio San Roque, por cierto, también patrón de los peregrinos, encontramos en este punto una carretera comarcal en dirección Este, la SO2017 y A1503 que nos introduce en el Aragón más profundo pasando por preciosos pueblos como Aranda del Moncayo, Jarque, Gotor e Illueca. Parada en Gotor, localidad con bonito y contundente nombre, donde paseamos hasta el Convento de Nuestra Señora de la Consolación (S. XVI), cuya iglesia se encuentra en ruinas, bien cuidadas y asentadas, y la parte del convento ha sido reconvertido en lugar de alojamiento con un bar de éxito a la vista de la terraza abarrotada de fieles tomando el aperitivo a base de bebidas y tapas con bastante buena pinta.

En Illueca, nos llevamos una gran sorpresa al visitar el Castillo Palacio del Papa Luna (S. XIV). Es la segunda vez este verano que topamos con el Papa Luna, D. Pedro Martínez de Luna, Papa aragonés que ejerció con el nombre de Benedicto XIII y nació en este castillo en el año 1328. Unas semanas antes, también tuvimos noticias de este Papa Aragonés en Aviñón pues estuvimos visitando el Palacio Papal donde entre 1309 y 1377 se instalaron aquí nada menos que siete Papas en un intento de eludir la inseguridad de Roma. Uno de estos Papas fue el maño Benedicto XIII.

Gotor
Palacio del Papa Luna. Illueca

Se hace la hora de comer, bueno, realmente ya ha pasado con creces e intentamos buscar algún sitio aislado y con sombra. Proseguimos por la carretera A1505 y pasado Sabiñán, de nuevo la inspiración divina, esta vez de San Blas, protector de las enfermedades de garganta, hace que paremos en la Ermita dedicada a este Santo, entre olivos enormes, con mesas de merendero y buena sombra, donde damos buena cuenta de unos bocadillos que elaboramos con lo comprado en la tiendecita de Almenar. Aprovechamos la tecnología para buscar alojamiento y sin excesivos problemas localizamos un hotel de carretera en Cariñena.

Ermita de San Blas. Saviñán

Con renovadas fuerzas, proseguimos por la A1503 y A1505, comarcal revirada y muy bonita. Dejamos atrás y para otra ocasión localidades como El Frasno, Inogés, Santa Cruz de Grío y Tobed. Paramos en Codos con la intención de tomar un café. Poco tiene este pueblo. Un lugareño nos informa que hay dos bares, uno cerrado que abre a las 17 horas y otro en la parte de arriba, “pasada la plaza, donde el trinquete de la pelota, a la derecha”, dice. Subimos por la calle estrecha y empinada y nos llama la atención un recio vallado de hierro en las escasas y estrechas bocacalles y grandes puertas de hierro estratégicamente situadas. Confirmamos con una vecina que el vallado es para los encierros que se celebrarán en unos días y nos sorprende que se celebren en una calle en cuesta. Los vecinos de Codos, codinos y codinas, deben estar hechos de una madera especial. Y también las vaquillas, digo yo.

Por cierto, la plaza sí la encontramos, pero del “trinquete de la pelota” ni rastro. Puede que el motivo fuera nuestro desconocimiento sobre trinquetes, pero el Bar donde nos llevó finalmente un chavalín de no más de 12 años, también estaba cerrado y allí no había nada que pudiera Identificarse como el “trinquete para la pelota”. Ni a la derecha ni a la izquierda. Nos refrescamos en la fuente del pueblo pues el calor es infernal.

Variamos nuestro rumbo y nos dirigimos por pista de tierra hacia Miedes de Aragón donde aquí sí hay bar donde tomar un café y disfrutamos posteriormente de la torre campanario del siglo XIV y paseamos por su casco urbano de origen musulmán.

Miedes de Aragón
Miedes de Aragón

Para ir hasta Cariñena, donde pasaremos la noche, debemos volver por Codos y afrontar su puerto, con carretera de curvas muy cerradas y pronunciadas pendientes. Llegamos a Cariñena a las 19.30 horas tras haber recorrido 204 km. Es momento de descansar en nuestro hotel de carretera y cenar a base de fideguá, jamón con ensaladilla, churrasco y filetes de cerdo con roquefort. De postre un helado.

