MARRUECOS. Octubre 2026. 3.594 km de aventura. (Segunda parte)

Día 4, Lunes 5 de octubre.

Amanece sin lluvia y con cielos despejados, por lo que rápido recogemos el campamento y nos lanzamos al lecho del río para encontrar una salida que debería encontrarse a 5 o 6 km. Avanzamos muy lentos, con continuas entradas y salidas en el agua, con un pilotaje muy técnico, generando unos altos niveles de adrenalina que permiten que disfrutemos de la conducción 4×4. El terreno, el entorno y la conducción son realmente duros, pero para esto hemos venido.

A medida que avanzamos, nos encontramos algunas familias con sus burritos cargados de leña, y todos nos dicen que el cañón no tiene salida y nos recomiendan que retrocedamos. Al parecer, ha habido grandes desprendimientos y no es posible la salida con los vehículos. Tomamos buena nota de ello y seguimos avanzando con la confianza de encontrar algún paso.

Y así fue. Cuando ya el cañón se abre y deberíamos encontrar la salida, varios desprendimientos impiden el paso de nuestras monturas. Casualmente, pasa por allí un hombre que nos confirma que no hay salida habilitada,  pero es posible que pueda existir un paso alternativo y se ofrece a guiarnos.

Este amable caballero se sube al Freelander, retrocedemos unos cientos de metros, tomamos un desvío lateral y comenzamos a circular por un mar de rocas desprendidas de los acantilados. No hay trazada alguna y el terreno es de lo más abrupto, cortado por enormes zanjas que rellenamos con grandes piedras para poder pasar sobre ellas sin daño alguno. Se une otro lugareño que iba con su burro lleno de leña y entre estas dos personas y nuestro equipo, vamos abriendo camino a mano a fuerza de retirar pedruscos y nivelar el terreno. Los pasos son bastante complicados y técnicos y tras más de dos horas y media desde que salimos de nuestra zona segura de acampada, por fin alcanzamos una pista totalmente transitable.

No sé qué habría sido de nosotros si no hubiera aparecido este buen señor que dedicó buena parte de su mañana a sacarnos de esta situación. Como agradecimiento, le damos una buena propina e incluso Alfredo le regala la sudadera que llevaba puesta en ese momento.

El Defender sale algo tocado de esta dura experiencia y verificamos que una cruceta (pieza de la transmisión) tiene cierta holgura y los rodamientos de las ruedas delanteras están muy tocados después de tanta agua, lo cual afecta ligeramente al sistema de frenado. Nada de excesiva importancia que impida continuar y que repararemos en un par de días en la ciudad de Zagora.

Seguimos en el corazón de las montañas del Atlas y nos llama mucho la atención lo que ha evolucionado la zona desde nuestra última visita. Enormes extensiones de terreno han sido convertidas en huertos donde abunda el maíz y sobre todo manzanos. Hectáreas y hectáreas de manzanos, con frutos rojos de tamaño medio y con un excelente sabor dulce. Hay infinidad de pozos donde extraen el agua con placas solares, lo que posibilita el riego automático en todas las huertas. No obstante, esta es la única tecnología que observamos, pues los campos se siguen arando con caballos, la recolección de la cosecha se realiza a mano y es transportada a lomos de pequeños burros o en las propias espaldas de las agricultoras. Viendo el desarrollo de este territorio, es muy probable que no tardaremos mucho en tener los mercados europeos y de medio mundo atiborrados de manzanas marroquíes cultivadas a más de 2000 metros de altitud. Manzanas y todo tipo de productos. Echa un vistazo en tu supermercado al origen de muchos productos de huerta e igual te llevas una sorpresa.

Muchas de las carreteras que surcan los Atlas están absolutamente rotas y abandonadas, pero también vemos que algunas peligrosas y vertiginosas pistas por las que circulamos en años anteriores han sido convertidas en carreteras de asfalto mucho más seguras. Por un lado, se evoluciona, pero en contraste, da la sensación de que no se cuida debidamente lo que ya tienen. En cualquier caso, aquí la conservación o reparación de carreteras debe ser lenta y complicada debido a la climatología extrema de todo este territorio. Alcanzamos altitudes de hasta 3000 metros.

Ponemos rumbo a la ciudad de Dades, lo que nos obliga a circular por la espectacular Garganta del Dades y por unos kilómetros de carretera montañosa calificadas como una de las más peligrosas del mundo. Dejo a mi hijo Fernando que disfrute y conduzca el Defender este tramo, pues sin duda alguna merece la pena y es perfecta para su curriculum. Mi hija Marina a los mandos del Freelander, también conduce este vertiginoso tramo. Vaya duro entrenamiento está teniendo la chavala con apenas cuatro meses de carné de conducir.  Se trata del desfiladero de Tisdrine y la carretera discurre en zigzag por una de las paredes del cañón. La carretera ha sido mejorada en los últimos años ensanchando las curvas más cerradas y lo más importante, instalando quitamiedos de hormigón pintados con franjas rojas y blancas. Aún así, este tramo requiere de todos los sentidos para su disfrute y sigue teniendo el mismo encanto.

Dado que hace bastante frío, estamos a 1500 metros de altitud, decidimos hacer noche en Dades, en el hotel de 4 estrellas Xaluca. Contrasta que la noche anterior estábamos aislados y atrapados, pendientes de las riadas, en una situación algo crítica y delicada en el cañón de Agoudin y hoy la pasaremos plácidamente en este hotel de lujo rodeados de turistas europeos donde nos reciben con música local. Es un viaje de contrastes y hay que saber adaptarse a todo.

Total kilómetros: 235

Día 5. Martes 6 de octubre.

Seguimos inmersos en los Atlas y antes de entrar en el desierto del Sáhara, aún nos queda superar el último macizo montañoso, el Jbel Sarhro, que, traducido, significa “Montaña Sequía”. Es la zona más seca y árida de la cordillera. Algunos también lo denominan la «Montaña Muerta». Unos paisajes increíbles, rocosos y prácticamente sin vegetación alguna.

A medida que la altitud disminuye, por fin empieza el calor y de nuevo podemos comprobar que el lado sur de esta montaña se está convirtiendo en un gran vergel de huertos perfectamente regados. Vemos grandes aljibes a rebosar por toda la zona y mucho movimiento de personas, de nuevo únicamente mujeres trabajando en los campos.

Tras muchos kilómetros de pistas muy rotas y pedregosas, con grandes pendientes laterales y que comparto como copiloto en el Freelander conducido con mucha destreza por mi hija Marina, por fin tomamos contacto con las primeras pistas pre saharianas donde podemos imponer un ritmo mucho más ágil y divertido. En estas pistas arenosas, más rápidas y en mejor estado, Marina toma las riendas del Defender y me convierto en instructor en sus primeros kilómetros con este coche.

Llegamos a Zagora por la tarde en busca de un taller donde reparar los desperfectos de alguno de nuestros coches tras estos durísimos días en los Atlas. En la entrada de la ciudad hay mucha gente que se mueve en pequeñas motos que te siguen al verte llegar, se ponen en paralelo al coche y te ofrecen a gritos todo tipo de servicios que los europeos buscamos en una ciudad como esta. Sobre todo, lugares donde dormir y lo más buscado, un taller mecánico. Alfredo reconoce a uno de los motoristas quien nos guía hasta su taller, el Jaboud Challenge, donde reservamos hora para los coches al día siguiente a las 8 de la mañana.

Salimos de Zagora por la parte antigua de la ciudad en busca de un lugar donde acampar. Recorrer esta zona es como retroceder a la Edad Media. Tardamos unos 20 minutos en atravesar un laberinto de calles muy estrechas, sin asfaltar y muy polvorientas. Las casas son de barro y paja, parecen que están algo desgastadas pero todas habitadas.

A pocos kilómetros de la ciudad y en una gran llanura, montamos nuestro campamento donde cenamos en común a base de queso, cecina y otros embutidos. Por la noche hace bastante viento, pero por fin no llueve. Mi hijo Fernando, que duerme al raso, a media noche busca refugio en la tienda de campaña pues el viento es realmente fuerte.

Kilómetros totales: 211

Día 6. Miércoles 7 de octubre.

Según lo acordado, nos presentamos en el taller a las 8 de la mañana. Una multitud de mecánicos esperan nuestros vehículos. El primero en entrar es el Defender, pues necesita de una reparación más técnica y profunda que el resto. A los pocos minutos ya tienen las dos ruedas delanteras y la transmisión desmontadas para cambiar los rodamientos y la cruceta.

El Ligero de Víctor también necesita una buena reparación pues el chasis se le ha rajado considerablemente por la zona delantera y es sorprendente como crean un molde para cortar una pieza de hierro y soldarla a la perfección. Esa soldadura posiblemente sea eterna y no sufra nunca fisura alguna. Esta gente trabaja de forma artesanal, pero con mucha maestría.

El Freelander de Alfredo también necesita revisar la rueda trasera izquierda pues ha sufrido serios daños en la amortiguación y está algo desencajada.

Además, aprovechamos para engrasar todos los coches pues el agua y barro reseca en extremo todos los engranajes.

Mientras Alfredo se queda en el taller para controlar los arreglos, el resto del grupo nos vamos de paseo por Zagora y aprovechamos para hacer alguna compra bajo un sol de justicia. Anacardos, aceites capilares, un burrito de madera para mi colección y un turbante para mi hija Marina. Las chicas intentan comprar alguna baratija tipo anillos, collares, etc. pero nada les convence.

En cuatro horas los coches están listos y la factura es de lo más prudente. En mi caso, si bien las piezas eran nuestras, me cobran 67 euros por cuatro horas de mano de obra. Un chollo.