Codos

Un día cualquiera de primavera de ruta por Soria. 1 de junio de 2024.

La inercia y los buenos recuerdos me llevan directamente a la tienda del Puchi en Garray. Esta vez es una mujer la que me atiende muy amablemente. Compro pan de Almajano, chorizo de Almarza y unos sobres de lomo y jamón serrano de Tardesillas. Siempre producto de calidad y de proximidad.

No tengo muy claro dónde ir y antes de salir del pueblo veo un camino de tierra y me lanzo al mismo sin pensarlo dos veces. En el horizonte, qué casualidad, me espera el Cerro de San Juan, al cual pongo rumbo guiándome con la brújula por el entramado de caminos.

Hago una parada en plena dehesa de Fuentecantos, donde me llama la atención la cantidad de ganado pastando, el croar de las ranas y un cartel donde se informa que un pajarillo, el Carricerín Cejudo, utiliza esta húmeda dehesa para, en el mes de agosto, descansar de su viaje migratorio de 6000 kilómetros entre el Este de Europa, (Bielorrusia, Ucrania y Polonia), donde pasa el verano y el sur del Sáhara, (Senegal, Mauritania, Mali y Ghana), donde pasa el invierno.

En el pueblo, disfruto una vez más de la visión de la iglesia románica y descubro un lugar de descanso o picnic, donde se ha restaurado el lavadero y una fuente del año 1867. Vaya susto me doy cuando entro en esta zona de ocio y veo un muñeco de tamaño natural de una lavandera mirándome fijamente. Deberían avisar de este tipo de espantosa decoración, pues uno se cree que está solo y este tipo de elementos altera la soledad y tranquilidad del lugar. En una de las esquinas, un buzón lleno de libros invita a que te lleves uno, lo leas, lo devuelvas o lo intercambies. Me marcho con la sensación de que la lavandera clava su pérfida mirada en mi espalda.

Subo al alto del Cerro de San Juan, donde, lo digo siempre, se disfruta de una de las mejores vistas de la provincia de Soria. Aquí siempre sopla un viento muy fuerte y me veo en la necesidad de abrigarme con un forro polar pues, a pesar de estar a 1 de junio, hace bastante frío. Desde la altura y con una visión amplísima del territorio, marco la ruta a seguir, teniendo en cuenta que debo pasar antes por la gasolinera del Valle que se ve muy muy al fondo del paisaje. Tomo nota mental de su ubicación y de nuevo, tirando de brújula, llego sin complicaciones y a la primera sin pisar un solo metro de asfalto. Hoy parece que el sentido de orientación lo tengo bien calibrado. Hay días en lo que estoy menos certero, por lo que doy mucha vuelta o no llego donde quiero, pero ello siempre da lugar al descubrimiento de nuevos caminos y localizaciones.

Ya con suficiente gasoil y un par de litros de agua, me dirijo por carretera hasta el pueblo de Cubo de la Sierra, donde tomo una rápida pista de tierra hasta Gallinero y me interno en su sierra en busca de un punto remoto y aislado, ya conocido por mí, donde tengo intención de parar a comer las viandas compradas en el Puchi. Me gusta comer en este lugar pues hay unas vistas espectaculares hacia el Sur, prácticamente hasta la mismísima capital e incluso diviso con claridad el acebal de Caragueta y varios Castros Celtíberos, entre ellos uno bastante conocido, el llamado “Alto de la Cruz”.

El viento parece que sopla aún con más fuerza, el cielo se está poniendo gris y hace bastante frío. Manos y orejas se me enfrían considerablemente y me acuerdo de que ya el año pasado, en este mismo punto, me nevó en pleno mes de mayo. Está claro que no llevo abrigo suficiente y me acuerdo del chaleco de plumas que esta misma mañana he desechado echar al coche.

A pesar de las circunstancias, saco silla y mesita para hacer el bocata, pero es complicado mantenerse parado y quieto en el lugar. Mientras ataco al bocadillo recién hecho, intento protegerme del fuerte viento con el coche y me distraigo con un rebaño de vacas que sestean no muy lejos de donde me encuentro. El viento vuela toda la bolsa de la comida y en su recuperación, leo el contenido del sobre de lomo que estoy devorando: cerdo, ajo, sal…lo típico, algún conservante y “tripa artificial no comestible”. Vaya, que estoy comiendo plástico entre las rodajas de lomo. Tras la amable información del productor de lomo de Tardesillas, no me queda otra opción que abrir el bocadillo y eliminar de cada una de las rodajas que quedan, la materia artificial no comestible. A pesar de ello, ya tengo en mi estómago una buena dosis, la cual digiero con normalidad y sin molestia alguna. El lomo, aunque envuelto en elemento no comestible, está bastante bueno.

Entre el frío, el plástico engullido y viendo que el rebaño de vacas ha empezado a moverse de repente y todas a la vez, decido aplicar el mismo criterio de supervivencia, por lo que recojo rápido e inicio la bajada de esta sierra pensando por dónde continuar la ruta e inspirándome en el horizonte que se abre ante mí. Creo que es buen momento para cruzar la sierra de Carcaña y hacia allí me dirijo, pasando previamente por Almarza y Tera, hasta Sotillo del Rincón donde tomo la pista que recorre la sierra indicada. Este camino es muy divertido pues hay innumerables curvas de 180 grados a las que me enfrento con decisión y una alta dosis de prudencia. En el lado norte, la pista es de fuerte subida y en buen estado, todo lo contrario que en el lado sur, que es de bajada y en bastante mal estado. Obligada la parada en el alto, llamado de Pajarejos, donde ya hay un vigilante contra incendios instalado. En los años 90, pasé muchas horas en el alto de este puesto de vigilancia forestal pues conocíamos al trabajador de turno. Ahora, como casi todo, está prohibido subir y ya no conozco a nadie por estos lares.

La pista finaliza en Santervás de la Sierra y de ahí hasta Dombellas. La vista de estos dos pueblos enclavados en la falda de Carcaña es espectacular. Hacía tiempo que no pasaba por aquí y me vienen recuerdos de hace muchos, muchos años, cuando llegaba hasta este punto desde Valonsadero y pasando por el embalse de Campillo de Buitrago. Esta pequeña presa sobre el río Duero tiene como finalidad el riego de unas 500 hectáreas existentes en campo de Buitrago, a unos 10 o 12 km de distancia en línea recta. Construido en el año 1976, los canales que distribuyen tan preciado líquido tienen una longitud de 36,5 km. A este tipo de construcciones se les denomina “Azud”, barrera hecha en los ríos con el fin de facilitar el desvío de parte del caudal para riego y otros usos, según indica el diccionario de la RAE.

Prosigo mi ruta en solitario recorriendo unos metros por carretera asfaltada y casi llegando a Tardesillas, pueblo en el que utilizan en algún embutido tripas artificiales no comestibles, veo en dirección sur algo que me llama poderosamente la atención. Ni más ni menos que un avión militar de tamaño mediano y situado en lo que siempre ha sido un olvidado aeródromo para pequeñas avionetas. Varío mi rumbo y por pistas de tierra me acerco a las instalaciones donde efectivamente, puedo comprobar que es un avión de verdad, entero y aparentemente en uso.

Me siento un Guardia Civil rodeando el recinto vallado del aeródromo por su parte exterior y fotografiando el avión desde diferentes ángulos. En el recinto existe una pista de aterrizaje de más o menos 1,3 o 1,4 km., suficientes, imagino, para el tipo de avión que tengo a la vista. La verdad es que la pista no está en muy buenas condiciones, pues hay mucha vegetación viva sobre la misma, lo que significa, sin saber nada de nada, que al menos está algo agrietada. Aterrizar aquí debe ser para valientes.

En cualquier caso, esta zona huele a podrido. Un aeródromo donde hay un avión militar y se comenta en los medios que quieren hacer llegar algún otro para su desmontaje y en teoría posterior reciclaje. Un poco más allá, la inacabada y faraónica Ciudad del Medio Ambiente donde queda patente la incompetencia y estupidez de muchos. Parece que el Tutankamon de turno quiere finalizar ahora su construcción y de nuevo se ven muchas grúas sobre las cúpulas medio construidas. Será complicado explicar algún día, si es que aquello se pone en marcha en algún momento, que para construir la “Ciudad del Medio Ambiente”, las máquinas excavadoras arrasaron 551 hectáreas de campo y entre otras barbaridades se talaron miles de pinos, cuyas raíces fueron posteriormente arrancadas de la tierra y siguen pudriéndose al aire libre, a la vista de todos y en un terreno hoy en día muerto. Terreno por cierto inundable dada la proximidad del río Duero y que en su día albergaba una de las colonias más importantes de cigüeña negra de la provincia.