Entre el retraso sufrido en el Cañón de Agoudim y esta misma mañana en Zagora por cuestiones técnicas, decidimos avanzar algo por carretera, unos 150 km.  para adentrarnos ya en el tan esperado desierto. Comienzan ya las llanuras interminables, polvorientas y que puedes conducir a altas velocidades, siempre teniendo en cuenta que nuestros coches son de serie y un mal bache no previsto puede provocar que salgas por los aires con final impredecible.

Aprovecho el desierto para que mi hija Marina conduzca de nuevo el Defender y compruebe ella misma cómo se maneja este vehículo en este terreno con mucha arena y grandes badenes. Con una amplia y permanente sonrisa, se pone a los mandos y yo le voy dando indicaciones para que la conducción sea óptima y la disfrute al máximo. Este coche es muy diferente al resto. Además, hay que decir que Marina se ha convertido desde el inicio del viaje en la segunda conductora del Freelander, así Alfredo ha tenido ciertos descansos pudiendo disfrutar del paisaje que nos rodea. Marina ha conducido por complicadas carreteras rotas de los Atlas e incluso por peligrosas pistas convertidas muchas de ellas en verdaderas trialeras. No hay mejor lugar y forma que estrenarse en la conducción 4×4 que en Marruecos y además con Alfredo de copiloto, al cual Marina le denomina “el monitor”.  Seguro que ha adquirido unos conocimientos y habilidades que aplicará con maestría en su futura conducción en cualquier tipo de terreno.

Ya que nombro en este punto a mi hija Marina, tengo también que nombrar a Celia, hija de Angel, la cual está disfrutando a tope de este viaje con su recién adquirido Suzuki Vitara, dando continuas muestras de valentía frente a los terrenos más complicados a los que nos   enfrentamos. Marina ha sido su copiloto oficial y daba mucho gusto ver cómo se manejaba este equipo femenino en el día a día, las dos con una permanente sonrisa y no mostrando en momento alguno signos de debilidad. Y si hubo debilidad, ya sabemos todos como salir de situaciones complicadas: o bien “al tran tran” o bien “¡dale toda la caña que puedas!” o “¡písale, písale!

Mención especial igualmente para el tercer miembro del equipo femenino, Victoria, hija de Víctor, la cual ha sido paciente copiloto del Ligero de su padre y sufrido miles de kilómetros con una enorme y pesada caja de herramientas en los pies de su reducido habitáculo. Además, también ha tenido el honor de conducir el Ligero, sacando una velocidad y prestaciones a este vehículo en pistas bacheadas que el resto casi no nos lo podíamos ni creer. En sus manos confiamos nuestra salud pero todo ha salido perfecto y no hemos necesitado de sus cuidados.

La expresión “al tran tran” ha sido muy utilizada en este viaje por “el monitor” y dirigiéndose a cualquiera de nosotros. Tanto en pistas muy rotas o en arena y hay que saber que esta expresión puede tener un significado distinto. Al “tran tran” sin apenas acelerar, dejar que el coche vaya solo, o al “tran tran” dándole cierta caña y sacando los caballos a pasear. En fin, la práctica lo hace todo y en muchas ocasiones, para conocer el verdadero significado, es importante además fijarse en el tono, cara y gestos del monitor cuando a gritos, junto con otros muchos comentarios e incluso palabras mal sonantes,  gritaba que “al tran tran”. El «monitor», a través de la radio, indicaba a Celia cómo superar los diferentes obstáculos: piedras, agua, arena, pistas rápidas, adelantamientos en carretera, etc… Las clases, tanto presenciales para Marina, como a través de la radio para Celia, han sido de lo más didáctico para ellas y nos han tenido de lo más entretenido al resto del grupo.

Por pistas muy rápidas nos dirigimos al lago Iriki, ya en pleno desierto y creo que uno de los lugares más esperados y bonitos de esta aventura. Se trata de un lago salado seco que puede llegar a tener algo de agua en épocas de mucha lluvia. Ahora está totalmente seco y lo que en su día fue el lecho del lago es una interminable llanura totalmente lisa, donde conducir a grandes velocidades es un placer y con una sensación de libertad absoluta.

Acampamos en una inmensa llanura y disfrutamos de una impresionante puesta de sol algo difuminada por lo que parecían nubes de tormenta muy lejanas.

Ya de noche, a las 20,30 horas comienza a soplar un viento muy fuerte y en cuestión de segundos nos envuelve una tormenta de arena que obliga a refugiarnos en el Defender. La parte trasera del coche permanece abierta y el portón sirve de parapeto, frente a la tormenta, para mis compañeros de viaje bien provistos de ropa y gafas anti-arena. El ánimo no decae y mientras dura la tormenta, ponemos música, cantamos a pleno pulmón y nos tomamos unas cervezas que ayudan a disfrutar de estas duras condiciones climatológicas. Una fina capa de arena se va depositando sobre nosotros y en el interior del Defender. Una hora después, cesa la tormenta y podemos hacer vida normal en el exterior. La noche es calmada y sin frio.

Total kilómetros: 197 km.

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