El Land Rover, en esta fecha y en este oscuro lugar, cumple 180.000 km. Pero esto amigos, ya es otra historia.

Fútbol y Feria en Soria. Abril 2024

Últimamente parece que estoy viajando menos a Soria y no siempre es porque tenga otros quehaceres. El viaje, en ocasiones se me hace pesado y muchos sábados me levanto sin excesivas ganas de conducir en soledad los 220 km de autovía.

Pero este fin de semana pasado, 27 y 28 de abril, sí me he animado pues mi hijo Fernando quería ir a ver jugar al Numancia el domingo y por mi parte tenía que verificar una llave de cierre del sistema de agua en nuestra casa.

A las 16 horas del sábado iniciamos el viaje y una vez que Fernando se ha despertado, duchado y comido, tras una larga noche de fiesta en El Pardo y que él mismo había organizado con otro amigo de la Universidad.

No llega a dos horas cuando estamos ya en nuestro camino de entrada a nuestra casa y eso que hubo que realizar varios desvíos, pues los accesos directos a nuestra casa estaban cortados por motivo de la celebración de un Duathlon que, al parecer, debe tener bastante éxito. Cómo son las modas, la verdad. Se pone de moda un deporte y se exprime hasta los extremos más insospechados. La ciudad y sus carreteras aledañas se han colapsado, pues han sido 2.800 personas las que se han apuntado a este terrible evento, todas ellas disfrazadas con la ropa y complementos de la última moda para este tipo de deporte. Camisetas muy coloridas pegadas al cuerpo, mallas a medio muslo que dejan patente las más variadas formas y tamaños de los genitales, móviles enganchados en el antebrazo con velcro, relojes de muñeca con todo tipo de información sobre tu salud, zapatillas especiales que sus fabricantes indican que sólo sirven para este tipo de deporte y ningún otro, anatómicas gafas de sol al estilo chulo putas del siglo XXI y otra infinidad de ropajes y artilugios que no hacen sino recordarme a mis tiempos de colegio cuando hacíamos unas brutales y agotadoras clases de Educación Física con una cateta camiseta blanca, pantalones cortos azules a medio muslo, calcetos blancos y unas simples zapatillas de deporte sin tecnología alguna de la marca Victoria y si tenías suerte, de las más codiciadas por aquel entonces, unas Adidas.

Con todo el monte que hay en Soria y ponen a estos esforzados deportistas a correr y montar en bicicleta por la ciudad y carreteras asfaltadas. No lo entiendo, pero mi vástago me hace ver que simplemente es una fuente de ingresos para los comercios sorianos. Fuente de ingresos para unos y molestias para otros, añado.

Llueve en Soria y hace frío. Chimenea y al monte para buscar la llave de paso del agua que últimamente parece que nadie encuentra fácilmente. Doy con la llave a la primera y la marco con una simple bolsa de plástico atada a un palo para el que necesite usarla en caso de averías en las casas. Lo actual, lo moderno, habría sido marcar la llave con una baliza de alta tecnología o con su posición GPS controlada por diez o doce satélites americanos de última generación, pasar los datos a alguna aplicación a la que tengan acceso todos los miembros de mi familia y asunto resuelto hasta la eternidad. Bueno, salvo que te quedes sin Wifi algún día. Pero no, sigo creyendo en el marcaje sobre el terreno y con plástico, que además aguanta la lluvia. No falla.

Paseítos hasta el anochecer, cena a base de sopa de fideos y tortilla de patatas precocinada. Muy seca la puñetera tortilla. Es posible que demasiado tiempo al microondas. Compenso con unas latas heladas de cerveza Guiness.

Madrugo, arranco el Land Rover y me dirijo al depósito general de agua para dejarlo lleno y que nadie se quede sin poder ducharse o lavar los platos. Arreglo la casa, lavo los platos, paso la escoba una y otra vez…. y cuando mi durmiente acompañante despierta y se arregla, nos vamos a Soria para disfrutar de un partido de fútbol en el estadio de Los Pajaritos del Numancia contra el Talavera de la Reina. Casi nada. Al parecer es un partido importante para subir, dentro de la segunda división B, del grupo segundo al primero. Es decir, para salir del infierno donde el Numancia ha caído hace unos años. Por entendernos, el Numancia debe estar ahora en lo que antes era la cuarta o quinta división. Eso si existían estas categorías. Ni idea.

No quita emoción alguna al partido que su oponente sea el Talavera de La Reina. Los sorianos cantan a ritmo de tambor sus himnos y como no, canciones de las fiestas de San Juan. El Mac Donald, en el tiempo de descanso aprovecha para publicitarse y regalar una cena, imagino que a base de hamburguesa, si alguno de los dos socios elegidos mete gol desde la mitad del campo (la portería vacía, claro). Sólo uno lo consigue. No parece tan fácil.

Nuestros vecinos de detrás, adolescentes, pero muy al día de todo lo relacionado con el Numancia, con sus comentarios, nos facilitan buena información sobre los jugadores y otras curiosidades del equipo. Eso es afición. Así da gusto.

Nuestro vecino de delante, un tipo con cuarenta y tantos años, no deja de comer pipas sin sal de un tamaño descomunal. “Pipas grandes sin sal”, reza la publicidad de las dos enormes bolsas que el tipo se mete entre pecho y espalda durante los 90 minutos de partido. Las cáscaras bien salivadas las escupe al suelo, por lo que se acaba formando a sus pies una gruesa capa vegetal que posiblemente hasta le aislara de la humedad que transmitía el charco de agua que se mantenía en esa zona debido a una limpieza de última hora. El tipo, al acabar el partido, no contento con haber ensuciado sin sentido su espacio, al levantarse, pisa la alfombra creada con los restos vegetales y los suyos propios y se desplaza por encima de los asientos vacíos, dejando en cada uno de ellos, la huella húmeda de su calzado de mercadillo con abundantes restos del opíparo festín cargado de su ADN. Asientos que estaban impolutos por no haber sido ocupados por nadie y que el cateto se encargó de ensuciar pisoteándolos sin rubor alguno.  A mí, de pequeño, me decían que las pipas ensuciaban el estómago y que no tomara muchas. A este individuo nadie le dijo nada de esto. Pero nada de nada, ni siquiera unas normas mínimas de convivencia y educación. Tampoco le dijeron que, si te tomas dos bolsas enormes de pipas, aunque sean sin sal, algo de agua deberías tomar. Pero ni eso. Ni un solo trago. Qué tío. Debe tener la boca como un estropajo.

El Numancia gana al Talavera por un gol a cero y se celebra con grandes cánticos y bailes al final del partido no solo por el público, sino también por los propios jugadores.

Tomamos carretera hasta Almazán, donde ya es parada obligatoria en nuestro restaurante favorito, el “Antonio”. Pochas con perdiz, huevos rotos con fua, solomillos de jabalí con frutos silvestres y el plato estrella, somarro con patatas. Helado, natillas y café. Para qué pedir más. Impresionante. Para más datos, veinticinco euros por persona.

Da la casualidad de que en Almazán celebran la feria de la caza en su espectacular arboleda y nos pasamos a cotillear un rato y así hacemos algo de digestión. Muchos puestos donde venden gallinas, palomas, faisanes, todo tipo de pájaros, conejos y demás animalillos, ropa de caza, embutidos y muchos panes de estilo rústico traídos de Asturias que, si ya es domingo, estarían como una piedra.  Nos paramos en el puesto del Seprona a inspeccionar las motos que estaban expuestas. Rápido se acercan tres agentes uniformados y nos informan con desilusión que se trata de motos eléctricas, traídas de Estados Unidos, con una autonomía de 90 kilómetros y una batería que cuanto más se usan más disminuye su rendimiento. En mi mente valoro, si algún día me persigue alguno de estos agentes por el monte, los kilómetros que debería aguantar en la persecución para librarme de ellos sin problema alguno. Comentamos las bondades de desplazarse en un buen todo terreno e invitan a Fernando a subirse a la moto a la cual le encienden las luces de policía. Fernando, por favor, una foto. Fernando, por favor, pon cara de mala leche.

Como veis, Soria siempre da para nuevas historias…